CINE
Cinco películas sobre trans y maricas con acento español

El cine español no escapa a la discriminación de las sexualidades no hegemónicas. Recordamos cinco títulos con personajes que supusieron la excepción a esa norma no escrita.

09/05/15 · 8:00
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Mi querida señorita
(Jaime de Armiñán, 1971).
 

A veces una sola película basta para desbrozar los innumerables lugares comunes ideológicos en que también puede ahogarse la crítica. Pocos títulos, pocos actores, han arriesgado tanto en la historia del cine español como Mi querida señorita y su protagonista, José Luis López Vázquez; en un momento, el tardofranquismo, nada propicio para ello pero capaz a la vez de auspiciar la aparición de lo imposible en virtud de sus infinitas paradojas y contradicciones. La protagonista de la cinta era Adela Castro (López Vázquez), una solterona de provincias cuya ignorancia, no ya sobre la sexualidad, sino sobre los más elementales principios de la fisiología, le hacían considerar normal el afeitarse todas las mañanas y sentirse atraída por su criada. Aunque en cierto momento se hablase de soluciones clínicas para el supuesto problema que aquejaba a Adela, y la perspectiva diferente que poseemos hoy prácticamente nos obligue a interpretarla en esos términos, no es en puridad una película sobre lo transexual. Sus verdaderos argumentos atañen a la distorsionada configuración de la identidad individual que puede suscitar un orden pacato y represivo, y a una condición más precaria de los roles masculino y femenino de lo que estaba dispuesto a admitir la dictadura, como manifestaron de manera explícita o subrepticia muchos títulos de la época.
Diego Salgado

Cambio de sexo
(Vicente Aranda, 1977)

Aunque el nivel intelectual y creativo de las propuestas fuese a menudo discutible, y las imágenes estuviesen teñidas casi siempre de morbo oportunista, resulta indiscutible que el cine español de la Transición tuvo la capacidad, hoy por hoy apenas perceptible, de debatir, de responder a lo que brindaban las mutaciones sociopolíticas del momento y las correspondientes primeras planas de los periódicos. Cambio de sexo, basada en hechos reales y protagonizada por dos actrices casi debutantes, Victoria Abril y la transexual Bibiana Fernández (por entonces Bibi Ándersen), que saltarían de inmediato a la fama, fue ejemplo paradigmático de ello. Son varias las virtudes que atesora Cambio de sexo, a la que no han perjudicado demasiado los años transcurridos desde su realización. Las más destacables residen en que acierta a solapar lo dramático con lo didáctico casi a la perfección, y en que concede a su protagonista, a punto de sucumbir a la tragedia en cierto momento, un final feliz; el que merece su determinación por reinventarse de acuerdo con lo que siente.
D.S.

Ocaña: retrato intermitente
(Ventura Pons, 1978)

Rodado en un momento en que la situación política permitía acercamientos a temas y tipos humanos invisibilizados (o deformados) por la censura franquista, Ocaña: retrato intermitente resulta un valioso testimonio de su época. Lejos del sensacionalismo explotador de ciertos cines de la Transición, el debutante Ventura Pons dio voz a José Pérez Ocaña, pintor artístico y de paredes, cantante conocido por sus performances de travestismo, folclore y denuncia. La estructura es sencilla: largas evocaciones del protagonista se alternan con actuaciones de éste, musicales o tea­trales, en sala o en la vía pública. Ambas facetas se complementan: la persona que habla desde la intimidad de su dormitorio colorista; el animal escénico que crepita de intensidad indómita.
La Barcelona canalla y preturística aparece dentro del plano, como también lo hace, mediante los recuerdos del artista, una Andalucía rutilante donde se hermanan la luminosidad sensual con las tradiciones de fe y funerales. Las narraciones poético-cotidianas, de frutas y amores gozados a la luz del Sol, se combinan con vivencias de la homofobia... ejecutada no sólo por las autoridades dictatoriales: “Me parecen divinos los obreros, pero me han jodido mucho también”, declara Ocaña. El pintor moriría pocos años después en un accidente casi inverosímil. Y Pons, con títulos como Amic/amat o Barcelona: un mapa, se convertiría en un narrador habitual (e irregular) de masculinidades no heteronormativas.
Ignasi Franch

La ley del deseo
(Pedro Almodóvar, 1987)
 

Una de las secuencias más hermosas de La ley del deseo es aquélla en la que la transexual Tina representa ante el público de un teatro el monólogo de La voz humana, de Jean Cocteau, implicándose a fondo en la representación. Si Tina, como de otra manera el personaje encarnado por Antonio Banderas, es víctima del encanto, el talento y el egocentrismo de su hermano Pablo (Eusebio Poncela, que ya lució su pluma en la delirante Arrebato de Zulueta), ella parece haberlo calado desde el primer momento. El problema es que Almodóvar, siempre algo maniqueo, rebuscado y algo folletinesco, necesita, algunas veces degradar a unos personajes para ensalzar a otros. Su estética es, o puede ser, trans en el sentido de que mezcla elementos del cine de los setenta y la cultura pop con otros del melodrama en technicolor, la comedia de enredo del Hollywood clásico, la comedia negra y el camp teatral desarrollado sobre todo en el mundo urbano. El realizador lo hace casi siempre con una mirada incisiva sobre la sociedad del momento, los roles sociales de sexo/género y sin abandonar sus particulares obsesiones de manchego iconoclasta y cronista de una España de la que se habla mucho pero se conoce poco, como es el caso de los transexuales interpelados o coaccionados por los protocolos médicos.
Eduardo Nabal

La piel que habito
(Pedro Almodóvar, 2011)

En la filmografía de Almodóvar no es difícil encontrar personajes abocados al tránsito entre géneros: criaturas ambiguas, mutantes, que deciden vestir varias pieles, dependiendo de la ocasión. Estos tránsitos suelen darse en una sola dirección, o mejor dicho, desde un mismo punto de partida: hombres que exploran la performance mujer y que transforman su apariencia y su comportamiento, es decir, su identidad, dependiendo del contexto. Así ocurre en La ley del deseo (1987), Tacones lejanos (1991), Todo sobre mi madre (1999) y La mala educación (2004). En el caso de La piel que habito (2011), película cuyo guión está inspirado en la novela de Thierry Jonquet, Tarántula (1984), el tránsito es corporal antes que performativo; y acontece en contra de la voluntad del personaje encarnado por Elena Anaya, lo que hace que hablar de transexualidad sea, cuando menos, arriesgado. Un cirujano plástico, interpretado por An­tonio Banderas, secuestra a Vicente para convertirlo en Vera Cruz, un sujeto de laboratorio para sus experimentos al que ha decidido, además, darle el rostro de su mujer muerta. El afán de control deviene delirio posesivo: la performance de género asociada al cuerpo transformado no basta. Es la fantasía de sumisión lo que, irónicamente, supondrá la liberación de Vicente/Vera que, no obstante, una vez se haya librado de su opresor, tendrá que hacerse a un mundo que le recuerda con otro cuerpo. Cabe preguntarse si, para Almodó­var, habitar otra piel en contra de la propia voluntad supone una tortura o una oportunidad.
Elisa G. McCausland

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