Eduardo Galeano, el cronista del descubrimiento

El 13 de abril murió el maestro de la Historia con mayúsculas de América Latina.

15/04/15 · 8:00
Edición impresa
Eduardo Galeano. / Edu León

inforelacionada

Quizás no exista hoy centro social ni espacio altermundista que no esconda en algún rincón, extraviado papel o simple grafiti, algún texto de Galeano; así como tenemos en las galerías internas de muchos de nosotros citas, cuentos o la misma voz grabada del escritor uruguayo.

Como en un camino de ida y vuelta, él utilizaba su mirada como recurso para contar historias: lo que veía escrito en la celda de una prisión o lo que le contaba un niño de la calle en un suburbio dio lugar a sencillas narraciones capaces de llegar piel adentro. Una lectura que recorre las entrañas como un espejo donde mirarnos.

En vías de extinción

El Galeano periodista fue de los que se jugaron la vida sin vender ni un gramo de su compromiso, aun visitando la cárcel y viendo caer a balazos a compañeros de oficio en las guerras sucias de las dictaduras. Con 31 años escribió Las venas abiertas de América Latina (1971), un ensayo que disecciona el saqueo de las economías locales y remueve los cimientos del continente en tiempos de efervescencia social y boom cultural que puso el foco editorial, como nunca antes, en los autores sudamericanos. Él viviría buena parte de esto en el exilio, del que no regresaría a su Montevideo natal hasta 1985.

Nadie como él supo reventar toda barrera entre disciplinas, géneros y sentidos. Su literatura aunaba el profundo conocimiento y una exquisita humildad. Escrita siempre poniendo el sentimiento y la voz en ‘los nadie’, los seres humanos anónimos que son quienes escriben la Historia con mayúsculas, de la que Galeano era un maestro.

La trilogía Memoria del fuego (publicada entre 1982 y 1986), construida con secuencias narrativas de poesía e historia nacidas entre los tratados oficiales y la tradición oral, emerge como una alegoría de “lo real maravilloso”, enseñando la historia desde un lugar inédito de lirismo y sabiduría. Si bien Galeano nunca quiso escribir una enciclopedia, el libro simboliza la historia de América que estaba aún por escribir, desde la creación del mundo hasta el siglo XX.

Título a título, el mundo de Galeano se va ampliando. De lucha en lucha, viajando por pueblos de América y del resto de continentes a través de sus mujeres, hombres y niños en una celebración de la humanidad que quizás tiene en Patas arriba. La escuela del mundo al revés su expresión más completa.

Su escritura también desafía a las grandes ideologías, ya que, aparte de ser una de las voces más incisivas contra el neoliberalismo, no era un tipo de intelectual complaciente que dijera lo que las izquierdas quisieran oír. Sus textos son una proclama constante a la desobediencia y a la toma de poder y de conciencia individual, llamando a cambiar el mundo desde las pequeñas cosas, a ese “ser arena, y no aceite en el engranaje del mundo” que defendía Günter Eich. Ese lugar donde la derrota no existe.

Un café con el maestro

Desde Diagonal tuvimos la suerte de compartir un rato con él hace unos años, y verificar esa integridad vestida de sencillez. Su pasión por las buenas conversaciones, su sereno caminar y su pausado hablar, cuidando cada palabra y cada historia como quien coge a un bebé en brazos por primera vez. Pidió un café y se sentó con nosotros. Sonriente, con unos ojos de intensísima luz azul. Respiraba un aire de absoluto respeto, hasta el punto de decirnos con una dosis de complicidad sobre el periódico: “Esto de ustedes me resulta conocido”. Y, cuando alguien vino a apremiarle para que terminara, él eligió quedarse, sin prisa. Para terminar, con su tono acogedor, nos recitó una historia.

Galeano en las redes

Mientras los grandes medios le dedicaban el tan habitual como aburrido obituario lleno de tópicos periodísticos, todo tipo de redes sociales se inundó como nunca de la obra del escritor el día de su muerte (400.000 tuits mencionándole y recuerdos de sus citas hasta en los grupos de mensajería instantánea). En un torrente de lamentos por el silencio definitivo de su voz que recordaba a un texto suyo, bañado en realismo mágico ante la muerte de Cortázar, en el que Julio volvía a la vida “por la mucha pena que le daba la pena que su muerte nos había dado”.

Distintas generaciones, a uno y otro lado del charco, han sido educadas a través de su obra en su manera de ver la vida. Si hay algún lector perdido que aún no se haya adentrado en El libro de los abrazos, le advertimos que la forma de mirar el mundo de Galeano es contagiosa como son contagiosas las revoluciones.

Eduardo escribió también un nuevo derecho, el Derecho al delirio. En él proclamaba que “seremos compatriotas y contemporáneos de todos los que tengan voluntad de justicia y [...] belleza, hayan nacido donde hayan nacido y hayan vivido cuando hayan vivido, sin que importen ni un poquito las fronteras del mapa o del tiempo”. Ayer pudimos sentir cómo asaltamos los cielos y las redes y tomamos ese derecho a soñar.

+A Agrandar texto
+A Disminuir texto
Licencia

comentarios

0

Tienda El Salto