Literatura
Acerca del 'Comité de la Noche' de Belén Gopegui

Lejos de la tensión del ascensor social provocado por la Transición, Gopegui mira ahora en las esquinas de la crisis y presenta una líder fuerte, provocadora, que habla en verso y se mueve entre un lenguaje coloquial y otro de un lirismo inusitado.

09/08/15 · 7:00

Belén Gopegui, que escribe historias llenas de optimismo no exultante, ha sido también una hábil retratista del resentimiento. Eran, sin embargo, los hombres los resentidos de sus novelas. Estaba Santiago, el profesor universitario de clase media que, recordando sus orígenes humildes, jugará un papel clave en el tortuoso préstamo monetario que estropea y devalúa la amistad de La conquista del aire. Y el gran antihéroe y personaje negativo gopeguiano por excelencia: Edmundo, de Lo Real, el hijo de una corrupción franquista que se propone no depender de nadie y disparar a lo grande con una red clientelar.

Sus mujeres solían ser paradigmáticamente jóvenes, cultas, sin rasgos soñadores pero tampoco cansancio visible. La Susana del Padre de Blancanieves y Laura Badía en El lado frío de la almohada no se articulan desde resentimiento alguno. Son sujetos perfectamente éticos a la manera aristotélica: ambas proceden de la clase media, no tienen necesidades, pero valoran, por esa misma razón, poder elegir. El esquema aristotélico es profundo y estudiado en las novelas de Gopegui porque no hay absolutos, ni visiones terroríficas, así que la ética surge de la vida misma y de los términos medios.

El resentimiento post-crisis de Gopegui se hace femenino y visible, palpable también

Martina, la adolescente de Deseo de ser punk, pudiera parecer una variante femenina y adolescente del gran resentido gopeguiano. Todas las adolescencias incluyen la furia, el desorden y el descontento; la insatisfacción de Martina no ha tenido el tiempo que requiere el verdadero resentimiento, una fuerza que necesita algo más que el primer contacto con la realidad para solidificarse en el ánimo. Significativamente Martina recuerda un abrazo a tiempo de alguien a quien ha muerto, su dolor todavía anda tan vivo como imprecisos son sus sentimientos. Por eso es una novela corta y por eso se lee como una intervención sobre un género.

Y tras el resentido y la militante joven e inteligente, Gopegui ha venido ensayando el personaje crepuscular, el de una madurez no resignada. Manuela en El Padre de Blancanieves, el abogado y la vicepresidenta de Acceso no Autorizado, todos ellos comparten el rasgo de recordar ya las heridas del tiempo y no hacerlo incompatible con la acción.

Hablo de esto porque El comité de la noche es, por supuesto, una novela de Belén Gopegui con una variación muy estimulante sobre sus personajes o sobre los papeles que éstos desempeñan en sus novelas. El resentimiento post-crisis de Gopegui se hace femenino y visible, palpable también. Álex abre la novela y es una resentida nueva, diferente, contemporánea.

Lejos de la tensión del ascensor social provocado por la Transición, Gopegui mira ahora en las esquinas de la crisis y presenta una líder fuerte, provocadora, que habla en verso y se mueve pendularmente entre un lenguaje coloquial y otro de un lirismo inusitado.

La otra voz es la de Carla, que significativamente es una joven nada idealista que terminará militando. Y para completar el cuadro, la madurez no resignada aparece casi resignada en la figura de un maduro escritor que da cuenta de lo sucedido y presenta al lector sus dudas cuando se hace, de manera visible, con las riendas del relato en la segunda mitad.

Ese escritor no es inocente. Es muchas voces también él, porque del Comité de la Noche ha desaparecido el coro, los sujetos individuales o las cartas-comunicados. No hay movimiento impersonal. Son solamente tres conciencias suspendidas en una estructura mucho más sofisticada y elaborada de lo que parece.

En ese sentido, el escritor pide el presente y no el pasado. En que el suyo es un diálogo secreto e íntimo semeja al autor imaginario que preside y orienta al lector en Bartleby y compañía, el clásico de Enrique Vila-Matas. Pero el escriba cansado difiere del autor de Bartleby porque reclama su inmediatez, su tiempo vivo.

Aparece desdibujado. Sabemos de su cansancio pero no de los detalle que desencadenaron el matrimonio frustrado, pero no tanto de las miradas que tal vez compartirá con esas voces. No hace falta. Pertenecen a una novela que tal vez ya no tenga sentido escribir.

No hay teología en las novelas de la atea Gopegui, ni tampoco una imagen espantosa que ayude a encarnar absolutos

El relato transcurre en Bratislava, donde hay inocencia en peligro, recursos modestos, grandes intereses empresariales y sensación de extrañeza. Y antes que eso, socialismo real. Algunos descreen, y ni siquiera el villano que aparece al principio más pérfido es otra cosa que un explotador. No hay teología en las novelas de la atea Gopegui, ni tampoco una imagen espantosa que ayude a encarnar absolutos. La mayor imagen del mal que ha ofrecido en sus novelas está aquí: un cínico posibilista, casi simpático, con algo de dinero para comprar silencios, pero también con sus propias batallas, presiones e intereses.

Pero sí que hay muerte. De hecho, pese a que se quiere y se consigue reclamar como una obra del presente, El comité de la noche es la historia de dos muertes y del hombre que las invoca para no olvidarse de quien puede ser todavía. En ese sentido, éste es un cuento de fantasmas. Un cuento de fantasmas que recorren toda Europa.

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comentarios

1

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    10/11/2015 - 7:30pm
    Excelente reseña.
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