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Tiempo aprendido en el Campo del Gas

Hubo un tiempo, no tan lejano, de veladas veraniegas de boxeo. El libro 'Campo del Gas' de José Luis Garci lo rememora.

03/07/16 · 8:00
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Ángel Grela, campeón español de boxeo. / Boxeo de Medianoche

José Luis Garci conversa en una caseta del Retiro. De fútbol, de guiones incunables, del tiempo que se ha ido. De vez en cuando, recuerda que tiene que firmar alguno de sus libros y estampa entonces unas líneas con deseos de buena lectura y amables declaraciones de amistad. Y sigue conversando.

Sus libros son también diálogos escritos, textos cuidadosamente deslavazados que ofrecen el simulacro de asistir a una sobremesa en la que los recuerdos y el presente apenas se distinguen.

El último se titula Campo del Gas (Notorius Ediciones, 2016): un viaje por una de esas pasiones de la infancia que no desfallecen; en su caso, el boxeo y la lucha libre, las veladas de los combates irrepetibles, el olor del cuadrilátero, la magia de las 12 cuerdas, "¡segundos, fuera!".

El Campo del Gas es hoy un parque con perros melancólicos, gentes que guardan una prudente distancia y pintadas de plaza dura a medio construir. Pero entre los años 50 y 70 del siglo pasado fue, al parecer, un templo del boxeo que en las noches de verano congregaba a miles de aficionados al 'noble arte'.

Esta trasera del Rastro tan evocada como frontera de Madrid olía a cigarrillos, a caramelos pegajosos y a un hedor confuso. "Nunca he sabido definirlo de forma clara. Era un tufo a gas, desde luego, así como a cañerías obturadas, algo no tóxico pero desagradable. Una mezcla de sobaquina, embrocación Hércules, butano, resina y, extrañamente, cloro, y, al final, un toque vago de aguas fecales", escribe Garci.

En aquel lugar, un campo terroso de fútbol que en verano se inundaba de sillas de tijera en torno al ring, diputaron combates Urtain y Mirín Martínez, Tony Ortiz y Perico Fernández, y también Luis Gómez y Henry Smichdts, que protagonizaron un duelo insólito: no llegaron a tocarse, fueron descalificados y les retiraron la bolsa. Por allí pasó un público más jovial que exigente, predispuesto al goce, deseoso de atrapar un tiempo distinto, menos gris, más colorido.

Entre quienes contaron aquellas noches se encontraban escritores y periodistas que contemplaban ya el deporte como un fenómeno cultural. Garci se detiene en el poeta Manuel Alcántara, a quien le dedica un capítulo que no es sólo una declaración de amistad, de hermandad.

Cuenta Garci que el poeta Manuel Alcántara supo entender el boxeo como 'non fiction', como salvación

Cuenta el autor de El crack que Alcántara supo entender el boxeo como non fiction, como salvación, un terreno épico que debía ser contado con un estilo limpio, directo. La fuerza de aquellos textos sin trampa contagió y atrapó a nuevos lectores.

"Sus palabras, llenas de vitalidad, que respiran a pleno pulmón, están hoy igual de frescas que ayer, y continúan iluminando las esquinas del cuadrilátero, que son más de cuatro, con filosofía olvidada". Leyendo estas líneas de Garci dan ganas de comprobarlo y de vencer algún prejuicio más sobre los escritores de aquel tiempo. Deseo alentado también por una fotografía que acompaña el elogio: Manuel Alcántara y su hija Lola, mediados de los 60, en Segovia, al lado del busto de Antonio Machado.

En la aparente sencillez de la evocación, la complejidad de Campo del Gas reside en su mezcla de nostalgia y mito, en su deseo apasionado de recordar sin filtros. La huida de la grandilocuencia es tal vez su seña de identidad.

Y quizá el mejor ejemplo de esa alergia a las grandes teorías, sea la tesis que el cineasta desliza en las páginas más sorprendentes del libro: las que reivindican la lucha libre como vanguardia del pop, como anticipo de lo que ocurriría en los 60. Quizá todo estaba allí: en la puesta en escena tan chillona, la representación de batallas irrepetibles libradas por personajes convencidos de su papel, las capas de colores imposibles, las máscaras y la cartelería del espectáculo único.

No había impostura, sostiene Garci, en aquellas veladas en otro templo, el Price, que terminaban con el último metro. Tan sólo emoción y nobleza, exceso compartido. Eso eran Chausson y Victorio Ochoa, abrazados después de un brutal combate. Eso significaba Stan Karolyi, de edad inconfesada, luciendo un cinturón que exhibía a los aficionados en un acto cuasi religioso.

A quienes no hemos visto en nuestra vida un combate de boxeo ni de lucha libre nos costará sudar esa emoción que destila Campo del Gas, pero al ver a su autor paseando por El Retiro, sin prisa, no nos costará evocar otras pasiones que perduran. "Tiempo aprendido", dice Garci.

Tags relacionados: boxeo literatura Número 273
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