Servando Rocha
escritor y director de la editorial La Felguera.
"No hay que contar la historia como se supone que fue, sino apoderándonos de los instantes de peligro"

De bandas de moteros negros y acción directa comunciativa. Rocha, director de La Felguera, nos cuenta la importancia de rearpopiarse de los momentos de agitación frente a la narración que "deja las experiéncias históricas como cadáveres"

07/12/15 · 8:00
Servando Rocha recibió recientemente el premio del Gremio de Libreros de Madrid por su obras 'El Ejército Negro'. / Helena Girón

"El culto oculto a la desviación". Así reza el lema de La Felguera, una editorial de ensayos literarios que bucea en el pasado invisible. Ése que quedó sepultado por las grandes enciclopedias y el polvo de museos y bibliotecas. Pero eso no es más que una tapadera. Varias de nuestras fuentes nos informan de que se trata en realidad de una sociedad secreta. Una comunidad de traficantes de información que se reúnen para realizar anárquicos encuentros donde nunca se sabe lo que va a pasar.

Este medio cuenta con una fuente infiltrada. Un agente doble que nos suministra información sobre una reunión entre él y uno de los fundadores de esta sociedad, Servando Rocha. Tras grabar toda una conversación de dos horas en un bar recientemente resucitado del barrio de Lavapiés, la fuente nos ha filtrado la información que se ha intercambiado en dicho encuentro. Mediante la técnica de cut-up ha reelaborado la información para que esta fuera accesible al dicho público, ya que la forma en que se comunican los agentes secretos de La Felguera es caótica e inaccesible para los no iniciados. Para mantener el anonimato de la fuente y poder seguir filtrando información de ese culto, yo firmaré el artículo, desvinculándome totalmente de su contenido. Nada es verdad. Todo está permitido.

Acabas de ganar el premio del Gremio de libreros de Madrid por tu obra 'El Ejército Negro', sobre la historia de la banda de moteros negros los Dragones de Oakland. Acabáis también de reeditar el libro 'Motherfuckers!', una recopilación de revistas, panfletos e historia de este grupo literario y de acción política en el Nueva York de los sesenta y setenta. Tus libros se mueven en la frontera entre la realidad y la ficción. A pesar de que tratan de concienzudas y extensas investigaciones históricas, se asume un punto de vista narrativo y literario a la hora de abordar los asuntos que tratan. ¿Cómo resuelves tú esta tensión?

De alguna manera es lo que Hunter S. Thompson y todo el nuevo periodismo americano, que apenas se ha desarrollado en España, realizan al narrar la realidad: historias contadas desde dentro. Es un ensayo con una gran parte de subjetividad y, por lo tanto, de ficción. Tendemos a sobredimensionar el valor de lo que es la objetividad por culpa del periodismo rancio. Aquel que da verdades por sentado, casi de wikipedia, donde no hay preguntas ni hay dudas por resolver una vez que se cuenta algo. Ese periodismo parte de unos presupuestos falsos. Si tú y yo tuviésemos que escribir todo lo que ha pasado desde que estamos hablando, escribiríamos cosas totalmente diferentes. Pues imagínate con historias de hace 80 o 90 años. Yo no he contado la historia oficial, sino la manera en que yo he sentido esa historia. Yo tengo la responsabilidad de defender cada dato que pongo, pero no es la verdad, apoyo la subjetividad radical, porque si no, ¿para qué hacemos lo que hacemos?

En cambio, en muchas facultades de periodismo y medios de comunicación se sigue defendiendo que existe la idea de objetividad, a pesar de que desde la lingüística existen argumentos suficientes para considerar que es imposible tal objetividad total.

Totalmente, esto me recuerda a la frase de Hasan ibn Sabbah de nada es verdad, todo está permitido. Trata de alcanzar la validez de una verdad universal, partiendo de la base de que no existe tal verdad, te lleva a que hay que dudar de todo. Desde su punto de vista, Burroughs tenía claramente esta concepción, hay que ponerlo todo en duda. Incluso la propia realidad física. Todo está mediatizado.

