Marcos Prior
autor de cómic
"La etiqueta 'cómic social' domestica la parte que debería ser subversiva"

En 'Necrópolis', de Marcos Prior, la protagonista es la ciudad. El autor juega en el cómic con los actores, ya sean ciudadanos, políticos o consumidores, que dan forma a una ciudad muerta.

29/01/16 · 8:00
Edición impresa

De Marcos Prior podría decirse que es un autor con curiosidad por las formas, por el sentido del mundo, por las posibilidades del cómic para cambiarlo. Desde finales de los noventa, cuando comienza en el medio, y tras obras como Fallos de racord (Diábolo, 2008), El Año de los 4 Emperadores (Diábolo, 2012), Fagocitosis (Glenat, 2011) y Potlatch (Norma, 2013) –estos dos últimos en colaboración con Danide–, no cabe duda de que la preocupación por el presente atraviesa su obra.

Necrópolis (Astiberri, 2015) es su última propuesta, un cómic que juega con los actores –ciudadanos, políticos, consumidores– que dan forma a una ciudad muerta.

A propósito de tu cómic se ha hablado mucho de "cómic social". ¿Que opinas de esa etiqueta?

La etiqueta cómic social, precisamente por etiqueta, domestica la parte que debería ser subversiva, y que, además, agrupa cosas que yo no juntaría demasiado. Por poner un ejemplo, estuve en una mesa redonda denominada precisamente "cómic social" y en en ella estábamos Miguel Gallardo, por María y yo, y yo. Y, bueno, desde mi punto de vista lo que hace Gallardo tiene muy poco que ver con lo que hago yo. En la etiqueta entran una amalgama de cosas que a mi no me interesan tanto; no es en aquello en lo que yo incido, vamos.

Si, pero, por ejemplo, a nadie se le ocurriría hablar de "literatura social" como una balda en una librería. En cambio, "cómic social" parece estar legitimado por crítica y mercado.

Si, porque, en ese sentido, "literatura social" movería a la risa. Mientras que el cómic tiene que soportar todavía categorías como ésta que hacen pensar que no ha madurado lo suficiente.

Tú has trabajado también en publicidad, es decir, conoces su código, y sabes cómo darle la vuelta, por así decirlo. Pero, a partir de etiquetas publicitarias, ves posibles ciertos marcos de pensamiento. Me refiero a la reflexión desde esos códigos, al hackeo.

La publicidad la veo muy jodida para hackearla. Es una cosa sorprendente. Había una campaña en Cataluña que reivindicaba el apropiarse políticamente de la publicidad, pero es algo a lo que yo no le encuentro el sentido.

El tema de la promoción, por ejemplo, contrasta también con la imagen que los autores de cómic dan de sí mismos como tales. Es decir, pocos casos son los que explicitan que lo que verdaderamente les da de comer es la publicidad y la ilustración comercial. Algo que, se quiera o no, termina afectando a las obras "autorales" y que, en Necrópolis, pareces abordar en un momento determinado en el que un autor de cómic es entrevistado y el entrevistador le pide coherencia.

Estamos en un ambiente, en un presente, en el que tiene cierta lógica que se reivindique un trabajo creativo y que del trabajo alimenticio no se sepa. No obstante, en mi caso, está en mi curriculum que he trabajado en publicidad, y, sí, es una faena para tu coherencia. Todo tiene que ver, en esencia, con la relación que tienes con las cosas. Una idea un tanto marxista que aplicas a cuando vas a una librería, o la Fnac, coges un libro y no te planteas que esa persona tiene un trabajo alimenticio. Como puede ser el caso del escritor Albert Cohen, que trabajaba en la ONU. Y que no te lo planteas. "Ah, es escritor". Sí, bueno, es escritor y, aparte, tiene un trabajo de lo que sea. Es un tema interesante.

¿Dirías de tus obras que tienen, no tanto una función, pero sí un objetivo político?

Digamos que sí, que es algo que intento con mis cómics.

En torno a la reflexión del discurso político actual, por ejemplo, y la comunicación política, que abordas en este cómic, ¿crees que, a día de hoy, es posible llegar a la ciudadanía a través de mensajes electorales? ¿De propaganda?

Es complicado. Recuerdo en una mesa redonda con David Lloyd donde hablaba a propósito de V de Vendetta, obra que es más conocida por la película que por el cómic. A mí, obviamente, me gustaría que el cómic fuera más relevante, y creo que le cuesta más que otros medios. En lo que respecta a cómo hacer política hoy, en Necrópolis, por ejemplo, ubico en la ciudad una despedida de soltero con máscaras de V de Vendetta, despedida que está tomada de la realidad. En ese momento pensé: "Estamos acabados". Si lo que era una invitación a la reflexión se convierte en carnaval, no queda mucha esperanza. Algo parecido ocurre en Venezuela cuando la oposición ve que tiene sentido llevar estas mismas máscaras y piensas: "Igual nos han hackeado a nosotros".

