Espacios culturales
Mística latinoamericana en un dos por tres en Madrid

La Casa en el Olmo se abre también a los forofos del teatro alternativo en Madrid, que contarán con un espacio más para presentar o presenciar obras.

26/06/15 · 13:04

La Casa en el Olmo es un pequeño y discretísimo recinto cultural en pleno corazón del barrio de Lavapiés, que abrió sus puertas poco más de hace tres meses, justo cuando –como buen presagio– la luna se llenaba toda redonda a mediados de marzo.

Si uno pasa por la calle un poco distraído ni la ve, ni la nota, si no fuera, cuando está cerrada, por su cortina de metal pintada en reverberante color rosa o, cuando está abierta, por su entrada prácticamente obstruida por un viejo triciclo de helados, rescatado y convertido en dispositivo móvil cultural que de vez en cuando se planta en las plazas para hacer intervenciones sonoras y visuales en espacios públicos y abiertos.

Otra seña que delata la presencia de la Casa en el Olmo es su puerta de acceso, empapelada casi totalmente por los carteles a color, tamaño folio, que, aumentando numéricamente a diario, anuncian las mil y más actividades que ahí se llevan a cabo, día tras día, de día y de noche, pareciera, sin respiro y sin descanso.

Es un pequeño y discretísimo espacio cultural, con una sola ventana al exterior, sin butacas, sin aforo, sin pretensiones, largo y estrecho que se adentra directamente desde la calle hacia las entrañas de un bajo de un edificio cualquiera, salpicado aquí y allá por alguna silla o cojín en el suelo, y flanqueado por un gran espejo que de pared a pared recuerda la antigua academia de baile que ahí, antes, funcionaba.

Es un pequeño y discretísimo espacio cultural que, sin embargo, sin recursos, sin aspavientos ni subvenciones, viene a pisar fuerte y a enriquecer el mapa cultural del barrio madrileño; un espacio protagonizado por promotores o, mejor dicho, soñadores, latinoamericanos que con toda su mística residen, sueñan y hacen malabares de vida en este pedazo de mundo que es España, que es Madrid.


Por cuestiones del azar, o quizás también del azahar primaveral, estas últimas semanas han tenido una agenda especialmente volcada hacia México: Chary Gumeta, poeta del estado sureño de Chiapas, ahí donde todavía se mantienen dignos y en pie los rebeldes zapatistas, compartió su último poemario dedicado a los muertos y desaparecidos en el contexto de extrema violencia social que se vive actualmente y desde siempre en su país; algunos días antes, el artista visual Andrés del Collado, originario del gran monstruo del Distrito Federal, había estrenado su obra bajo el título de El agua del sueño, en cuyo acto de inauguración se invitó a los presentes que, cómplices, compartieran en voz alta cualesquiera de sus sueños nocturnos, para hacer así entre todos un gran acopio de carácter y empeño onírico. Pocos días después, se realizó un conversatorio íntimo con el director del documental Huicholes: los últimos guardianes del peyote, tras su presentación oficial en la Cineteca Matadero, en la última edición de DocumentaMadrid.

Y es que en la Casa en el Olmo el tiempo no se detiene; siempre está activa. A parte de las clases de todo tipo (salsa caleña, guitarra, narrativa creativa, ritmos afroamericanos o canto para gestantes), el espacio, además, abre el micrófono todos los miércoles para que, ya con el fresco de la nochecita, cualquier interesado –sin nombre de cartel de por medio– pueda libremente leer o declamar cuentos y versos propios o ajenos. Los jueves, a la misma hora, a las diez, nunca muy en punto, por eso de la espera y la cortesía y la idiosincrasia y la simpatía latinoamericanas, se proyecta alguna película de acá o allende; y los viernes, cuando no otra cosa, suele haber, a modo de bienvenida al fin de semana, un concierto acústico a cargo de los tantos cantautores de uno y otro lado del charco que pueblan con su música las calles y recovecos de la ciudad.

Y ahora, a partir de esta misma semana, la Casa en el Olmo se abre también a los forofos del teatro alternativo que contarán con un espacio más para presentar o presenciar obras. Los próximos día 26 y 27 de este mes de junio será por primera vez el turno de Alicia, el conejo y el espejo, una comedia conyugal con guiños aquí y allá de fantasía, dirigida por Carlos Bernal. Éste es un autor/actor/director procedente del barrio caliente de Junín en la famosa ciudad de Cali, aterrizado en Europa hace ya más de veinte años –cuando la guerra sucia se ensañaba ahí en su tierra– que se ha formado y ha desarrollado su trabajo a la vera del Nuevo Teatro Colombiano y del Teatro Independiente Español, sendas tendencias irreverentes, transgresoras y, cómo no, cuestionadoras.

Habrá que ir a ver… y quien vaya que no deje de anotar sus datos en el cuaderno de contactos que reposa sobre una mesa, ahí mismo en la entrada, aunque sea nomás para poderse deleitar con el poema pegado en su portada, un poema, mexicano también, que termina sus versos diciendo o clamando: “Los amorosos se ponen a cantar entre labios / una canción no aprendida. / Y se van llorando, llorando / la hermosa vida”.

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