Hablando de Burroughs, otro gran estudioso del lenguaje que también aparece en algunos de tus ensayos, cuéntanos sobre la concepción del lenguaje como virus.

Bueno, en enero publicaremos a Burroughs, 'El manual del joven explorador', un texto orientado a hacer la revolución muy de finales de los sesenta. A mí me gusta esa faceta suya de cabreado, con esa idea de intoxicar. Entendiendo el lenguaje como un virus que extiende las ideas. Cuando él se obsesionó con el poder de la palabra y su técnica de cut-up, llegó casi a hacer conjuros lingüísticos. Llego a ponerse delante de la sede de la Cienciología, organización que odiaba, con un reproductor de audio, alegando que si se dirigían determinadas palabras contra ese lugar y se tomaban fotos en cierto orden, se podía conseguir que ocurriesen cosas malas, como si de un poder psíquico se tratase.

Ese coqueteo con el misticismo lo mantienen muchas publicaciones de La Felguera. Esta imagen de Burroughs podríamos relacionarla también con la de Alan Moore, al que también habéis publicado, que considera el arte como forma de magia y a sus obras como hechizos. ¿No podemos entender ese hechizo como algo que realmente sí produce un efecto en la realidad? Pensando en el impacto de 'Watchmen' sobre el mundo del cómic,  por ejemplo.

Claro, constantemente dotamos de ese poder místico a cosas, como al amor, por ejemplo. Cuando decimos de alguien que está enamorado, muchas veces lo tratamos como un hechizado. Ese poder del amor ojalá lo tuviese la política. Las novelas de Alan Moore tienen mucho de eso, te enganchan y cuando la acabas, en algo ha cambiado tu percepción del mundo. Como me pasó con 'From Hell', por poner un ejemplo. Y eso de alguna manera es esa magia también. No tiene nada que ver con eso que la gente tiende a asociar, de sacar conejos de la chistera. Independientemente de que él crea en sus propias deidades, tenga apariciones y dialogue con espíritus, en su obra está ese componente mágico.

También he leído que Alan Moore, por otro lado, consume grandes cantidades de marihuana.

(Risas) Mira, tuve la oportunidad de conocer a Iain Sinclair, un gran psicogeógrafo inglés, y tomándonos algo por ahí le pregunté sobre Alan Moore. Me contó que durante un recorrido psicogeográfico por Whitechapel, uno de los barrios pobres de Londres donde pudo ser que operase Jack el Destripador, Alan Moore llevaba una caja gigante de marihuana que no paraba de consumir mientras Iain realizaba el tour.

Los Motherfuckers también mantenían una estrecha relación con las drogas, por ejemplo organizaban recitales de poesía y conciertos en los que regalaban marihuana y LSD para atraer más público. Pero podemos observar una clara diferenciación entre malas y buenas drogas. ¿Qué relación ves entre el uso de ciertas drogas y el conocimiento para estos grupos?

Ellos parten de una determinada época. Los Motherfuckers sobre todo hacen referencia a buenas y malas drogas por la situación de mortalidad y exclusión que provocaban la heroína y la cocaína. Ben Morea entró en prisión como adicto a la heroína y consiguió salir gracias al uso de la pintura y el estudio de textos anarquistas. El arte en ese sentido puede llegar a actuar como un contrahechizo frente a las “malas drogas”. Los drogatas también están como hechizados.

¿Y el arte puede llegar también a suponer una “mala droga”? Pienso en el caso de Hunter S. Thompson, que se suicidó, según sus palabras, porque ya no podía distinguir entre su personaje literario y su yo real.