Es una cuestión importante ésta porque, si todo nuevo signo que propongamos puede vaciarse del sentido que queremos darle, tan fácilmente, ¿qué estrategias nos quedan?

Igual los signos tienen un período de tiempo que puedes aprovechar y después sus sentidos caducan. Ese es el caso de las máscaras de Guy Fawkes a raíz de V de Vendetta. Se relaciona con el 15M, en principio, y con el movimiento Occupy; pero, después, se va devaluando.

"Si lo que era una invitación a la reflexión se convierte en carnaval, no queda mucha esperanza"

¿Podríamos, entonces, afirmar que el sistema, en este sentido, tiene las de ganar?

Creo que deberíamos aceptar la aceleración del periodo de caducidad, por así decirlo, e ir renovando el hackeo de alguna manera. Saber que determinados sentidos funcionan durante un tiempo e ir pensando en los siguientes para cuando los actuales se agoten. Es la revolución permanente. Bueno, el intento de revolución.

En Potlatch, el tema de la gestión de las emociones definía la historia de su protagonista, Máximo, y criticaba cómo esta "nueva economía" estaba ya inoculada en la performance del día a día. En Necrópolis incides en una ciudad poblada por muertos vivientes, lo que me lleva a preguntarte si crees que hay salida de este presente. ¿Dónde pondrías el punto de fuga?

En Necrópolis es cierto que no le doy relevancia a ningún personaje, mientras que en Potlatch, como tú dices, estaba el protagonista y sus relaciones emocionales. Esta obra, en cambio, se define por ser un retrato coral, a pinceladas. No se desarrolla mucho porque quería que fuese una panorámica global, por lo que tampoco me he implicado especialmente en el discurso de la economía emocional.

Sí es protagonista la ciudad, de lo que deduzco que el tema de la gentrificación te preocupa.

Está en la obra, no explícitamente, pero se puede intuir. Precisamente, el otro día pensaba que uno de los cómics donde más se ha tratado el tema de la gentrificación es Daredevil, de Ann Nocenti. En los ochenta la llamaban yupificación. Es muy interesante que esto ocurra en un cómic de superhéroes; no sé si es un hackeo voluntario o involuntario, pero a mí me gustan mucho los guiones de Ann Nocenti y su retrato de lo social desde la sutileza. Me acuerdo de una historia en la que simplemente se retrataban los pensamientos de un personaje en relación con la ciudad y las personas. Dándole vueltas, en Necrópolis he hecho como en el primer número de El Regreso del Señor de la Noche: páginas sueltas de una persona, como la mujer que va en el metro y le ponen una bomba en el bolso, o el tío que dispara en un cine. En el caso de Daredevil, cuando más me gusta es cuando es puro género negro. Si aparecen más superhéroes, ya me agota un poco. Daredevil como si fuera Spirit. Y, a su vez, Daredevil como icono pop para explicar la gentrificación.

Has hecho mención a El Regreso del Señor de la Noche y, en esta obra, se percibe, no sólo el ambiente propio del cómic de los años 80, sino también una influencia formal directa del Frank Miller de por aquel entonces.

Sí, está hecho a propósito. Sigo la cuadrícula de El Regreso del Señor de la Noche. En la novela gráfica estándar es 17x24. Ésta es 17x26, tiene el tamaño comic book. Se lo dije así a la editorial, Astiberri. Quería obligarme a seguir esta cuadrícula, este ritmo, como en poesía.

Esto sería hablando de estructura, pero si nos vamos al contenido, existe una crítica que también hacía en los años 80, Frank Miller a los medios de masas, especialmente, a la televisión.

La televisión de vértices redondeados en Miller, en Necrópolis es pantalla de plasma. Pensé en ocupar dos viñetas con ello, cambiar un poco la estructura, pero sí, la idea proviene de ahí. A mi me interesa mucho Frank Miller para hablar de todo este tema.

Pero también hay mucho de Alan Moore en este cómic.

Ideológicamente, sí. Estoy mucho más cerca de Alan Moore que de Frank Miller. Me interesa de Moore el humor del que hace gala en muchas de sus series para America's Best Comics.

Nos quedamos entonces con una estructura milleriana y un contenido mooriano.

Al menos, ésa es la intención. Otra cosa es lo que salga.

Dado el actual predicamento de las series de televisión, no debería resultar extraño que comiences tu cómic recuperando el final de la primera temporada de True Detective, un final que puede ser leído como esperanzador o todo lo contrario.

Mi lectura es esperanzadora. Y eso que en el cómic comienzo con una idea un tanto oscura, pesimista. Pero, conforme fui avanzando, la idea última que queda es la de futuro.

