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'Spectre' y el despotismo securitario

Sobre James Bond, los supervillanos con gatito y por qué hay que confiar nuestra seguridad en sicarios sin supervisión parlamentaria.

12/11/15 · 14:07
Fotograma de Spectre.

inforelacionada

El James Bond de Daniel Craig hace su cuarta aparición en la gran pantalla, la segunda dirigida por Sam Mendes ('American beauty'). Lo hace con un nuevo 'blockbuster' de tamaño XL, que ronda las dos horas y media de duración. Y es que, con la excepción de la más concisa y arisca 'Quantum of solace', los responsables de relanzar la saga aspiran a ofrecer un espectáculo cinematográfico desbordante, también en el minutaje.

La llegada de Mendes también ha comportado una especial tendencia a la estilización visual. En esta ocasión, se abre la película con una larga secuencia diseñada para impresionar. La audiencia aterriza en pleno día de los muertos mexicano, en una peculiar hibridación de lo popular, lo siniestro y lo global. En versión turística, el escenario recuerda el exotismo imperialista de aventuras pasadas. Pero ahora el neocolonialismo es autoimpuesto: según documentos internos filtrados durante el denominado Sony Leaks, el gobierno local forzó este escenario carnavalesco a cambio de otorgar exenciones fiscales a la producción.

El filme puede tener una puesta en escena sobria, momentos tensos y algunas inquietantes 
pinceladas de 
tenebrismo

'Skyfall' transitaba e insinuaba caminos algo contradictorios. Su equipo creativo seguía fiel a un Bond de ceño fruncido pero incluía un final distendido, con guiños 'retro' que proyectaban nostalgia hacia pasados más amables. Podía anticiparse que 'Spectre' incluiría pequeñas reorientaciones, pero domina el continuismo. Se sigue buscando un espacio cómodo, equidistante de la gelidez de la saga Bourne y de los componentes más guiñolescos de 'Misión imposible'. Cosas de los presupuestos de nueve dígitos y de los equilibrismos para competir por una audiencia masiva: mascletás posmodernas como 'Kingsman' o 'Operación U. N. C. L. E.' pueden permitirse enfoques menos medidos, tonos más concretos e incluso una cierta pátina de transgresión.

Supervillano con capitalismo al fondo

Se ha hablado de la influencia de Christopher Nolan ('Batman begins') en los nuevos Bond, aparentemente deseosos de recubirse con una apariencia de madurez. Y quizá pueda haber algo de todo ello, como mínimo en la asfixiante tendencia del director de 'El caballero oscuro' a sobreconectar elementos narrativos. En 'Spectre', las conexiones incluso son retroactivas y alcanzan a entregas precedentes. Si 'Skyfall' abundaba en el pasado familiar del personaje protagonista, su continuación profundiza en los orígenes del personaje para desplegar traumas freudianos y venganzas shakesperianas.

Eso sí: recuperar del baúl de los recuerdos a Spectre, una sociedad secreta liderada por una mente maestra con gatito, fricciona con cualquier apuesta por lo circunspecto. Remite a la vertiente más colorista del universo de 007, imitada desde la variación ('Diabolik') o la parodia ('Austin Powers'). En realidad, el encaje hubiese sido viable: la presentación de la entidad tiene algo de Club Bilderberg desaforadamente maligno, que combina los negocios éticamente cuestionables (como el lucro desmesurado a través de la industria farmacéutica) con la ilegalidad evidente (la trata de personas).

Las fronteras que separan la mafia del gran empresariado son más difusas que en 'Operación Trueno'. Cincuenta años atrás, la junta directiva de Spectre sólo trataba actividades notoriamente criminales. Ahora aparece un camino posible de críticas al capitalismo depredador... rápidamente clausurado con la presentación del líder de la organización, Ernst Stavro Blofeld. Su misma figura, y el conflicto dramático que le mueve, parecen extraídos de un 'comic-book' esquemático. El filme puede tener una puesta en escena sobria, momentos tensos y algunas inquietantes pinceladas de tenebrismo. Pero un visionado distante puede hacer que el castillo de naipes tiemble a causa de problemas de lógica interna, de desajustes entre tono y contenido.

En sus dos últimas aventuras Bond es un engranaje más en la cadena del despotismo 
securitario que, desde las democracias parlamentarias, va hacia terrenos 
suprademocráticos

De la misma manera que las maneras trascendentalistas de 'Interstellar' no acaban de encajar con la puerilidad de algunos de sus planteamientos, la boba seriedad de 'Spectre' puede desconcertar. Se nos presenta a una organización poderosa, de enorme capacidad inversora... y aparentemente desmantelable por un agente mareado. Todos su entramado, además, desaparece del plano para que el conflicto se centre en Bond, Blofeld y un personaje femenino que, en la línea de otros 'blockbusters' recientes, resulta algo menos vergonzante de lo habitual. Sea como sea, otorgar protagonismo a un supervillano excéntrico, a la manera del doctor Mabuse, Fantomas u otros malvados de principios del siglo XX, ata una pata de la narración al mundo del 'pulp'.