Con el arte tengo un conflicto bastante viejo. El arte en el fondo es lo que nos inspira, lo que entraña el germen de una posibilidad, todo. Pero el Arte, eso hay que destruirlo totalmente, igual que la palabra artista. Cuando alguien se define como artista ni él mismo se lo cree. Yo creo que hoy en día hay que volver a esa noción artesanal del creador, no de artista. La mayor revolución en el arte vendrá por el hecho de hacer las cosas por el simple placer de hacerlas, y eso, que parece muy sencillo, no sucede. Muchos poetas van a ligar, por ejemplo, no se actúa por el simple placer de hacerlo. Dadá dice: caminamos en la más completa y absoluta oscuridad. Pero hoy caminamos por territorios ya transitados donde todo es predecible. ¿Dónde está el “a ver qué sucede”? No podemos ser tan previsibles. ¿Cuándo es la última vez que nos hemos emocionado o ofendido con el arte? A mi cada vez me resulta más difícil hacerlo. Quiero que me ofenda, que me ponga en un callejón sin salida. El punk buscaba eso, bajar del escenario, meterse en tu espacio y que sientas que te puede agredir. Ahora tu vas a un concierto de punk y normalmente sabes todo lo que va a pasar, lo puedes hasta escribir antes. En ese sentido, el arte se ha vuelto hiperconservador. Nosotros en la editorial tratamos de subvertir eso. Una de las acciones que la gente más recuerda de La Felguera fue un paseo por el subsuelo oculto de Lavapiés. Y que termina con los antidisturbios tomando todo el barrio y saliendo del subsuelo porque no supieron cómo tratar eso. Y de pronto una acción poética se convirtió en un estado de excepción.

Me llama la atención la cantidad de referentes americanos que posee la editorial ¿Por qué eliges a los Motherfuckers y a los Dragones para contarnos sus historias?

Creo que lo importante cuando se habla del pasado no es hablar del pasado. Sino que ese pasado sirva para el presente. No para convertirse en un cadáver embalsamado en una vitrina de cristal. Eso ya lo hacen los historicistas, lo hace wikipedia, lo hacen las estanterías ordenadas y pulcras de las librerías, lo hacen los museos. Dejan las experiencias históricas como cadáveres y no, como Walter Benjamin decía, como instantes de peligro. No hay que contar la historia tal y como se supone que ha sido, sino apoderándose de esos instantes de peligro. Ese sentido de empoderamiento es a lo que responden mis libros creo. Que a ti, vengan de donde vengan, ya sea Nueva York o Nuevo México, los Motherfuckers te sirvan para decir “yo soy también eso”, en ellos yo también me reconozco. Lo importante es usar la historia, venga de donde venga, para reencantar nuestro entorno cotidiano. Poner señales donde hay oscuridad.

Ambos libros tratan como tema la violencia como autodefensa ciudadana contra gobiernos democráticos. ¿Cómo crees que estos posicionamientos respecto a la violencia que aparecen en ambos libros pueden “reencantar nuestro entorno cotidiano”?

No es tanto una exaltación de la defensa como el sentimiento de que nos quitan algo que es nuestro. No vamos a dejar que eso ocurra y lo defendemos. Entras en ese estado porque lo provocan, no lo fuerzas. La cuestión en realidad no es la violencia o la no violencia. Creo que la cuestión es no convertirse en un especialista. El problema de los okupas es que sean siempre okupas y sólo okupas. El que escribe poesía no rompe cristales y el que rompe cristales no escribe poesía. Y ahí creo que reside el problema, en la superespecialización. Los Motherfuckers, por ejemplo, decían: somos una banda callejera politizada. Tiraban del concepto de grupos de afinidad de Murray Bookchin, que a su vez tomó del movimiento libertario anarquista de la España de antes y durante la Guerra Civil.