"Los medios de comunicación poco tienen ya de servicio público y dan forma a una hegemonía cultural que da miedo"

Terminas con una ventana a la que asomarse. ¿Tienen que ver los recientes cambios en la política local y nacional para este cierto optimismo?

Tiene que ver, pero los recién llegados a la política lo tienen todo en contra. Sobre todo, a los medios de comunicación, que poco tienen ya de servicio público y que, a su vez, dan forma a una hegemonía cultural que da miedo. Se ha perdido el sentido de la responsabilidad, o puede que muchos consideren que están siendo responsables.

Por poner un ejemplo, a mi me parecen sintomáticos los telefilms que se programan en cadenas como Antena 3 los fines de semana por la tarde, películas que trasladan un imaginario de inseguridad de una clase media en relación a aquellos que les sirven –cuidadoras, jardineros, institutrices–, y eso sí que lo veo irresponsable.

Se trata de una ficción con un discurso neoliberal cifrado en el no confíes en nadie. Sin embargo, hay películas como la propia saga de Los Juegos del Hambre donde al tema de la confianza le dan la vuelta desde el principio, lo que también es sorprendente, sobre todo que ocurra en el mainstream. No ocurría igual en Battle Royale, de Kitano. Ahí se mantenía la idea de que "el hombre es un lobo para el hombre"; un rollo Hobbes que odio porque, si no puedes confiar en nadie, es imposible un proyecto colectivo.

Como ya hicieras en tus anteriores obras, en Necrópolis también reflexionas sobre el sentido de la ficción. Según tu punto de vista, ¿qué función debería tener la ficción en nuestra sociedad?

Tomando la idea de Pierre Bourdieu del intelectual colectivo, la ficción tendría que ser la contrahegemonía que contrarrestara la hegemonía de la que hemos hablado. Porque igual mi cómic no va a ser muy relevante políticamente, pero es mi aportación. Lo ideal sería que hubiera más autores ideando materiales subversivos; que hubiera más Annies Nocentis en el mainstream, por ejemplo, y que se fueran construyendo otros imaginarios, una contraprogramación.

Otros imaginarios, una contraprogramación… pero también está la idea de la ficción como liberación de toda programación.

Si, tienes razón ahí, pero también se plantea la opción de la contraprogramación porque se ve lo hegemónico tan aplastante, que se piensa en términos de resistencia.

El retrato de la ciudadanía en Necrópolis es bastante crudo. Hay una crítica incisiva al cinismo y la hipocresía, a la incoherencia de aquellos y aquellas que dicen ser una cosa cuando sus acciones contradicen completamente eso mismo.

Sí, lo hay, pero no es el discurso que más me atrae. La hipocresía me parece algo civilizador. Me parece bien que, por corrección política, haya racistas que se tengan que morder la lengua. Por otro lado, la derecha es muy dada a atacar desde esa vertiente. Existe esa tendencia a exigir heroicidades, cuando creo que lo que hay que hacer es entender que hay personas que no tienen esa posibilidad. Está bien reivindicar, pero es complicado exigir en según qué circunstancias.

Cierras Necrópolis con un espacio que el Estado ha olvidado, pero que la comunidad de vecinas se ha reapropiado. Al hilo de la perspectiva optimista en relación a la actual crisis económica que mantienen Gilles Lipovetsky y Jean Serroy en su último ensayo, La estetización del mundo, desde tu punto de vista, ¿qué responsabilidad tiene la clase creativa en relación al presente?

"Odio el término 'creativo', es una cosa que me repele. Los publicistas siempre están con el 'creativo' en la boca. Es adoptar la lógica romántica, donde se presume que no hay trabajo, que todo surge sin más"

Odio el término 'creativo', es una cosa que me repele. Los publicistas siempre están con el 'creativo' en la boca. Es adoptar la lógica romántica, donde se presume que no hay trabajo, que todo surge sin más, y no estoy de acuerdo. El espacio que aparece al final del cómic es un lugar que hay en Hospitalet; se llama La Fundició y la llevan unos amigos. Ellos se posicionan contra la gentrificación. Están preocupados en crear espacios participados en las ciudades donde poder estar, haciendo todo lo posible por evitar el aburguesamiento de la zona.

Pero la gentrificación es un proceso que puede escapar de su control y del nuestro, también en el ámbito creativo.

Es una tensión, una posibilidad. Otra cosa es que se pervierta el sentido de lo que quieres hacer. Al final, esa ventana de la que hablábamos abre a un espacio de que reapropiarse; desde donde hacer las cosas de otra manera. Sí es cierto que, en el cómic, puedes terminar convirtiéndote en un producto. Pero luego está la foto, por ejemplo, que tiene mucho peligro en tanto que todo es imagen ahora. A mi me gusta mucho Un americano en Palomar, de Gilbert Hernández, y cómo apela en ese cómic a la idea de las personas como objetos. Lo recuerdo porque, hace poco, junto al CCCB, en el Raval, vi cómo un turista le hacía una foto a un mendigo, sin pedirle permiso. Eso es fuerte.

