Cuentos en los que cabe todo

Cuentos frescos, populares y sin moralinas. Cuentos que retan las visiones más clásicas. La literatura infantil está de suerte.

04/06/15 · 8:00
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Llega febrero y en el cole se celebran los carnavales. Luca, que por entonces tiene cinco años, decide que se quiere disfrazar con una larga peluca. Al llegar a clase, todos sus compañeros van con trajes de superhéroe, le miran extrañados y se ríen de él. Lo señalan, lo insultan, lo llaman chica. Luca vuelve a casa llorando y su padre y su madre le dicen que tiene dos opciones: pasar de todo e ir con la peluca al cole o quitársela. Luca lo piensa y se vuelve a poner su larga peluca. Días después, su madre y su padre fueron a hablar con la profesora. Ella se puso un bigote, él una peluca.

Esta historia se podría haber quedado en una anécdota más de las muchas que pasan a diario en parques, casas o centros escolares: niños que se visten de princesas y se pintan las uñas, niñas que adoran el fútbol y odian los vestidos o niños y niñas que, simplemente, juegan e imaginan desbordando las categorías de sexo y de género y los modelos familiares tradicionales con los que nos bombardean.

“Los cuentos son una herramienta de trabajo privilegiada que conecta con los deseos de los niños y las niñas”

Esta vez, sin embargo, la historia de Luca fue más allá y tomó forma de cuento de la mano de un grupo de colegas. Así nació La peluca de Luca. “Es el hijo de una amiga”–explica Car­men Ivars, una de sus creadoras– y cuando nos explicó lo que le había pasado a su hijo pensamos que teníamos que hacer algo”. La apuesta por crear un relato fue central. “A partir de los tres años empiezan a diferenciar con imaginarios y referentes muy limitados, por eso es importante mostrar que las identidades no son estáticas, que se puede ser quien se quiera en cada momento”.

La búsqueda de otros referentes en la narrativa infantil también fue una de las motivaciones que llevaron a la cooperativa de género y comunicación Pandora Mirabilia a crear Un cuento propio. Historias para escuchar, heroínas por descubrir. Un disco con siete relatos infantiles no sexistas que cuentan, acompañados de música, la historia de mujeres aventureras, creadoras y atrevidas que la historia oficial ha dejado de lado. Frente a la televisión, con contenidos y horarios que en muchos casos no tienen en cuenta quién está al otro lado de la pantalla, “los cuentos” –como indica Marta Monasterio, una de las integrantes de Pan­dora Mirabilia– “son una herramienta de trabajo privilegiada. Conectan con los deseos de los peques y su atención, a partir de la magia, la imaginación, la creatividad”. Irene García Rubio, que también forma parte de la cooperativa, pone el foco en los mundos que nos muestran los relatos, “modelos de actuación con los que identificarnos, horizontes posibles que luego usaremos en nuestra vida diaria”.

Los patitos feos

Sin embargo, si echamos un vistazo a los cuentos tradicionales infantiles, todo aquello que no encaja con la norma social se queda fuera del relato o, como mucho, se aborda desde dos perspectivas: la compasión y un posible exceso de pedagogía que recarga los relatos de cierto tufo adoctrinador. Como dice Estrella Escriña, narradora oral y especialista en literatura infantil y juvenil, “primero habría que decidir qué son valores, y por qué determinados cuentos los transmiten más que otros”. Aquí es inevitable recordar El patito feo, que encarna a la perfección el binomio de la marginación-compasión. Que lo pedagógico puede ser aburrido ya lo dijo Roald Dahl, que desde que comenzó a escribir cuentos infantiles revindicó las historias incorrectas, macabras y fantásticas, una perspectiva que se resume muy bien en un fragmento de su cuento juvenil Las brujas: “Siempre es divertido pillar a alguien haciendo algo grosero cuando cree que nadie le ve. Meterse el dedo en la nariz, por ejemplo, o rascarse el culo”.

“En los cuentos, a los per­sonajes que son diferentes siem­pre les pasa algo complicado, violento o agresivo y se les muestra como víctimas que generan empatía o tristeza”, explica Carmen Ivars. En esa misma línea está la autora Olga de Dios, que se estrenó con El monstruo rosa y acaba de publicar su tercera obra para niños y niñas a partir de tres años, Pájaro amarillo, donde trata temas como las licencias libres (“liberar nuestras ideas por el bien común”) o las migraciones. Según afirma, “en nuestra infancia había pocas historias para trabajar aquello que era distinto a lo normativo y lo que nos llegaba en temas de diversidad siempre estaba vinculado a algo negativo, a personajes que tienen algo malo”. De Dios, sin embargo, apuesta por mostrar desde lo positivo, “hacer que un personaje te guste, que quieras abrazarlo y ser su colega”. Así pasa, efectivamente, con Bu, un ser blanco y esponjoso protagonista del libro Buscar, que pasa el tiempo mirando al suelo buscando, sin saber muy bien qué, mientras decenas de amigos y amigas pasan por su lado sin que él los vea.

