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Kitano, estéticas de la indiferencia

Con 'Outrage 2', Takeshi Kitano reincide en una mirada entomológica, drenada de emoción y de psicología, al cine de yakuzas.

02/06/15 · 11:49

Hace dos décadas, el polifacético actor y director Takeshi Kitano se convirtió en un referente del cine de gángsters contemporáneo gracias a Sonantine y, especialmente, Hana-bi. Sus filmes destacaban por unos juegos rítmicos de pausas rotas a través de abruptos estallidos de violencia. Dominaba, también, una estilización del laconismo donde cabían tanto el humor negro como puntuales impulsos poéticos. Despues de mostrar un evidente deseo de transgredir los límites de sus thrillers(e incluso de ridiculizarlos) en obras como Takeshis, Kitano volvió al género con Outrage. El realizador ofreció una mirada especialmente fría a las luchas internas en la yakuza, azuzadas por un líder manipulador que debilita a sus posibles rivales a través de conflictos continuos. El troceo de la narración en escenas breves, unido al uso de un gran número de personajes poco definidos psicológicamente, dieron al resultado un cierto aire a documental entomológico: animales enloquecidos se devoran entre ellos, sin liturgias parareligiosas, códigos de honor ni lealtades hasta la muerte.     
El autor cerró las puertas a la empatía o a la emoción, y la audiencia no encontró tiroteos épicos 

El autor cerró las puertas a la empatía o a la emoción, y la audiencia no encontró tiroteos épicos de final incierto. Su drenaje narrativo extremo desbordaba las estilizaciones silenciosas de Jean-Pierre Melville (El silencio de un hombre) y se acercaba al cine de Robert Bresson (Un condenado a muerte se ha escapado). Incluso se pueden llegar a trazar hilos de sutil continuidad con el Kitano autobiográfico (y autodestructivo, comercialmente suicida) de Takeshis. Porque, a golpe de distanciamiento, de violencia banal y de contemplaciones breves de las naturalezas muertas resultantes, Outrage también es radical de una manera menos estridente y más mercantilizable: es un ejercicio de narrativa y estética de la indiferencia donde la muerte no deviene ceremonial, ni siquiera nihilista, sino mecánica e insignificante. 
 
Outrage 2, que ahora se estrena en el mercado videográfico estatal, es una apuesta por la continuidad que incluye algunos cambios. La policía, prácticamente desaparecida en la primera entrega, interviene tras un incómodo doble asesinato que sugiere conexiones entre la mafia y el Gobierno. En este contexto, un agente aprovecha sus relaciones corruptas con varios delincuentes para que se enfrenten entre ellos, en un intento de debilitar internamente a una familia en expansión. Kitano tambien muestra la implicación progresiva de la mafia en el sector financiero. Los gángsters triunfantes de Outrage no sólo rechazan liturgias y escenificaciones de vasallaje, sino que también diversifican negocios y emprenden profundos relevos generacionales. Y este es uno de los aspectos más particulares de la película: en un mundo en que sólo cuenta la acumulación de beneficios, dos sicarios veteranos representan a un viejo crimen organizado que se autoconsidera más puro. Un cierto aire de nostalgia irracional sobrevuela el relato, pero queda neutralizado mediante un final seco y brutal. Como en otras escenas del díptico, el desenlace homicida no parece nacer de la avaricia o la ambición, ni siquiera del instinto de supervivencia, sino de una arbitrariedad absurda y terrible. Sin personajes ajenos al crimen que sirvan de elemento de distensión, sin glamurizaciones cool, la propuesta resultante es un no-espectáculo arisco que parece sublimar un cierto desprecio al cine de género, al mundo yakuza... y, quizá, al conjunto de la sociedad. 

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