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Vanidad y muerte

'El club' tiene como centro de atención la tradicionalista Iglesia católica chilena.

03/12/15 · 7:07
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El guionista y director chileno Pablo Larraín ya había demostrado en sus cuatro largometrajes anteriores a El club Fuga (2006), Tony Manero (2008), Post Mortem (2010) y No (2012)– una habilidad meritoria para dar cuenta en mayor o menor medida, a partir de anéc­dotas significativas, de las incongruencias y paradojas en que se mueve la sociedad de su país: la dictadura de Augusto Pinochet y la fase posterior de consenso y reconciliación presidida por Patricio Aylwin, derivaron en una democracia condicionada por la asunción del neoliberalismo como credo económico exclusivo y excluyente, y por la pervivencia de poderes fácticos regresivos.

El club, salto creativo en el haber de Larraín al que no es ajeno un reparto en estado de gracia, sigue la hoja de ruta descrita. Su centro de atención esta vez, la tradicionalista Igle­sia católica chilena, sumidas en palabras del historiador Se­bas­tián Jans en “uno de sus peores momentos históricos, debido al repudio ciudadano ante conductas y acciones que se perciben destinadas a proteger a culpables de delitos deleznables”. En efecto, como forma de control de daños ante escándalos reiterados en tiempos recientes, las jerarquías eclesiásticas han optado por ocultar a los sacerdotes pedófilos, o a los que robaron antaño bebés para su adopción por parejas adineradas, en residencias tan lujosas como recónditas. Allí permanecen durante un tiempo prudencial, o lo que les queda de vida, dedicados supuestamente a la meditación y el rezo.

‘El club’ reflexiona con melancolía enriquecedora sobre lo endeble de nuestra condición

Hasta una de esas residencias llega en El club un joven sacerdote, con instrucciones de tasar si esas casas de acogida han de continuar en funcionamiento, y de evaluar la auténtica situación anímica y material de sus moradores. Ello desemboca en una fábula eficaz desde tres perspectivas complementarias. Una de ellas, la de intenso retrato coral, afín a la dramaturgia y lo psicológico, sobre personajes enfrentados cuando les interroga un extraño a las imposturas que han marcado sus existencias. Por otra parte, en la estela apuntada de sus películas previas, Larraín hace de los individuos símbolos de todo un orden colectivo organizado, en esta ocasión el religioso, cuyos males –y las disculpas con que se intentan excusar– quedan delatados a través de los talantes y las carencias de los habitantes de la ficción.

Por último, y es la característica susceptible de otorgarle un lugar persistente en la memoria crítica y cinéfila, la película se abona a una retórica del desengaño. Más allá de localismos y coyunturas, El club reflexiona con melancolía enriquecedora sobre lo endeble de nuestra condición; sobre la vanidad y las pompas humanas, y la decadencia; sobre lo que nos creímos, y lo que somos cuando se cierne sobre nosotros el ocaso. El fracaso mayor de los sacerdotes protagonistas no estriba en verse obligados a bajar del pedestal y admitir sus culpas. Tampoco en que éstas les devuelvan el reflejo monstruoso de una institución bajo la que se cobijaron, pero que a la postre ha sido incapaz de procurar un sustrato moral verosímil a sus actividades. Su mayor fracaso reside en comprobar que sus días de impunidad, gloria, prepotencia y entusiasmos, se han desvanecido; han revelado no tener más consistencia que la de un sueño, del que han despertado abocados a una sobremesa de invierno en ningún lugar, a la decrepitud y la muerte. En este sentido, como enfatiza la inspirada fotografía digital de Sergio Armstrong, El club tiene mucho de pintura barroca sombría. 

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