'Cosecha', de Jim Crace | Hoja de Lata
Fuego redentor

En 'Cosecha', Jim Crace teje una narración nada épica ni autocomplaciente del ser humano, de la dureza de la naturaleza, del terror y la desconfianza hacia lo extraño y externo.

24/05/16 · 18:48

Parece ser que todas las novelas hasta la fecha publicadas por el británico Jim Crace se ambientan en un tiempo de transición, de paso de algo que muere poco a poco ahogado por un nuevo porvenir. Ésta es la primera obra del autor que cae en mis manos, gracias como en ocasiones anteriores y con otros narradores y narradoras, a mis paisanos de la editorial asturiana Hoja de Lata.

Antecedentes y reseñas, más la lectura de Cosecha, avalan la teoría de que Crace gusta de colocar a sus personajes en esas situaciones límite, de cambio, en las que el miedo y la violencia inherentes al ser humano siguen ahí, hibernando, dispuestos a aflorar en cuanto a aquel y sus familias y posesiones más preciadas se les pone al borde del precipicio y la desaparición.

Cosecha transcurre en un tiempo y lugares indeterminados, pero a través del narrador omnisciente Walter Thirsk, el lector puede hacerse una idea de dónde se halla. En una suerte de decadencia del feudalismo hacia un nuevo orden de explotación agropecuaria mercantil, una especie de capitalismo industrial sin industria, pero con un nuevo patrón en vez de señor y hacia una explotación y producción de los frutos de la tierra más racionalizada y económicamente calculada. Y también más cruel.

La novela, arranca ya despidiendo la tranquilidad en la que siempre vivía aletargada esa comunidad sin nombre que nos retrata. Novela que al contrario de lo que parece transmitir su lírica narrativa, no hace más que supurar una violencia sumergida desde la primera a la última página. Violencia, por supuesto, que se irá haciendo real llegando al último tercio de las casi trescientas páginas que Crace ha concebido de manera magistral. Sin aspavientos ni melindres, con una prosa rica que no ahorra en las descripciones y sin embargo, sin excederse ni en una palabra de más.

Porque Crace ha de hacernos vivir como lectores esa misma pausada pero irreversible destrucción de lo hasta ahora conocido y no temido, y al igual que sus protagonistas, sin saber a ciencia cierta hacia dónde nos dirigimos y qué será ese tiempo tan próspero y nuevo en el que el recién llegado amo Jordan anuncia a voz en grito cuando toma posesión de todo y de todos.

El terror y la desconfianza hacia lo no conocido está presente en cada capítulo del libro. Primero, por esos tres extraños forasteros, dos hombres y una magnética mujer, que se han instalado en los límites de la hacienda señorial sin previo aviso. Miedo ante sus distintas costumbres y hacia la razón del por qué de su llegada hasta allí y de su procedencia. Y segundo, miedo al nuevo familiar del viejo amo Kent, que aunque amo, paternal y justo con sus siervos, lo que al parecer no continuará con el recién llegado señor urbanita y civilizado. Éste trae consigo esos nuevos vientos de progreso y cosmopolitismo pero, en primer lugar, parecen pretender acabar con la forma con la que la comunidad, a veces a duras penas, llevaba perviviendo durante décadas y generaciones.

El propio Thirsk desconfía aunque, como hombre de confianza del viejo amo Kent, también en el pasado fue forastero y tardó su tiempo en ser acogido como hermano de sus vecinos. Él sabe bien el ritmo y la falta de paz y tranquilidad que reinan en esas urbes como de la que proviene el señor Jordan. Y un forastero, en una comunidad cerrada siempre trae desajustes y desconfianzas consigo. Qué nos traerá entonces un nuevo amo con su corte de caballerizos y administradores.

Violencia siempre presente, desde las primeras páginas y que se va apoderando del relato. El primer fuego y la llegada de los tres forasteros no hacen más que ejercer de mal presagio para una comunidad supersticiosa y atada a la tierra como la que el autor nos describe. Fuego de trastada, casi de celebración por el fin de otro año más de cosecha, fuego de origen alucinógeno. Felonía sí, pero un fuego casi inocente, sin más motivación que la juvenil y ebria gamberrada.

Y fuego también con el que Crace quema las últimas líneas del relato, pero un fuego de revancha y de conciliación con uno mismo. Fuego purificador, al menos para el alma y la conciencia de Walter Thirsk, que ante la expectativa de salir bien parado y tanteando sus posibilidades en el nuevo orden de Jordan, se acabará erigiendo en una suerte de cobarde y de nuevo forastero como el que un día había sido, a ojos de sus hermanos vecinos.

Jim Crace teje una narración nada épica ni autocomplaciente del ser humano, de la dureza de la naturaleza, del terror y la desconfianza hacia lo extraño y externo, de la violencia que por nuestro origen biológico también llevamos almacenada en nuestro fuero interno, dispuesta a manifestarse en cuanto nuestra comodidad se ve amenazada.

Un canto también en fin, a la vida en comunidad, a la aceptación del otro y un disparo contra el individualismo que ese capitalismo en ciernes, disfrazado aquí de “nuevo orden”, que ahora pretende infestar y explotar esa tierra en contra de lo que las viejas maneras campesinas hacían: cuidarla como otra hermana a la que trabajaban con sumo cariño, con el fin de que ambos, vecinos y tierra, cada temporada, se alimentasen mutuamente.

Un relato, como suele ocurrir con los grandes narradores atemporales, extrapolable a los últimos tiempos que vivimos, donde una vez más las naciones occidentales ancladas en un viejo mercantilismo temen la inmersión en sus territorios de esos hermanos y hermanas que llegan huyendo de esa misma violencia inherente, supersticiosa y desatada de la raza humana.

Toda una cosecha la de Crace, que con esta publicación, fue premiado con varios galardones. Porque son de calidad el trigo y la cebada que alimentan estas maravillosas y terribles páginas dispuestas a arder en las manos del lector.

Tags relacionados: literatura
Imprimir Imprimir
Versión PDF PDF
Enviar
Corregir
+A Agrandar texto
+A Disminuir texto
Licencia

comentarios

0

'Cosecha', de Jim Crace (2013).
separador