Análisis
El 15M, análisis inconcreto desde una situación concreta

El autor ofrece un recuerdo a la eclosión de aquellos días desde una perspectiva marxista.

, editor.
14/05/16 · 7:34
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Texto de Constantino Bértolo

Frente al miedo a equivocarse existe toda una farmacopea encaminada a mitigar sus efectos negativos. Equivocarse no tiene demasiada mala prensa. Desde pequeños oímos aquello de que quien tiene boca se equivoca, que equivocarse es de sabios o que solo equivocándose muchas veces se puede alcanzar la verdad. Pero existe también el miedo a tener razón y contra ese miedo apenas hay pomadas semánticas que alivien las consecuencias y calmen los destrozos que la razón a veces propicia. Una de las pocas instrucciones sobre su buen uso que conozco, en caso, por ejemplo, de sobredosis o intoxicación, se encuentra en los escritos de Lenin: “Más importante que la razón es tener razón en el momento oportuno”.
 
El caso del escritor potugués Miguel Torga y la revolución de los claveles es uno de esos terribles ejemplos de cómo la razón puede provocar ceguera. Cuando uno lee su excepcional libro de memorias, La creación del mundo, comprueba sobrecogido, al menos en mi caso, cómo la admirable coherencia con que durante años y años de persecución, cárcel y exilio interior analiza y se enfrenta a la dictadura, le va a imposibilitar para entender y aceptar que sea de la mano del ejército que se abra en Portugal una salida hacia un proceso de libertades democráticas donde se vislumbraban incluso posibilidades para una posible revolución social que las dinámicas políticas subsiguientes desvanecerían. 
 
Cuando, como ahora es el caso, me veo obligado a meditar sobre ese acontecimiento político que conocemos como 15M siempre me acuerdo de esa historia y la tomo a modo de aviso sobre la necesidad insoslayable de incorporar a las razones y argumentos la situación concreta desde la que asistí e interpreté la eclosión del 15M.
 
 No deja de sorprenderme por ejemplo lo inesperado que me resultó en aquellos momentos el hecho de que un grupo numerosos de manifestantes indignados contra la situación política, económica y ética del país, cobrara tan enorme protagonismo mediático y civil. Absurda sorpresa confieso ahora para quienes como yo mismo se venían reconociendo en una ideología marxista desde cuya lectura de la realidad se debería haber entendido como algo inevitable que una crisis tan profunda como la iniciada en el 2008 diera lugar, dada su incidencia sobre las condiciones y expectativas de una parte importante de la población, a la aparición de importantes conflictos sociales.Como participante en una de esas formaciones políticas, el PCE, que desde tarimas políticas post 15M serían descritas como organizaciones confortablemente instaladas en la derrota y la impotencia, que el 15M supusiese una sorpresa no dejó de ser, valga la redundancia, una sorpresa. Cierto que no faltaron comunistas, ya del PCE ya de otras organizaciones que se reclamaban o reclaman como tales, que no solo se asomaron a las asambleas sino que participaron en ellas de manera activa. Pero no menos cierto que su posición frente al acontecimiento era más de reserva y curiosidad que de lo que hoy llamaríamos actitudes de confluencia o convergencia.

Cierto también que tampoco faltaban entre los que ocupaban posiciones y trayectorias políticas marcadas por un comunismo más o menos (menos) leninista quienes no tuvieron más remedio que admitir que aquellas asambleas respondían en formas y entusiasmos a lo que en “nuestros gloriosos tiempos” fuera, según el mismo Lenin, la base del poder de los soviets: “un poder cuyo fundamento no es una ley previamente discutida y aprobada por un parlamento, sino una iniciativa directa de las masas populares desde abajo y sobre el terreno, una “usurpación” directa”. Nadie negaba el interés que aquello despertaba pero tampoco faltaron quienes desde situaciones concretas semejantes hacían ver la inconcreción de aquella indignación que daba unidad a los acampados, la inferencia incorrecta que supondría identificar a los protagonistas con las masas populares o la falta de peso político que suponía, con el correspondiente repudio de los partidos como forma de organización, su rechazo general a “la política”.  

Si a esto se unía la ausencia de contactos casi total entre los los ocupantes de las plazas y el mundo laboral, los miembros de los partidos de izquierdas parecieron encontrar, encantados, razones no ya para mantener sus reservas sino para adoptar posiciones un tanto paternalistas desde las que se promovían lecturas e interpretaciones del 15 M en clave de conflicto generacional o de escenario para la representación de los inevitables disgustos y rebeldías de los hijos e hijas de una clase media que veía en serio peligro su supervivencia como tal clase media.

Luego vino lo de Podemos y las elecciones europeas y entonces ya sin remedio los comunistas nos vimos obligados a volver a pensar y repensar y a actuar e intervenir. Algo que hay que agradecer a las sensibilidades colectivas que el 15M puso en marcha. Y ahí siguen.

 
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