Sin tener un centro social, en diferentes pisos, se convierten en un centro de agitación. Hoy parece que necesitamos mucho esa imagen virtual, la casa okupa en este caso, que supuestamente ejerza la función de agitar. Llevamos años y años agitándonos entre nosotros. Y tan solo nos preocupamos por los espacios, que tenga cuatro plantas, tantos metros cuadrados, por la imagen virtual y no la función en sí. Madrid no necesita eso: espacios tan grandes que sean incontrolables, que fomentan el trapicheo y la peligrosidad. Que la gente vaya sólo porque es un espacio donde se anula la autoridad.

Respecto a la reacción contra la violencia del Estado, los que hemos estado en la calle lo sabemos, la represión policial en España es impresionante. La gente ha sido increíblemente paciente y generosa, no ha llegado a aparecer la estrella de la temporada, el cóctel molotov. Era una lucha épica y heroica. Pero ya estaba perdida, era la lucha con las manos vacías. En su momento fue la estrategia acertada, porque hasta el 15M siempre se creaban divisiones en el movimiento antiglobalización. La acción directa estaba totalmente dividida por bloques. Lo que pasó en este país fue muy sano y bonito porque, aunque tus ideas no simpatizasen con los izquierdistas o los ciudadanistas –no los de Ciudadanos– tú sentías que, a pesar de todo eso, estabas representado en esa masa. Y creo que ese sentimiento ha conseguido persistir en el tiempo. Todos los intentos de aplacarlo, como la Ley Mordaza, son un indicativo de la peligrosidad de ese sentimiento.

Van a conseguir que explote la violencia y que haya aquí terrorismo real. Porque en estos movimientos en realidad no ha habido violencia, no ha habido nada de verdad. Se trata simplemente de identificar. Aquí en Madrid se ha creado el fantasma deleznable de los Bukaneros, por ejemplo, para criminalizar al movimiento, sin que haya ocurrido nada realmente.

O lo ocurrido durante la operación Pandora y similares

Claro, es lamentable, porque el historial de anarquismo terrorista es que no hay historial. Se trata de identificar al enemigo, e ir construyéndole. Y yo creo que ese paraguas colectivo, esa generosidad, esa imposibilidad que tiene la gente del orden de identificar a los rebeldes, les empuja a identificar a ese grupo de unos pocos encapuchados, como los hinchas de un equipo de fútbol. Y los convierte en el enemigo, los sataniza.

Entonces, no convertirte en especialista hace que un periodista no pueda hablar de ti con esa ligereza en un periódico, ya no puede catalogarte. Como ocurre con los Motherfuckers, la protesta de mayo del 68 iba también en ese sentido. ¿Con quien hay que hablar? No hay portavoces ¿Qué queréis? Lo queremos todo. La clave estuvo en mantenerse ahí, resistir la presión. Les decían: tenéis que proponer, tenéis que construir y para eso debéis ir al sistema. Y entonces vas al sistema y de pronto Podemos es el terror, es Venezuela. Y a la vez está ejerciendo una función, se está demostrando en este tiempo que no hay protestas grandes y está sirviendo de apagafuegos.

Pero la gente está empezando a darle otros sentidos al término de la violencia. La gente está empezando a entender eso de que violencia es también no tener cómo llegar a fin de mes. Y ya es hasta políticamente incorrecto estar en contra de querer parar un desahucio desde antes del 15M. Esto es debido a la presión que hay. Ciudadanos es el mismo ejemplo, es la derecha con ese nuevo ropaje que se ha tenido que poner debido a la presión popular.

¿Qué opinas sobre el sentido revolucionario de ambos grupos? Por un lado los Motherfuckers tenían una clara actitud política y los Dragones tuvieron también su relación con el movimiento de los Panteras Negras.

