Yayoflautas de cine

'Los dinamiteros' (1964) es una rara joya del cine español que glosa el arte de la chapuza.

01/10/15 · 8:00

Las pelis raras, como la gelatina, fluctúan dentro de una nebulosa molecular más variable que el sistema periódico. El cinéfilo las observa con la misma incertidumbre con la que Heisenberg observaba sus partículas elementales. La inseguridad crítica se apodera de su juicio. ¿Esto que ve es una obra maestra de un creador único o una gamberrada de un lunático? ¿Quién es el Caín que se atreve a separar la genialidad de la locura? No se pueden poner puertas prefabricadas al arte. Si las ponemos, sobre todo las compradas en Ikea, corremos el riesgo de excluir filmes como Los dinamiteros. Cuando lo visioné por primera vez, tuve la intuición, nada científica, de auscultar una verdadera rara avis: una obra maestra gamberra. No resulta nada fácil conjugar esta antinomia cultural. Gamberros en el arte los hay a patadas, en cualquier aprisco festivalero te los topas. Pero con clase, una clase a lo Krahe, más bien escasean.

Para que el gamberrismo cuaje en un nivel superior lácteo, debe brotar de un aparente disimulo, casi tan natural como el paraguas de Tati en un día soleado. No es gamberro el que vocea más fuerte, sino el que llega más lejos. Los dinamiteros llega lejísimos, atravesando décadas de cine patrio como si nada, manteniéndose fresca y campante. La historia de esos pensionistas robando a su mutua para ayudar a un colega moribundo sigue despertando el sentido justiciero innato de tanto españolito honrado de nuestros días.

Ya se sabe que eso de quitar a los ricos para dar a los pobres en plan Robin Hood siempre ha funcionado en la pantalla grande. En la vida real, por desgracia, suele ocurrir lo contrario. Los dinamiteros se podría publicitar como cine justiciero a la española. Si los estadounidenses roban hipódromos, nosotros robamos mutualidades; si los de Hollywood contratan a Sterling Hayden, nosotros a Pepe Isbert. Trocamos el gesto duro por el tartamudeo, que es lo mismo que mudar a Sófocles por Aristófanes, y a competir con quien sea. A negociar con la troika, en vez de Tsipras, debería haber acudido Pepe Isbert. Hubiese temblado de risa hasta la medusa de la Merkel, sobre todo si le hubiesen acompañado el italiano Carlo Pisacane y la abuelita del cine mexicano Sara García. Nunca vióse un reparto internacional que reflejase tan rotundamente el casticismo español de los viejitos verdes y necrófilos, y las mamás marimandonas.

La peli sigue la estela de Rufufú de no tomarse demasiado en serio un tema tan serio como el de los atracos. La razón de esta herejía debe de anidar en nuestra genética. A semejanza de los italianos, los españoles llevamos inscrito en los genes un mensaje incorruptible: la chapuza puede llegar a ser un arte, un arte subversivo. El trío de viejecitos chapuceros merece ocupar un lugar destacado de la mejor tradición satírica española. Esas antológicas escenas, preparando dinamita como si estuvieran en un programa de masterchef y probándola en los extrarradios bajo los aplausos de los niños desharrapados, las firmaría el Azcona más audaz. Pero las parió un tal García Atienza, que les sonará por sus libros de la España mágica. Atienza, un espécimen raro, sólo rodó esta película y luego se refugió de la censura entre templarios y celtas. Da la impresión de que el atrevimiento de su ópera prima le pasó factura y hubo de buscar acomodo como etnógrafo en los terrenos vagos del esoterismo.

No les debió de sentar nada bien a los censores que se les colara una peli tan cargada de dinamita. ¿En qué plan quinquenal estarían pensando cuando otorgaron el plácet al guión? Pensarían quizás que los jubilados siempre serán inofensivos. Es lo que tiene el cumplir años: que hasta los dictadores alegan demencia senil. Pero el que tuvo, retuvo, y la vejez, bien aprovechada, da para mucho, como ha demostrado Manoel de Oliveira. Estos viejecitos dinamiteros, a su manera carpetovetónica, recuerdan mucho a los actuales yayoflautas. Cuanto más los ridiculizan los tertulianos, más los admiran los jóvenes. Conservan esa rebeldía interior, como una gema, hasta el último plano de sus existencias. //

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