Estalló

Relato en clave post-burbuja de la escritora madrileña Silvia Nanclares.

20/07/15 · 8:00
Edición impresa

Entre las babas de la siesta, a David se le amontonaban las cifras del recuento de cuerpos encontrados en el arroyo cerca de Barajas. Junto a él, en primer plano, la frente empapada de la niña, el pelo hecho hebras como si fuera un pollito mojado. ¿Qué coño pasa con el aire acondicionado? “Las ambulancias hacen fila a la entrada de las pistas”. Durante toda la tarde, las teles públicas y muchas de las otras conectan en directo con la nada, el antíclimax televisivo propio de los momentos de crisis, ésos en que nadie puede separarse de la tele, la radio, internet, el móvil, el teléfono... Nunca crees que te va a pasar a ti, a nosotros.

Ese día su hija cumple dos años. Él mismo la va a buscar todos los días a las tres, desde que lo echaron. Tenían una chica. Boliviana. Él mismo también la tuvo que echar. Se sintió tan absurdo la última vez que ella lo llamó “señor”. ¿Señor de qué? No era la primera vez que le tocaría sellar el paro, pero esta vez era distinto: la edad, las letras del coche y la casa, la sensación de haber fracasado... Sigue llevándola todas las mañanas a la guardería porque necesita tiempo para buscar trabajo. También porque hacer de amo de casa aumenta su reciente sensación de desubicación. La niña pregunta que cuándo volverá Jade, la chica, que si a ella no se le acaban las vacaciones.

La persona encargada de la conexión ininterrumpida del 24horas dice que los han tenido metidos en la aeronave un ratazo hasta despegar. La gente agobiada, asustada, mosqueada, asada. Alguno se bajó. La mayoría aguantó, somos dóciles. Y despreocupados. ¿Para qué agobiarse? David tampoco se agobió cuando iban cayendo cerca de él, las mesas se reducían, los puestos se unificaban, los movían de planta, el mismo o más trabajo para menos gente. Fue justo cuando el BBK les dio la hipoteca. La letra era una pasada, sí, pero..., ¿y la casa? Con el sueldo de los dos y la ayuda de los padres para la entrada. Los bancos te dan un precio en B. “¿No os puede ayudar nadie?”. Los padres adelantan sus ahorros. El plan servía. Ahora se podrían poner con lo del hijo. Trabajar para Sacyr Vallehermoso, tener una casa propia, un niño: el día que firmaron la propiedad no se había visto tan pletórico desde que entró al grupo en 2004.

Ha llegado su padre, la niña sigue dormida. Ha llegado antes y le ha jodido la siesta, “que hemos quedado a las ocho, papá” . El padre parece no escuchar el reproche y acopla las canillas en el butacón que Elena compró a un fabricante de Milán, bien barato, pero aun así un pastón, piensa David ahora cada vez que lo mira. “Anda, qué quieres, tengo café, ¿te pongo uno?”.

El padre empieza a rememorar el accidente de Los Rodeos mientras pilla el mando y conecta el Teletexto. El teletexto. “Tú eras pequeño, pero tenías ya seis años, ¿te acuerdas? Más de 500 personas, macho. Se piñaron dos Jumbos de cara. Y eran los setenta, ni democracia, esto no era lo que es ahora, esto era el tercer mundo, hijo. El año 77. Eso fue una carnicería. Y todo el mundo mirándonos. Yo todavía no me había puesto por mi cuenta...”. David vuelve no porque esté el café, sino porque el padre ha despertado a la niña para felicitarla. “Joer, papá”. “¿Qué os pasa con el aire, macho? ¿Ya habéis empezado aquí también el Plan de Austeridad?”.

El padre ojea el libro que hay encima de la mesa, el libro que está leyendo Elena: Crepúsculo. Y le da por pensar por un momento en un futuro negro para su hijo, pero la niña llora. Al abuelo le parece que está un poco mimada, pero no dice nada, que a estos hijos ahora no se les puede decir nada. La niña se ha despertado enfadada, se agarra como un monito al padre, el padre mira por encima de la nuca empapada de la niña al abuelo. Piensa que el hecho de que se haya adelantado, de que haya venido solo, sin la madre, que es mucho más censora –el padre, todo hay que decirlo, es muy pesado pero es un cacho de pan–, puede ser un golpe de suerte.

“Papá, ¿tú crees que nos podríais prestar algo hasta que yo encuentre trabajo? Con lo de Elena no llegamos con todos los gastos, hemos despedido a Jade, y aun así...”. David ha estado a punto de aprovechar un corte de la retransmisión del accidente para meter toda la frase de carrerilla. Pasan ahora el gol de Iniesta, de Torres, de Villa... ¡Po-deee-moooos, España!, sobreimpresionado sobre las imágenes. El padre, no se sabe si no escucha o no quiere escuchar la intención de hablar de David, sigue embelesado las repeticiones de sus figuras. “Qué cracks”, piensa. Vuelve la imagen fija de la pista de aterrizaje llena de chatarra.

— Papá.

—Ostias, que dicen que de la hostia muchos cuerpos se han ido directos a un arroyo que hay ahí al lado de las pistas. Y que eso les ha salvado.

—Papá.

—¿Qué, hijo, qué?

—Nada, que a qué hora ha dicho mamá que venía. Que igual te da tiempo a bajar un rato a la niña al parque y yo voy preparando la merienda... ¿Te vas con el abuelo a la calle, Lola?

—A un arroyo, macho. No, si es que nunca sabes lo que te va a salvar la vida... ¿Con este calor al parque? ¿Por qué no te miro mejor lo del aire? Seguro que tenéis el filtro hecho una mierda. Si es que compráis las cosas y luego hay que cuidarlas.

El padre se levanta, se remanga, con las gafas de cerca mete los dedos entre los alerones y, efectivamente, saca un dedo de polvo.

—Oye, David. Que si por lo que sea quieres que hablemos de dinero, luego cuando venga tu madre le sacamos el tema. Que yo no sé cómo están las arcas. ¿De acuerdo? Ahora, que tu madre es peor que los del BCE. (Se ríe el mismo de su propia broma). Tráeme la escobilla esa de los biberones de Lola, que le vamos a dar bien aquí...

La niña, al separarse del padre para ir a ver lo que hace el abuelo, tira sin querer un vaso. David, súbitamente, rompe a llorar. Serán los añicos sobre la tarima tan cara y pulida, será el calor. //

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