Preferiría no… trabajar

Hoy son numerosos los apologistas, de izquierdas o de derechas, de la religión del trabajo. Venderse sería el horizonte insuperable del homo economicus dentro un mundo dominado por la economía de mercado. Sin embargo, es necesario cuestionar el papel del trabajo en nuestras sociedades, en las que escasea.

27/01/16 · 7:30
Oficina de cartas muertas: era el único lugar en el que se podían abrir las cartas que nunca fueron entregadas. / M&S literature adventures

En 1853, fue publicado por primera vez “Bartleby, el escribiente,” de Herman Melville. El cuento narra la historia de un peculiar copista que trabajaba en una oficina de Wall Street.

En un primer momento, este hombre se reveló trabajador, concienzudo, discreto, y no se relacionaba con sus compañeros. Un día, de repente, deja de escribir y rechaza ciertas tareas amparándose en una frase, siempre la misma, “I would prefer not to”, que se ha traducido habitualmente por “preferiría no hacerlo”. Poco a poco, Bartleby deja de trabajar y de comer –excepto galletas de jengibre– y se niega también a ser despedido.

El relato, dedicado a “Bartleby y a toda la Humanidad”, incita a preguntarse sobre el carácter universal del texto, ya que Melville no da ninguna explicación psicológica sobre el extraño comportamiento de su personaje.

Locura, autismo, expresión de un “anti-poder”, invitación a la lucha directa contra los aparatos del estado… Los intentos para entender Bartleby han sido numerosos.

Pero, volvamos a Melville. La obra de un autor es siempre la expresión de una individualidad, de un cuerpo, del mundo en el cual evoluciona este cuerpo.

Melville nació el primer día de agosto de 1819 en Pearl Street, al sureste de Nueva York en una familia humilde. Su padre falleció a causa de una neumonía tras haber intentado crear, sin éxito, su propio negocio. El autor de Moby Dick conoció posteriormente una larga sucesión de fracasos en su carrera de escritor y una gran inestabilidad financiera hasta el fin de su vida, en 1891.

Su historia personal coincidió con el desarrollo de nuevas formas de explotación industrial y la generalización del trabajo asalariado. El progreso científico permitió la invención de la máquina de vapor, la mejora de la industria textil y de la metalurgia. Estas innovaciones técnicas tuvieron importantes consecuencias en la organización social, el desarrollo de los mercados financieros y el nacimiento de la clase obrera.

Melville era un hombre de su tiempo. La novela Moby Dick es un claro testimonio de las preocupaciones de su autor respecto a asuntos como la situación social, la clase obrera, el bien y el mal y el lugar del individuo en el universo.

Bartleby, hombre gris entre los hombres grises, lleva toda la carga de una humanidad que vende su alma al diablo

En este contexto, el libro puede ser visto como una condena del trabajo asalariado, de esta nueva forma de subyugación consentida entre un empleador y sus empleados. Este “I would prefer not to” resuena como una indignación doble, por un lado, ante la perfidia de los nuevos capitalistas y, por otro, ante la vorágine laboral de la clase obrera.

Paul Lafargue escribirá un poco más tarde en su famoso “derecho a la pereza” : “Una extraña locura se ha apoderado de las clases obreras de las naciones donde domina la civilización capitalista. Esta locura trae como resultado las miserias individuales y sociales que, desde hace siglos, torturan a la triste humanidad. Esta locura es el amor al trabajo, la pasión moribunda por el trabajo, llevada hasta el agotamiento de las fuerzas vitales del individuo y de sus hijos. En vez de reaccionar contra esta aberración mental, los curas, los economistas y los moralistas han sacralizado el trabajo”.

Encontramos la misma condena del trabajo asalariado bajo la pluma de Nietzsche: “En la glorificación del trabajo, en los discursos ineludibles sobre las bondades del trabajo, veo la misma secreta intención que en los elogios de los actos impersonales y de interés general: el miedo secreto a todo lo individual. Se comprende ahora muy bien, al contemplar el espectáculo del trabajo –es decir, de esa actividad ardua que se extiende desde la mañana hasta la noche–, que no hay mejor policía, pues sirve de freno a cada uno de nosotros y contribuye a que se detenga el desenvolvimiento de la razón, de los apetitos y de los deseos de independencia. El trabajo gasta la fuerza nerviosa en proporciones extraordinarias y priva de esa fuerza a la reflexión, a la meditación, a los ensueños, a los cuidados, al amor y al odio; nos pone delante de los ojos un fin siempre vano, y recompensa con satisfacciones fáciles y del todo comunes”.

Bartleby, hombre gris entre los hombres grises, lleva toda la carga de una humanidad que vende su alma al diablo. Su rechazo, sin odio ni cólera, condena los horrores económicos futuros que abarcarán desde la sumisión voluntaria de la mayoría hasta la ley del más fuerte, dando como resultado la Inglaterra victoriana, la Francia de Zola, los campos nazis que proclamaron que “el trabajo te hace libre”, la economía globalizada actual.

