Tres documentales de In-Edit Beefeater 2015
Creatividad enlatada, el mejor bajista del mundo y la geografía musical de la Alcarria

Tres apuestas del cine musical que se pudieron ver en el festival In-edit de Barcelona.

15/12/15 · 13:48
Jaco Pastorius. / S Fitz

Una de las propuestas más polémicas del festival In-Edit Beefeater 2015 fue el experimento psicológico, performático e improvisado, Unità di Produzzione Musicale, presentado en el Aribau Club por sus tres co-directores Elvio Manuzzi, Pietro de Tilla y Tomasso Perfetti. 72 músicos de distintas tendencias y disciplinas se ofrecen a participar en una cadena de producción musical en una nave industrial de Milán.

Abandonando sus personalidades deben enfundarse monos de trabajo y aceptar las premisas impuestas por unos capataces con batas blancas a lo largo de una jornada laboral de 8 horas. Existen cargos de responsabilidad, turnos y áreas de descanso. Toda una disposición fordista que tiene como objetivo canalizar algo tan etéreo como la creatividad y confeccionar un producto tan difícil de ponderar como una pieza musical colectiva.

A lo largo de la cadena de producción reza un silencio forzado. Los únicos espacios en los que se permite a los obreros hablar entre ellos son el comedor y el patio. La fábrica se divide en dos zonas: una de escritura y composición, y otra de interpretación instrumental. Es en esta segunda etapa en la que la falta de una partitura común pone de manifiesto una descoordinación absoluta y un aislamiento artístico entre los intérpretes. El resultado es un guirigay estruendoso de violines, tambores, pianos y trompetas.

La puesta en escena de los músicos genera una y otra vez nada más que ruido, por lo que el núcleo argumentativo del documental se desarrolla en las áreas de descanso donde surgen las propuestas para encauzar un objetivo común y los desencuentros entre las formas y liderazgos para alcanzarlo. Al final, uno de los grupos de trabajo consigue acordar una sinfonía: el silencio.

Lo que nos lleva a la siguiente cuestión: ¿es la libertad creativa el anti-trabajo? Uno de los directores comentaba: “para hacer algo hay que ponerse de acuerdo y parece que lo único en lo que es posible ponerse de acuerdo es en no hacer nada”.

La montaña rusa de Jaco

Jaco Pastorius se consideraba, en sus propias palabras, “el mejor bajista del mundo”. Tal era la expresión de un ego descomunal, alimentado desde el principio por la ilusión de romper con un pasado (casi de granjero, en Fort Lauderdale), y formar su propia familia.

Sin embargo, su meteórica carrera acabó vapuleada y enterrada tan lejos de los suyos como demasiado cerca del libre universo donde había construido su mito: la música. El día en que Jaco murió apaleado a la salida de un club de jazz, había salido a boicotear un concierto de Carlos Santana.

Expulsado del escenario, adoptó una peligrosa actitud nocturna con la que alteró el buen karma jazzístico que había en los clubes, y acabó en manos de Luc Havan, un gorila experto en patear las cabezas de yonkis y borrachos. Días antes, Jaco, icono del jazz fusión en Nueva York, tocaba en las calles y dormía en los parques como un vagabundo.

Le habían diagnosticado trastorno bipolar y tomaba una medicación que le dormía los dedos, y pasaba de la euforia a la depresión como en una montaña rusa. Pero esta caída, este final (tan poco merecido), fue solo eso, un final.

Jaco, el documental de Paul Marchand y Stephen Kijak, va más allá y nos ofrece la meteórica carrera de este músico desde sus inicios en los ambientes de Florida, influenciados por el jazz, la música cubana, y el country. Y como esta amalgama única lo convirtió en un músico portentoso, libre y experimental, considerado (sin exagerar) el bajista más influyente de los años ochenta. Había empezado captando los sonidos de su entorno: las hojas de los árboles, el viento, incluso las nubes.

Con su talento visionario y descomunal, puso el bajo eléctrico en un lugar de protagonismo hasta entonces inexplorado en el sonido de la época, quitándole los trastes y convirtiéndolo en una especie de contrabajo acústico que lo revolucionó todo. Y así, con su capacidad de improvisación y su sello personal, tocó durante algún tiempo como los ángeles, antes de dejarse ir y descender a los infiernos.

La muerte en la Alcarria

La muerte de Jaco nos lleva finalmente a hablar de La Muerte en la Alcarria, primer largometraje de ficción de Fernando Pomares. Los hermanos Cubero son dos músicos afincados en Barcelona, pero con raíces en las tierras de Guadalajara. Y es precisamente este inhóspito territorio, el mismo que inspiró el Viaje a la Alcarria de Camilo José Cela, el protagonista ineludible de un viaje manchego de secuencias en blanco y negro (que recuerda por momentos al western de Jim Jarmusch Dead Man) cuya banda sonora se construye con la calidez y la cercanía de la música (vía guitarra y mandolina) de los Cubero.

En esta particular oda a Castilla, Pomares nos presenta a dos hombres de aspecto antiguo y adictiva presencia que, maletas en mano, avanzan por un paisaje atemporal hacia ninguna parte.

La primera de las músicas es un silencio donde sólo se oye el eco de los pasos y el polvo de los caminos. La cámara en movimiento recoge el rumor de esos andares por tierras roturadas, una naturaleza en blanco y negro que comprende encinas y olivos, flores y páramos.

La segunda es el rumor del agua de las fuentes en pueblos fantasma, el viento atizando sus muros y las ruinas de su historia. La esencia de ambas confluye en el habla popular que se une con la naturaleza. Las letras y los coros de sus canciones nos transportan a un territorio y a un tiempo pasado en el que los usos y costumbres de la vida rural se funden con el carácter expresivo de una música que, engendrada por esta extraña pareja de hermanos, nos habla de todo.

Nos habla de la vida de estas dos encinas solitarias, de su esperanza, de su melancolía, de sus encuentros en la negrura de la noche y de algún fantasma. Aquí lo que importa es la música, pero sobre todo, la geografía, el territorio, las raíces. En estos pequeños bolos, en medio de la desolación, no hay público. Pero nada es hostil. Todo es cálido y cercano en la miel aromática de sus canciones. Es el carácter local de la tierra. Es, como dicen en sus letras, “música castellana; y sin otra pretensión”.

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