Cómic
Berlín en viñetas

'Esterhazy' y 'Arenas movedizas', dos retratos de la caída del muro.

28/11/15 · 7:01
Edición impresa
'Arenas movedizas', de Max Mönch, Alexander Lahl y Kitty Khane.

Hans Magnus Enzensberger, poeta y ensayista nacido en Baviera en 1929, tiene la habilidad de mimetizarse con el paisaje en sus memorias y ensayos. Utiliza la ambigüedad para dejar hacer al relato; para que el lector se vea impelido a leer obsesivamente hasta el final. Este detalle no es casual cuando lo que realmente se quiere lograr con la ficción es algo más que contarle un cuento a la siguiente generación. Cuatro años después de la caída del muro de Berlín, en 1993, Enzensberger perpetró, junto a la periodista y autora de superventas estadounidense Irene Dische, un cuento infantil titulado Esterhazy, obra que la editorial Fulgencio Pimentel ha traído al panorama editorial español y que coincide con otro título que narra los últimos días de la República Democrática Alemana, el cómic Arenas movedizas.

En el caso de Esterhazy, su discreta apariencia de libro infantil guarda más de un secreto, estrechamente ligado a las biografías de los autores y a la voluntad crítica que ambos han ejercitado en sus extensas bibliografías. Así, nos encontramos ante un cuento con una clara intención crítica; una fábula de escurridiza moraleja que nos habla de la posibilidad de una utopía situada en el espacio entre dos ficciones, el Este y el Oeste. Es en ese prado que crece entre las dos fronteras que delimitan el Muro de Berlín donde el lebrato de apellido señalado, protagonista de la fábula del mismo nombre, logra vivir su sueño de paz y armonía familiar, alejado de la realidad que se oculta más allá de las paredes grises.

El nombre de esta obra nos remite, asimismo, a la Casa de Esterhazy, familia magiar de origen húngaro cuyos orígenes se remontan al Medievo, siendo bastante destacable el hecho de que fuera un miembro de esta familia el único parlamentario que votó en contra de la moción de Adolf Hitler de exterminar al pueblo judío. Los autores, Dische (hija de refugiados judíos) y Enzensberger, envían al joven Esterhazy desde Austria a Berlín Oriental con el objetivo nada desdeñable de hacer su propia historia; lo que halla es la ilusión de un paraíso para los suyos y la certeza del cambio tras la caída del muro. “Sin muro, Berlín ha perdido su encanto, ¿no crees? Quiero decir para nosotras las liebres, claro”.

Como bien concretan las ilustraciones pictorialistas de Michael Sowa, así como la moraleja de este cuento, “los Esterhazy siguieron viviendo así, lejos del muro, en algún lugar de las afueras del bosque, donde no hay coches, ni grandes almacenes, ni restaurantes en los que se sirva liebre asada”.

Crónica de una caída

El periodista Max Mönch, el director de cine Alexanderr Lahl y la dibujante Kitty Kahane no se alejan demasiado en Arenas movedizas del cuento y de la fábula, acorde este espíritu con sus anteriores trabajos para niños. Podría desorientar que su protagonista sea un periodista apellidado Sandman, con olfato para los hitos históricos y tendencia a sufrir pesadillas visionarias. Este recurso narrativo, el onírico, y las notas propias del periodista de investigación, son el hallazgo de un cómic pensado como artefacto divulgativo antes que como ficción.

Un artefacto necesario, dados los tiempos desmemoriados; pertinente a día de hoy como herramienta para hacer llegar a las nuevas generaciones la arbitrariedad de unos hechos históricos que, incluso a los nacidos tras el 11S, sumergidos en el simulacro desde el principio de sus días, les resulta difícil asimilar. ¿La mitad de una ciudad rodeada por un muro? Puede parecer que la realidad basta para construir la mejor de las ficciones, pero lo que resulta todavía más interesante es que muchas de las ficciones que dan forma a nuestro presente también han caducado. No podemos más que señalar la insistencia del cómic como ensayo antes que como ficción. El relato ha muerto. Sólo nos queda entender cómo funcionan las ficciones uniformes y sus grietas; las mismas grietas por las que el inconsciente se escabulle para hacerse realidad.

Arenas movedizas, editado por Impedimenta, es un cómic oportuno en la medida en que recrea desde una supuesta mirada periodística, posicionada, la debilidad del marco ideológico que definía una realidad física como la del Muro de Berlín, cuyo significante, ya a finales de los ochenta, apenas tocaba hueso, pero que costó la vida de muchas personas. Una obra ilustrativa que insiste en un suelo que se hunde; metáfora que, irónicamente, también podría aplicarse a otra ficción que para muchos ha dejado de tocar hueso: Europa.

El protagonista de esta crónica nos descubre el cuento de la familia Bärwolf, cuyos dos hijos, Hans e Ingrid, estaban destinados a ser el orgullo de la República Democrática Alemana: él en el ejército y ella en el deporte, como nadadora. Sin embargo, Ingrid trazó un plan de huida a nado por el Báltico. El acto de desobediencia de Ingrid trajo consigo la duda sobre la familia y el posterior castigo para todos: “Un Estado basado en la fidelidad al partido no admite competencia, sobre todo de la familia”.

Sandman nos lo cuenta a nosotros; a su jefe en Estados Unidos, editor del periódico, le niega la historia de la familia Bärwolf por deseo expreso de la que será su mujer, Ingrid. Como le recuerda a Sandman su futuro suegro, “fue la desconfianza la que rompió el país, como porcelana”. No obstante, serán la negación y la duda las que, latentes, definirán la relación de Tom Sandman con Ingrid Bärwolf. La insistencia del periodista en descubrir quién delató a la nadadora será la dolorosa verdad, tan imposible de ignorar como un dolor de muelas, que acabe con la relación. //

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