Opacidad para el bienestar popular

Eso no implica que los autores de 'Spectre' renuncien a tratar temas de actualidad. Ya su antecesora era un ejemplo explícito de 'action movie' con sensibilidad antipolítica. Recordaba a aquella 'Green zone' donde la CIA era un contrapoder amable, crítico de un gobierno estadounidense empeñado en invadir Iraq. En ambos filmes, los tentáculos más oscuros del Estado devenían garantes del bienestar popular, por encima de los representantes electos. En 'El hombre más buscado', incluso una rama clandestina de la inteligencia alemana se comportaba de manera más humana que los responsables ministeriales.

'Skyfall' incluía un discurso pronunciado por la líder del MI6 británico: en un mundo de amenazas líquidas sin referentes nacionales ni fronteras específicas, los servicios de inteligencia sólo podían tener éxito si trabajaban de manera tan opaca y clandestina como sus enemigos. Este elogio de la sombra recuerda a las viejas justificaciones de la brutalidad policial y del recorte de derechos, normalizadas en las pantallas por el thriller urbano de Nixon en adelante. 'Harry el Sucio', por ejemplo, sintonizó con la reacción conservadora que ridiculizaba el respeto a las garantías constitucionales.

Estos mensajes no son intrínsecos al cine de espionaje. Las primeras entregas de la saga Bond, nada sospechosas de resultar progresistas (y sí, por ejemplo, fuertemente sexistas), se ambientaban en un mundo replegado en sí mismo, sin comentarios del presente más allá del anticomunismo ambiental. El agente secreto era muy individualista pero no se enfrentaba con la estructura en la que trabajaba. Estas pugnas sí serían comunes en las ficciones policiales o militares del reaganismo fílmico. Los héroes de las 'macho movies' solían ser 'libertarian' que pugnaban con policías de despacho o, peor aún, “burócratas de Washington” asustados por los (¿poderosos?) 'lobbies' izquierdistas.

En sus dos últimas aventuras, en cambio, Bond es un engranaje más en la cadena del despotismo securitario que, desde las democracias parlamentarias, se propulsa hacia terrenos suprademocráticos bajo el eslogan posible de “todo por la seguridad del pueblo, pero sin el pueblo”. En este presente de cárceles secretas, eliminación de derechos y grandes programas de control de la ciudadanía, la cloaca de los Estados parece ser más intocable que un poder legislativo a menudo caricaturizado.

Eso sí: el planteamiento de 'Spectre' es más taimado que el de su predecesora. Se ofrece al espectador una falsa disyuntiva. Por una parte, se alude al proyecto de una gran base de datos compartida por los servicios de inteligencia de nueve países. El concepto conecta con el pánico a las prácticas de vigilancia electrónica total realizadas por Estados Unidos, ya presente en espectáculos 'mainstream' calculadamente ambiguos como 'Capitán América: el Soldado de Invierno'. Por otra parte, tenemos otro modelo de antiterrorismo: el individualismo pistola en mano, sin supervisión y mucho más físico que virtual, ejemplificado en 007.

Contra la política parlamentaria

Desde el Reino Unido desapegado de la Europa continental nos llega una fábula sobre los peligros de la cooperación entre Estados. Resulta difícil reprochar el recelo hacia proyectos internacionales, dado el papel jugado por instituciones como la UE. Pero en el filme no se permite el debate. Como en aquella nueva 'Robocop' que hablaba de una “apariencia de libre albedrío”, la elección que se plantea al espectador es falsa. También en la línea de 'Capitán América: el Soldado de Invierno', los proyectos gubernamentales sufren la correspondiente infiltración criminal. Sólo es posible la confianza en soluciones individuales, porque los aparatos estatales están dominados por quintacolumnistas. Como en 'Vigilados. Person of interest', 'Los Vengadores' y tantas otras ficciones, todos los caminos hacia la salvación pasan por el héroe o al grupo reducido de héroes. Y por la quiebra de confianza respecto a las instituciones, repetida machaconamente por el 'pop' neoliberal y sus oximorónicos rebeldes conservadores.

En consonancia con el desmantelamiento de lo público, en el camino hacia la utopía de la desregulación completa, las capas más antidemocráticas de las democracias parlamentarias, el funcionamiento autárquico de las cloacas del Estado, son las menos permeables a la crítica. Y queda fuera de la ecuación ese poder real que no se cuenta con votos sino con dígitos en cuentas bancarias 'offshore'. El 'statu quo' económico apenas se cuestiona y suele tomar formas caricaturescas, como aquellas élites del 1%, sobremaquilladas y pintorescas, que aparecían en 'Anarchy: la noche de las bestias'. O ese líder de Spectre finalmente castigado por priorizar sus fobias personales, por no centrarse en lo que verdaderamente importa: los negocios.

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