Hoy son numerosos los apologistas, de izquierdas o de derechas, de la religión del trabajo. Venderse sería el horizonte insuperable del homo economicus dentro un mundo dominado por la economía de mercado. Sin embargo, es necesario cuestionar el papel del trabajo en nuestras sociedades, en las que escasea.

La solución pasa por imaginar otras formas de participación, compartir el trabajo para reducir el paro, fomentar los intercambios no necesariamente económicos, de tal manera que se rompan todas las contingencias y los miedos que nos han impuesto.

Nuestro destino no es dirigir o seguir. Seamos individualidades fuertes que dirijan nuestras propias vidas. Renunciar a la forma actual del trabajo y a su lógica es inventar una nueva sociedad más igualitaria y más libre.

¡Dejemos, pues, de venerar al dios del trabajo! ¡Seamos los herederos de Albert Cossery, dandi y escritor suntuoso, para quien “no hacer nada es un trabajo interior”.

Tags relacionados: cultura literatura
Imprimir Imprimir
Versión PDF PDF
Enviar por e-mail Enviar
Corregir
+A Agrandar texto
+A Disminuir texto
Licencia

comentarios

4

  • | |
    Jue, 01/28/2016 - 14:13
    @#3 Yo lo había escrito con cursivas los títulos y con puntos y aparte, pero aquí sale todo seguido y ninguna orientación para títulos de textos. Ni que fuera jo Joyce en el monólogo final del Ulises. Enrique
  • | |
    Jue, 01/28/2016 - 12:05
    Preferiría no hacerlo. He aquí una frase mágica, aunque expresada en condicional simple -lleva aparejada una cierta irrealidad, mucha más contundencia le daría el presente de indicativo-. Y de magia conviene que hablemos en este mundo tan patéticamente “realista”. Enrique Vila-Matas, en un precioso libro donde estudia la figura de Bartleby el escribiente en las personas de otros que dejaron de hacer lo que normalmente hacían, o sea escribir (Walser, Rimbaud, Maupassant...) dice de estos personajes que “son seres en los que habita una profunda negación del mundo”. Y sí, este mundo hay que negarlo. Y negarlo para cambiarlo. Turguéniev, por boca de Arkadii, personaje de Padres e hijos, ofrece lo que sería una de las primeras definiciones de nihilismo: “El nihilista es un hombre que no acata ninguna autoridad, que no tiene fe en ningún principio ni les guarda respeto de ninguna clase, ni se deja influir por ellos”. “La ciencia está al servicio de la sociedad”, afirman muchos. Yo creo que no. La ciencia está al servicio de los beneficios económicos de unos pocos, del 1% de la población, esa élite que posee la mitad de la riqueza mundial. Y esto no es nuevo, ya viene de la época de la Revolución Industrial, cuando el capitalismo (tiene nombres y apellidos, por supuesto) decidió invertir en máquinas para obtener más beneficios y, si era necesario, solicitar créditos, así el capital mercantil se transformó en financiero. Capital industrial, capital financiero..., empezaron a poner y quitar gobiernos, a exigir leyes a cambio de condonar deudas gubernamentales. Y así, entre otras leyes que les benefician surgió aquella de Bolonia: la universidad al servicio de la empresa. Si en el Renacimiento el desarrollo científico y técnico tenía como objetivo conocer al hombre, de ahí su Humanismo; en la actualidad ese desarrollo tiene como objetivo obtener beneficios, no hay Humanismo. El trabajo, entendido en la forma como se entiende hoy, es decir, la esclavitud más extraordinaria que ha existido en la historia: horas y horas trabajando para pagar la comida, pagar la casa, pagar el vestido, pagar el colegio -sí, aunque sea concertado-, pagar la sanidad, pagar los medicamentos, pagar el ocio, pagar el sueño... ¡pagar! Y los beneficiarios de todo ello se aprovechan de los millones de parados que hay en el mundo para bajar salarios, aumentar horas de trabajo, empeorar las condiciones de los trabajadores..., crear crisis. En fin todos sabemos y sufrimos. Me ha encantado leer “Preferiría no... trabajar”. Me gusta como la literatura es utilizada para explicar las cosas, para decirnos que el odio al trabajo es el odio a esta sociedad explotadora. Y seguiríamos más: trabajar menos, en un trabajo no alienante que permita repartir beneficios entre todos, que no se necesitan tantas máquinas ni tanta tecnología puntera para ser felices, más bien al contrario, que la ciencia, sus logros, deberían servir a todos no a una élite explotadora y, sobre todo, servirnos para conocernos mejor y vivir más felices. Es posible, por supuesto. No solamente deberíamos de volver a leer Mendigos y orgullosos (Cossery), sino empezar a aprender de los primeros cínicos griegos (cierto que no necesitamos vivir en un tonel). Ya que los hay que llaman perros flautas a los antisistema, seamos perros, sí, volvamos a Cynosarges. Enrique
  • |
    fernandito
    |
    Jue, 01/28/2016 - 09:57
    <Magnifico
  • |
    siddartha
    |
    Mié, 01/27/2016 - 15:17
    "Proletarios del mundo, descansad!!" Muy bueno :)