Es un poco complicado. Los Motherfuckers piensan en un sentido global y actúan localmente en Nueva York. Pero llega un punto que proyectan una constelación de comunas armadas, conectadas a lo largo de EEUU, que iban a crear una nueva forma de revolución. En cambio los Dragones no fueron una experiencia revolucionaria para nada. Ellos querían evitar que los chavales negros de la calle acabasen en la cárcel, muertos a tiros en la guerra o en la droga, que eran los destinos que los propios Gene y Rasheed, cabezas de los Dragones, habían tratado de evitar. En casa tengo un póster que me regalaron en el que pone que “nuestros valores son Dios, familia, hermandad y servicio a la comunidad”. Eso, a pesar de las formas en que ellos actuaban, se acerca mucho al discurso que tenían los propios Panteras Negras. Muchos Dragones eran de los Panteras Negras, pero eso era otra cosa. Ellos, a pesar de la apariencia tan aguerrida que tienen, cada mes, organizan recolectas para ayudar a la gente de su barrio, por ejemplo enfermos de cáncer, limpian la basura. Eso hace que la gente les respete. Su discurso tenía también continuas referencias espirituales, en plan todo sucede por algo, hay una mano oculta que me guía. Pero el hincapié es en el respeto a ti mismo y a la comunidad.

En la contraportada del 'Ejército Negro' se dice que Servando bailó con el dragón. Entraste hasta su guarida y escuchaste sus historias de su propia boca ¿Cómo entras en contacto con los Dragones? ¿Qué crees que tienes tú para que ellos te permitan acceder a su hogar siendo tan herméticos con toda la prensa americana?

Que no soy 100% blanco (risas). No, yo llevaba como una década estudiando corrientes artísticas, políticas y revolucionarias. Con el libro que publiqué en 2005 o 2006, que se llama 'Historia de un incendio'. Ahí inicié una serie de investigaciones sobre las relaciones del arte y la política. Y desde entonces llevo diez años metido en lo mismo. Con los Dragones llevaba contactando unos dos o tres años hasta que me invitaron a ir a su sede. Y yo no tengo moto, ni si quiera tengo el carnet, que era la pregunta que más me temía. Llego a la sede y Tobie Gene me pregunta “¿cuál es tu moto?”. Y yo había ido en un escarabajo escuchando a Los Chichos. Imagínate lo que se rieron cuando vieron mi vehículo.

Ellos eran muy reacios a que nadie entrase a su mundo. ¿Por qué me dejaron entrar a mí? Pues yo creo que porque no soy periodista. Yo les hablé de forma honesta. Ellos alucinaron con mi investigación sobre un salvaje oeste negro que apenas conocían en profundidad. Ninguno sabía de esa tradición de forajidos negros como Nat Love. Esos mismos forajidos que cuando llega la modernidad, de pronto dejan el caballo y se suben a la moto. Esto entronca con la subjetividad de la que hablábamos antes. Un historiador riguroso quizá no se atreviese a establecer esta analogía, esa unión la establece el imaginario americano. Pero yo no podía construir una historia negra a partir de un pasado blanco, ellos necesitaban sus referentes.

¿Y hubo algún momento de miedo o tensión por tu parte? ¿Había cosas de las que no podías hablar?

Yo me senté y había un documento que tenía que firmar que me comprometía a no hacer determinadas preguntas: sobre tráfico de drogas y sobre los Hell Angels, ya que podía provocar problemas entre clubs. Siempre hay una parte en este tipo de experiencias que tienes que ser un poco inconsciente, porque si eres del todo consciente empiezas a tener dudas, tienes que ser un poco lailolailo. En Oakland, el lugar donde residen los Dragones, el nivel de violencia es atroz, ni nos lo podemos imaginar. Un año justo antes de que yo fuese le habían pegado un tiro en la cabeza a uno de ellos. En Oakland ellos viven en una zona que es como una tarta controlada por distintos grupos de narcotraficantes armados hasta los dientes. Es increíble ver cómo los Dragones han podido resistir a eso y seguir allí con sus valores. Ser respetados por la policía –ellos han cedido su sede para hacer campañas contra la violencia para los jóvenes– y al mismo tiempo hacerse respetar por todas esas bandas de narcotraficantes armadas hasta los dientes. Por eso se necesita una sabiduría increíble para mantenerse en ese equilibrio.

