Literatura
Lanny Budd o el siglo XX

El fin del mundo de Upton Sinclair o el comienzo del siglo XX.

24/05/15 · 8:00
Edición impresa

Lanny Budd es un adolescente norteamericano que nunca ha estado en Norteamérica. Lanny Bud es educado, inteligente, ingenuo y muy culto para su edad. Lanny Budd tiene un gusto exquisito, disfruta del arte, los deportes y la vida bohem                                                                                                    ia de la alta sociedad europea. Lanny Budd, en fin, tiene toda una vida de promesas y comodidades por delante.

Si no fuera porque, sin apenas anunciarse, el fin del mundo llega. O, al menos, el de ese mundo que Lanny Budd conoce. El que los historiadores acertaron en llamar la Belle époque. Bella época que poco habría de durar, como todo lo que ilusiona, porque la ilusión tarde o temprano ha de acabar, transformarse en algo. En lo que aquello ansía o como la mayoría de las veces ocurre, en todo lo contrario, en lo que más teme.

Y así sucede en las páginas de El fin del mundo de Upton Sinclair, ahora publicado por la editorial Hoja de Lata, título que inaugura la saga de Lanny Budd, personaje con el que el autor norteamericano abordó la historia de la primera mitad del siglo XX y cuya elección no puede resultar más idónea para el inicio de este periodo, el más bárbaro y destructivo desde que el hombre puebla la Tierra.
‘El fin del mundo’ no es una novela histórica, es la misma historia la que se convierte en el sujeto de la acción

Lanny Budd es el hijo del siglo. O mejor, Lanny Budd es el siglo mismo. En 1913 goza a sus trece años de todas las ventajas de ser el retoño de un emprendedor de la industria armamentística estadounidense y de una de las bellezas más admiradas y adoradas en las fiestas y círculos de la jet-set de la Costa Azul francesa. Estudia en una de las más prestigiosas escuelas de danza de toda Europa y disfruta de su amistad con sus dos más queridos compañeros, un heredero de la aristocracia alemana y el joven hijo de un sir inglés. Su vida en plena pubertad goza de una paz y felicidad como el viejo continente goza de una civilización y un progreso hasta entonces jamás vistos, gracias al fulminante avance industrial y a los logros del liberalismo. Cualquiera podría pensar, como el propio Lanny en su inocencia, que el hambre, la miseria y la injusticia social no existen o han desaparecido.

Pero todo en la vida, como la vida misma, es frágil y perecedero. Basta con que un incidente aislado, un pequeño contratiempo, rompa la falsa estabilidad y las tensiones y diferencias subyacentes afloren y renazcan con más fuerza.

Sinclair, que ya en 1906 había dado muestras de su sensibilidad para con la sociedad norteamericana en La jungla, cuando denunció las horribles condiciones laborales dadas en la industria cárnica y cuyo éxito llevó a la administración Roosevelt a transformar las leyes al respecto, inició con El fin del mundo en 1941 sus episodios sobre la historia actual, la que a él mismo le había tocado vivir y seguía viviendo. Desde su óptica profunda y abiertamente socialista, militancia que en su país y dada su profesión le trajo más dificultades que alegrías.

Pero no nos equivoquemos, El fin del mundo no es una novela histórica, tampoco un ensayo; por supuesto, lo que Sinclair hace es ficción. Y no solamente ambienta ese relato de ficción en la historia, sino que es la misma historia la que se convierte en el sujeto de la acción. Es la propia historia de la humanidad la que se erige en protagonista.

Y esa historia de Sinclair coloca de protagonista en esta novela, y por ende en toda la saga de Lanny Budd, al ahora añorado siglo XX. Lo dota de vida, de extremidades e incluso de sentimientos. Le atribuye todas las características de un ser humano, nombre incluido. El siglo XX, en la piel de Lanny, nace, crece y se desarrolla en una felicidad inconsciente e ingenua y, cómo no, más temprano que tarde se ve enfrentado a los duros avatares de la existencia. A la existencia misma.

Desde los pescadores y campesinos incultos, pero resueltos y amables, pasando por los campos de coles y los barrios más pobres de los arrabales, la especulación, el saboteo en los negocios, la importancia del dinero, del amor y del sexo que todo lo invade, hasta el fatídico estallido de la más brutal de las manifestaciones del género humano: la Guerra. En mayúscula y abarcando todo lo que ese término conlleva: muerte, destrucción, hambre e ignominia.

Compromiso

Upton Sinclair, como en toda su carrera, sea ficción, como ensayista o dramaturgo, tampoco abandona aquí su compromiso social, su coherencia y su formación marxista, que, si bien no de militancia bajo siglas, nunca dejó de formar parte vital tanto de su trabajo como de su día a día. Y El fin del mundo, además de otro claro ejemplo de lo que hablamos, es una gran obra maestra de la literatura universal en general, y de ese subgénero de la narrativa antibélica en particular.

Cierto es que su publicación, al igual que otra cantidad de títulos, ha coincidido con el oportuno centenario de aquella denominada Gran Guerra, según los expertos, la peor de la historia. Por ahora. Sin embargo, El fin del mundo, la lectura de Upton Sinclair en general, siempre resultará oportuna. Nos ayuda una vez más a no olvidar el mundo en el que nos ha tocado vivir y cómo ha llegado a funcionar tal y como hoy mismo sigue funcionando.

Pocos libros, por tanto, tan recomendables como éste para nuestros actuales tiempos convulsos y de movilizaciones sociales, y del cual espero, muchos y muchas esperamos, que pronto podamos ver materializadas todas sus secuelas en cuidadas ediciones como la que hoy nos ocupa, gracias al buen hacer del personal de Hoja de Lata.

Dense prisa, regálenselo o hagan que se lo regalen, léanselo con la misma ansia devoradora de quien les está hablando. Antes de que el fin del mundo nos coja a todos desprevenidos. 

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