Star Wars
Tócala otra vez, J. J. Abrams

‘El despertar de la fuerza’ practica un prudente lavado de chapa y pintura a la saga ‘Star Wars’.

23/01/16 · 7:05

En Casablanca, los personajes de Humphrey Bogart e Ingrid Bergman comparten un recuerdo: el tema As Times Goes By evo­ca su amor perdido. Rick lo vive desde la melancolía; Ilsa, desde una nostalgia menos envenenada. Él, de hecho, quiere bloquear ese recuerdo y, por ello, prohíbe que el pianista de su bar interprete la canción. Este sentimentalismo resulta difícil de imaginar en el mundo de los negocios cinematográficos: si tocar As Times Goes By puede generar ingresos, la música aca­bará sonando. Interpretada, por ejemplo, por un cualificado profesional del reciclaje como J. J. Abrams, que ya había aplicado su cirugía estética sobre Star Trek. Su intervención en Star Wars es una actualización del filme original, a medio camino entre la secuela y el remake. Iró­nicamente, lo protagoniza una joven chatarrera que sobrevive vendiendo restos de las batallas del viejo Imperio Galáctico.

Tiempo atrás, el estreno de una secuela-remake como 2013: rescate en Los Ángeles despertaba una cierta extrañeza. Ahora se ha normalizado esta práctica artístico-empresarial que vuelve a presentar personajes y situaciones a una nueva audiencia... mientras guiña el ojo a los espectadores de generaciones anteriores. Las respuestas de estos últimos, a menudo, pueden ser muy emotivas. Otro revival reciente, Terminator Genisys, desprendía un aroma mortecino que impulsaba a la contemplación melancólica del blockbuster.

La nueva película se aleja de las connotaciones de crítica política que adquirió la segunda trilogía

El despertar de la fuerza quizá necesite algo de irracionalidad sentimental para entusiasmar, pero puede proporcionar una experiencia de nostalgia gozosa. Lo hace desde un solvente cálculo aplicado, que mide infantilismos (el androide esférico BB-8 resulta más aceptable que Jar Jar Binks) y aporta novedades que no alteran la propuesta esencial.
Nazis del espacio exterior

La nueva película asume la arquitectura de las primeras de Lucas, tanto en la estructura narrativa como en el entramado conceptual. Olvidando las intrigas palaciegas de El ataque de los clones, vuelve el cómic de aventuras más simple y maniqueo... con alguna anomalía. En su primera aparición, los sucesores del Imperio Galáctico (la Primera Orden) parecen marines estadounidenses desembarcando en Oriente Medio para localizar al enemigo más buscado del momento. Esta escena de presentación incluye imágenes de violencia con sufrimiento, inhabituales en una cinta donde predomina la acción sin pathos ni sangre.

Una vez fijada la maldad de los malvados, y justificada la transformación de un soldado neoimperial en rebelde, la violencia pasa a representarse de manera aséptica y lúdica, tan limpia como la conciencia de unos héroes que matan sin reparos. Para disolver cualquier paralelismo posible entre los Estados Unidos y la Primera Orden, esta última se caracteriza como histriónica y desaforadamente nazi. Se trata de una villanía pop y abstracta: el espectador no tiene demasiado claras las convicciones de estos antagonistas, más allá del rechazo fascista a una democracia entendida como desorden.

Vuelven los 'freedom fighters'

La nueva película se aleja de las connotaciones de crítica política, en parte involuntarias, que adquirió la segunda trilogía de Star Wars. Se vuelve a los orígenes, a un discurso ingenuo y confuso que elogiaba la insurrección rebelde desde el corazón del imperio estadounidense, trasladando a la audiencia a una edad de la inocencia previa a la Guerra Fría y al desencanto nixoniano. Ese infantilismo maniqueo, en versión cínica, sería asumido inmediatamente después por la Administración Reagan. El reaganismo tenía su propio Bien con mayúsculas (el libre mercado, que proteger con la ayuda de Dios y el complejo industrial-militar)... y sus propios rebeldes: los freedom fighters, una categoría confusa y esencialista en la que cabían los mismísimos talibanes, enfrentados al imperio soviético.

Cínicos o no, Abrams y sus guionistas parecen compartir la misma aversión a las complicaciones geoestratégicas y el mismo gusto por el dualismo. Una de las dudas que despierta la nueva película es la relación establecida entre la Nue­va República y la Rebelión, ambas opuestas a la Primera Orden. Para simplificar la situación, nada mejor que un genocidio en masa: se eliminan posibles tensiones entre la acción directa rebelde y el legalismo republicano... a través de la desaparición de este último.

La diversidad a escena

El Hollywood reciente flirtea con el mal necesario por un bien superior (véase Lincoln o Los idus de marzo), pero no acaba de cuestionar este tipo de binarismo moral. El despertar de la fuerza, de alguna manera, lo potencia con su talante retro, juvenil y nostálgico del pasado. Pero incorpora un toque progresista: escenifica una cierta diversidad que enriquece la fantasía heroica original, nacida de la América blanca y androcéntrica. El nuevo trío de jóvenes rebeldes está formado por una mujer blanca, un hombre negro y un hombre latino. La renovación es incompleta, y se muestra rigurosamente asexual, pero no deja de ser apreciable: al fin y al cabo, en las producciones de Marvel Studios no se ha ensayado nada parecido.

La inclusión de nuevos rostros tiene visos de ser exitosa. Quizá resulte problemática la figura del nuevo Darth Vader, Kylo Ren, un niñato homicida que esconde su inseguridad bajo una máscara y una distorsión de voz, cual hípster que disfraza su sentimentalidad imberbe bajo una barba hipersexualizadora. Más consenso despierta la sucesora de Luke Skywalker, Rey, una joven con capacidad de respuesta ante cualquier emergencia, fuerte y también emotiva. El personaje parece otro gesto del igualitarismo sexual que decora blockbusters recientes como Mad Max: furia en la carretera. En El despertar de la fuerza no sólo se señala un machismo extremo y violento que dificulta cualquier identificación autocrítica: los gestos protectores del acobardado escudero de Rey, Finn, sí dan visibilidad a un micromachismo más real. Eso sí: la incompetencia de él y el orgullo de ella contribuyen a que estas pinceladas se conviertan en contrapuntos cómicos.

También en este aspecto, los responsables de la película parten del material original. Ya en el lejano 1977, Leia Or­gana se mofaba de los héroes que rescataban a princesas y Han Solo rehuía los arrebatos de valentía temeraria. Pero Rey asume un rol central que Leia nunca tuvo, al prefigurarse como la principal figura heroica de las nuevas aventuras. Y transita un universo de ficción donde la presencia de mujeres es menos infrecuente y donde se ha reducido el sesgo racial. El destino del universo sigue dependiendo de unos pocos seres humanos vinculados familiarmente, con las consiguientes connotaciones antropocéntricas y aristocráticas, pero vamos avanzando.

Tags relacionados: Número 262
Imprimir Imprimir
Versión PDF PDF
Enviar
Corregir
+A Agrandar texto
+A Disminuir texto
Licencia

comentarios

0