A propósito de La Gorda de las Galaxias y Nicolás Martínez Cerezo
Reivindicar la inocencia

Una exposición-homenaje acerca a las nuevas generaciones los mundos de Nicolás, autor de cómic responsable de La Gorda de las Galaxias.

19/02/16 · 12:19
Detalle de la exposición 'Los mundos de Nicolás'
El pasado 12 de febrero se celebraba en la librería El Molar, de Madrid, un concierto homenaje al creador de cómic Nicolás Martínez Cerezo. La cita servía además para inaugurar una exposición dedicada a su obra más relevante: La Gorda de las Galaxias. Un conjunto de historietas —publicadas originalmente en el semanario de Bruguera Zipi & Zape y recopiladas en 2012 por la editorial Bang— que, en palabras del crítico e historiador Gerardo Vilches y la historietista Mireia Pérez, hace gala de “una naturaleza libre y ácrata, alejada de estereotipos, que conectaba con los niños y las niñas que se adentrasen con entusiasmo en un universo deudor de la música de David Bowie, los Beatles y Syd Barrett, el glam y la psicodelia”. 
 
El propio Nicolás, nombre artístico con el que se conoce al dibujante nacido en Madrid hace ahora cincuenta y ocho años, dota a las delirantes aventuras de su heterodoxa superheroína una cualidad de “psicodelia sin drogas” a través de la cual proyecta el espíritu de su madre “y de otras mujeres fuertes, pero también de personajes masculinos que se rebelan contra los roles establecidos”. Como él mismo expuso en la inauguración, esta exposición ha sido concebida para abrir a ojos de los niños y niñas curiosos "los mundos de Nicolás, o la verdadera vida de La Gorda de las Galaxias". Para hacerlo posible, se ha trasladado a las paredes de El Molar una pequeña muestra del universo del que bebe esta ficción, imaginada a partir de referentes literarios, cinematográficos, artísticos y fanzineros que el autor ha hecho propios a modo de resistencia. Niños mágicos “perdidos en este odioso mundo” y niñas “con cierta maldad poética y cierto misterio” deudoras de los cuentos de Lewis Carroll que habitan collages, libros y cubiertas de discos a modo de universo expandido y que han dado forma a una “enemiga del capitalismo que ansía la luz”.   

 

La Gorda de las Galaxias, publicada entre 1983 y 1988, ha tenido una gran influencia sentimental entre quienes, ya cumplidos los treinta, empiezan a conformar un tejido crítico y ensayístico, una mirada renovada sobre la historia del cómic español, consciente de la necesidad de honrar la labor de una gran cantidad de historietistas, hombres y mujeres, que, por la frágil estructura industrial, académica y cultural existente en torno a las viñetas hasta hace bien poco, eran desconocidos más allá de los grandes nombres. 

Una situación que, en casos como este, ha impedido el desarrollo de una carrera continuada y provechosa: la recaudación obtenida por la celebración del concierto, así como los beneficios derivados de la venta de ejemplares de La Gorda de las Galaxias, han sido destinados en su integridad a Nicolás, que se halla en una coyuntura personal y profesional absolutamente precaria. Algo difícil de comprender dados sus años de dedicación y esfuerzo a una creación que, en la estela de 2000 Years Light from Home de los Rolling Stones, Space Oddity de David Bowie y Rocket Man de Elton John —como ya se ha señalado, la música pop de los 60 es una de las mayores inspiraciones de Nicolás, junto a referentes como Lorca, Durruti, Orwell y Alberti—, empezó siendo una obra sencilla y directa sobre todo aquello que puede hacer una mujer —una obra, a su vez, apreciada por las mujeres que en los últimos años de Bruguera lideraron la editorial— para, sin abandonar nunca ese registro, conformar un lenguaje visual poético y surrealista, marca de la casa, en una obra en la que la violencia siempre es la antesala de la paz, la inocencia el primer paso hacia la revolución; y la ternura y la bondad, el disparadero de la fantasía.

La situación de Nicolás —que en los años 90 del pasado siglo y principios de este ha publicado en fanzines de amigos, y al que se le dio en 2002 el Premio Ivà al Mejor Historietista Profesional— obliga a reflexionar sobre la caducidad de la experiencia artística, sobre lo difícil que resulta perpetuar un aura en torno a la obra creada a lo largo de los años si se pierde el tren de la continua presencia en el ágora (digital o no), es decir, en la esfera pública. Lo interesante es que, en el concierto-homenaje —con Pablo Prisma y Atomizador haciendo aún más especial la velada—, se pudo constatar que el potencial de Nicolás y, más en concreto, la capacidad de La Gorda de las Galaxias para hacer volar la imaginación de los “niños mágicos” del presente, permanece intacta: los hijos e hijas de aquellos que acudieron llevaban bajo el brazo sus cómics de la Gordi.   

Un niño, de entre ocho y diez años en concreto, llamado Yago, confesó haber recaído en su lectura después de haberlo dejado en la estantería un par de años. Esperaba, paciente, la firma de su autor, mientras se volvía a perder entre las viñetas del cómic, admitiendo que le estaba gustando más que la primera vez. “Un mundo inocente y, por tanto, salvaje. Sin ningún respeto por la ley, salvo la de no hacer daño a nadie” recordó Nicolás después de confesar algo que se intuye desde el primer trazo: "Esta es mi niñez, en cierto modo", una ficción tan real como esperar que La Gorda de las Galaxias entre por la ventana justo antes de dormir. Porque los tiempos cambian, pero las ficciones persisten. De una u otra manera, pero se mantienen en el imaginario, sobre todo si los tiempos necesitan imágenes alucinadas, poderosas, capaces de resistir la insufrible medianía de los hombres y mujeres de gris. 

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