¿Marcos Prior hace cómic?

El cómic es apertura; tiene muchas posibilidades. Y sí, hago cómic. A veces la gente dice algo que me molesta bastante que es eso de "yo hago cómic, pero lo que me interesa es contar historias". Lo considero un desprecio hacia el cómic.

Elegir hacer cómic tiene que ver con el valor que le das a la imagen.

Sí, y porque es un medio bastardo, y eso es algo que me gusta. Además, es donde me manejo mejor. Está el tema del formato, por ejemplo. Al comic-book le veo muchas más posibilidades que el típico álbum de cómic francés. Y es curioso porque cualquiera hubiera dicho que en Francia habría un margen mayor para que hubiera más vanguardia, digo históricamente.

E internet, desde tu punto de vista, ¿qué papel juega como generador de otros espacios? ¿Hay límites actualmente para el cómic?

El capital social sería el límite para mi. Me gusta incluir reflexiones sobre internet y las redes sociales –y aquí con "redes sociales" ocurre algo parecido a lo que apuntábamos al principio de esta entrevista con el cómic social–. Y también está el diseño y sus posibilidades. Al utilizar todos estos elementos, el objetivo es capturar el espíritu del presente, aunque, a veces, tengo la sensación de que me he quedado atrás. Ya no hay lucha de clases, sino luchas generacionales, sobre todo en lo que a la tecnología se refiere.

Y con todos estos cambios, y desde tu experiencia, ¿qué ha caracterizado al cómic en España?

Han cambiado los medios de producción en los últimos diez años. Por ejemplo, yo hago el cómic digitalmente. La reducción de los costes ha sido muy grande; una reducción que permite sacar libros de tapa dura, cuando hace diez años era el comic-book y la grapa, y listo. La tapa dura es una característica que el lector entiende de un producto perdurable en el tiempo. Se le da una importancia desde editorial y consumidor que yo comparto menos. En el caso de El año de los 4 emperadores, sin ir más lejos, la tapa blanda fue una petición por mi parte. Así como el tamaño, más pequeño, y que fuera más barato.

El cómic, al menos en este país, tiene bastante de vocación. Una vocación apenas remunerada.

Cuando haces lo que te da la gana, como es mi caso, tiene sus consecuencias: es decir, es dificil que te dé para sustentarte. Otra cosa es que se trate de un trabajo de encargo. Ahí exiges, sobre todo, cobrar bien. Lógicamente, el ideal sería ser libre para hacer lo que quisieras y, además, ganar dinero. A nivel de profesión, es lo que tendría que ser. En mi caso, por ejemplo, lo que yo hago no lo considero trabajo de encargo; tampoco es una petición concreta del editor. Hago lo que a mi me interesa, y apechugo, como he dicho antes, con las consecuencias.

¿Y de qué se sostiene Marcos Prior?

Del cómic, pero, sobre todo, de la ilustración, lo que te hace más consciente del mercado y de sus mecanismos. Probablemente, si hubiera sido un artista cotizado no sería tan consciente de lo alienantes que son otras realidades laborales, como el telemarketing, por poner un ejemplo; prefiero ser barrendero. He trabajado de ambos y, sí, prefiero barrer calles.

Tu cómic es muy interesante, precisamente, por ese afán de atrapar visualmente este presente precario, alienante y, a su vez, prometedor. Interesante, en la medida, en que la imagen, el texto ofrecen una distancia y pueden utilizarse a modo de espejo, para reflexionar.

En esa idea que planteas tienen mucho que ver, también, el proceso de trabajo y el tiempo necesario para hacer un cómic. Es un tema complicado porque, si lo que quieres es hablar del tiempo en el que vives, éste te puede terminar arrollando.

Algo que ocurrió también con los cómics cocinados al calor del 15M. Tú participaste en uno de ellos, Revolution Complex, editado por Norma.

Pero lo bueno de ese proyecto es que fue rápido. Lo hicimos en un mes. Y la velocidad jugaba a nuestro favor, pues quedaba poco tiempo para rectificaciones. Nuestra asamblea de quince dibujantes, que trabajó arduamente para ponerse de acuerdo en una serie de mínimos, logró que la editorial aceptara todas las ideas planteadas. Esas ideas no se centraban en el 15M y las acampadas, al menos no de manera literal, sino en la idea de cambio. Lo entendimos como un hackeo: la propuesta partió de la editorial y nosotros, los autores, hicimos política.

Tags relacionados: cómic Número 262
Imprimir Imprimir
Versión PDF PDF
Enviar por e-mail Enviar
Corregir
+A Agrandar texto
+A Disminuir texto
Licencia

comentarios

0