Cómo observas tú el mundo editorial actualmente en España.

Cuando muchos editores hablan de la crisis editorial, ¿de qué estamos hablando realmente, de la crisis de los libros o de tu crisis económica? Creo que hay una infraestructura muy potente que viene de atrás, muchos sueldos que mantener, muy dignos, pero ahora hay mogollón de editoriales porque hay toneladas de material que publicar. Y yo me alegro cada vez que veo una nueva editorial que surge, muchas de ellas publicando libros que a mi me gustaría editar. Yo me levanto por la mañana y ya estoy con la obsesión del título que tenemos entre manos. Sí, es trabajo, pero yo disfruto mucho con ello.

El problema en España no son las editoriales, el problema es la lucha por la visibilidad. Cualquiera puede editar un libro. Yo aconsejo, sobre todo, cuidar cada libro como si fuese tu obra. Pero luego, en el momento de la distribución llegas al gran problema de España, ¿cómo hago que mi libro esté en las librerías? En la primera época de La Felguera apenas teníamos visibilidad, teníamos la producción y distribución en nuestras manos , pero desde hace dos años, después de muchas dudas y debates internos, estamos en una de las distribuidoras comerciales más potentes de España y solo lamento el no haberlo hecho antes. Hacer todo el proceso tú solo está bien si tu plan es ese. Pero después piensas, ¿quién me lee? Yo he ido tanto a librerías y editoriales más comerciales como a centro sociales a presentar mis libros o a dar charlas. No es excluyente una cosa de la otra.

Dentro de este mundillo, ¿cómo se posiciona una sociedad secreta camuflada como editorial como La Felguera?

Cuando empezó La Felguera como colectivo de agitación, estaba inscrita dentro de la guerrilla de la comunicación. Soñamos un tiempo con ser una organización, teníamos gente en Barcelona o Berlín. Yo llegué con 17 años a Madrid en los noventa. Venía de un sitio pequeñísimo, La Palma. Nos pusimos el nombre a raíz de una canción de un grupo de hardcore, Intolerance, que hacía referencia a las revolución de la cuenca asturiana minera en el 34. Imagínate llegar a la metrópolis con 17 años, haciendo todo tipo de temeridades. Yo llegué y me metí en Lucha Autónoma, en las calles sucedían muchas cosas. En ese momento veo como es la realidad cruda y dura. Sufro una agresión muy chunga de neonazis nada más llegar, la cicatriz que tengo encima de la ceja es fruto de un cadenazo. La hiperrealité, o sea, toma, esto es lo que hay. En ese contexto nace La Felguera como un colectivo de agitación modesto,vinculado a los fanzines, el movimiento de okupación y las acciones políticas en ese Madrid de los noventa.

Sin embargo, con el paso del tiempo, nos disolvimos como colectivo porque todo acabó siendo muy endógeno, todos eran de Bellas Artes, es decir, te dedicas al arte y tu medio es el arte. Asumimos que si hay posibilidades de rebelarse, no es a través de grandes y complejas organizaciones, sino de la acción de muchos grupos de afinidad, interzonas, momentos en que se conectan las personas y se produce el contrabando de ideas. Nosotros ahora, como editorial, hacemos muchas acciones en la calle para fomentar el sentido de comunidad, de sociedad secreta. Creo que el futuro del libro y de la literatura, el contrabando de ideas, el contagio, tiene mucho que ver con pertenecer a una sociedad secreta. Que tú y yo estemos aquí y el mundo permanezca ajeno a nuestra pequeña conspiración. Por un lado creo que tiene una gran dosis de fanfarronería, pero por otro lado creo que es realmente necesario. Vivimos en una democracia apestosa y habrá que luchar contra esa democracia, pero no es dictadura. Nosotros estamos haciendo cosas que no se podrían hacer una dictadura. El mundo es más sofisticado que en una dictadura, el enemigo está en todos los lados.

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