Se trata, en definitiva, de crear otros referentes, más cercanos a la realidad que al ideal de familia clásica nuclear y heterosexual representada en colecciones como Teo y sus diferentes periplos por el mundo o el “princesismo” de Disney “como si fuera lo único entretenido”, explica Nuria Varela. Fruto de esta búsqueda de nuevos modelos también nació el proyecto editorial promovido por esta feminista, Hotel Papel: “Queríamos crear historias para leer en la cama, con protagonistas diferentes a los que les pasen cosas interesantes, que haya una historia y no sólo libros que se limiten a describir los diferentes tipos de familia”, cuenta Varela. Entre sus publicaciones hay biografías de feministas históricas como Isa­dora Duncan, Virginia Woolf o Gloria Fuertes.

El papel de las escuelas

En el vídeo que se creó para promocionar la financiación colectiva de La peluca de Luca, el propio protagonista, acompañado de su hermano, Manel, se pregunta por qué hay cosas que son de chico y cosas que son de chica. Para Varela existen tres momentos clave que construyen los estereotipos de género en la infancia. El primero es antes de nacer, con la ecografía “en el caso de los hijos o hijas biológicas, los padres y las madres se imaginan qué tipo de educación le van a dar a eso que viene”. Hay otro momento, en el que las criaturas aún no tienen consciencia, “ni siquiera entienden el lenguaje, pero están rodeados de imágenes, de símbolos que van más allá de la tele o los videojuegos, como los muebles infantiles, los juguetes o la ropa”, continúa Varela. Un último escalón para entrar en la categoría que te define como “niño” o “niña” estaría, para Varela, en la escuela: “La presión del grupo en los coles es muy grande y al final pasan muchas horas ahí”.

Olga de Dios: “En nuestra infancia había pocos cuentos que trataran lo que se salía de la norma social”

Según Carmen Ivars, de La peluca de Luca, en muchos casos los centros escolares se muestran muy reacios a trabajar determinados temas: “Siem­pre te dicen que los niños y las niñas juegan a lo que quieren, pero cuando te acercas al aula ves que los juguetes son femeninos y masculinos y que las chicas siguen jugando a los cuidados, y los chicos a lucha, cosas de montajes y desmontajes”. El trabajo en las aulas, en definitiva, depende de la voluntad de muchos docentes, del personal directivo del centro o de las Asociaciones de Madres y Padres (AMPAS).

Carmen Ivars: “En los cuentos, a los personajes diferentes parece que siempre les pasa algo malo”

La importancia de las escuelas también la señalan desde Pandora Mirabilia. Llevan años dedicándose al mundo de la coeducación, trabajando con AMPAS y docentes y saben lo importante que es que los centros, sobre todo en época de grandes recortes en educación pública, puedan contar con materiales para trabajar. Por eso en Un cuento propio apostaron por el uso de una licencia abierta: “Queremos que nuestros cuentos y canciones se puedan escuchar y copiar libremente, que en las escuelas se puedan usar como material y que estén disponibles en las bibliotecas”, explica Irene Gar­cía Rubio. Una licencia que también defendió ante su editorial Olga de Dios en Pájaro amarillo.

El camino a cuentos diferentes, que abran su mirada sobre el mundo, no parece sencillo, por eso un denominador común de la mayoría de estos proyectos es que se han autofinanciado a través de micromecenazgos, como La peluca de Luca o Un cuento propio, o que nacen de pequeñas editoriales, donde los criterios comerciales no priman por encima del resto. Para Olga de Dios, es muy difícil tener libertad a la hora de crear “las grandes editoriales se rigen mucho por criterios de mercado y de lo que consideran éticamente aceptable. Al final acaban filtrando mucho las cosas, cuando en realidad tus obras llevan tu forma de estar en el mundo y la sociedad”. En este sentido las autoras de Un cuento propio están muy satisfechas por haber sacado adelante su proyecto mediante financiación colectiva: “Nos ha permitido ser completamente libres a la hora de hacer el disco y escribir los cuentos. Hemos hablado de lo que nos apetecía, desde donde nos apetecía, sin estar sujetas a ningún tipo de censura o autocensura, y eso es importante, porque el resultado ha sido cuentos sinceros”. Leer, conocer y escuchar cuentos siempre es un placer y, como recuerda Olga de Dios, “los libros no son sólo objetos físicos, sino que son puntos de encuentro entre distintas generaciones. Una persona que todavía no lee se va a sentar con otra que sí lo hace y van a compartir un momento muy especial. Eso es difícil que pase con otros formatos, como los iPad”.

Tags relacionados: género Heteropatriarcado literatura
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comentarios

1

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    23/10/2015 - 1:14pm
    Los cuentos son fundamentales para el aprendizaje sobre la vida de los niños, un ejemplo el archiconocido caperucita roja para evitar que las niñas en la edad media se adentraran en el bosque
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