EDUCACIÓN
El cole no mola

Foucault consideraba la institución educativa por excelencia como un lugar en el que los sujetos entraban por la fuerza y del que no tenían salida posible.

11/04/15 · 8:00
Edición impresa

inforelacionada

Corrían los años 70 y las teorías de Foucault y Deleuze se encontraron en lo relativo a sus visiones del sistema educativo. Con­cretamente, Deleuze retomaba las teorías de Foucault, que había incluido la escuela dentro de su estudiada y cuidada colección de instituciones de encierro. Equiparándola a cárceles, hospitales y fábricas, Foucault consideraba la institución educativa por excelencia como un lugar en el que los sujetos entraban por la fuerza y del que no tenían salida posible. Centros donde la disciplina se ejercía con mano férrea y era absolutamente visible y tangible. Sin embargo, algo estaba cambiando, según Deleuze, que anunciaba la agonía de ese sistema de encierro y de conminación.

Hablaba, pues, Deleuze, de la crisis de la sociedad disciplinaria que había vertebrado el mundo occidental desde hacía décadas. Su vaticinio: comenzaba la época en que la sociedad disciplinaria dejaba paso a la sociedad de control, una nueva forma de ejercer el poder, más sutil, más sigilosa y más alevosa. ¿Qué sucedía entonces? Sucedía que el poder ya no era tan visible. El alumno que asiste a la escuela deja de temer que lo encierren. El alumno que asiste a la escuela lo hace porque es lo que debe hacer. El miedo y la obligación pasaban a ser invisibles. El alumno ya no es “como el aire, que no puedes sujetarlo” (como reza la canción), y por tanto algo que había que maniatar, sino que se convierte en un súbdito que encierra en lo profundo de su ser metafísico el mandato de la obligación.

Un alumno puede renunciar (si así lo deciden los padres) a asistir al centro educativo, pero no por ello escapa a la fuerza opresora de esa escuela que, todavía a día de hoy, sigue modelando en vez de enseñando. La escuela, aun convertida en algo abstracto, ejerce de molde que crea sujetos que se adaptan a las necesidades, siempre cambiantes, de las fuerzas de poder. Y, sin embargo, la escuela, de la que ya se anunciaba su agonía hace décadas, sigue viva.
 

 El alumno que asiste a la escuela deja de temer que lo encierren

En el cine, un interesante retrato de la escuela actual lo constituye Detachment (El profesor, Tony Kaye, 2011), en la que nos encontramos con un profesor que decide disfrutar de la libertad de no comprometerse con ningún centro educativo y dedicarse a cubrir vacantes, cambiando constantemente de escenario. Nada lo obliga a acudir todos los días a la misma hora al mismo centro. Nada lo obliga a envejecer en las aulas de un mismo edificio. Y, sin embargo, la obligación de la disciplina vive dentro de él. El profesor como sujeto víctima de la misma opresión y del mismo control que los alumnos. El profesor descentrado, hecho pedazos, reventado. Todo ha estallado. Sus compañeros pueden juzgar su vida privada y ejercer el control sobre ésta. Sus alumnos son sus compañeros de celda, pese a que nada los obliga a estar allí. La disciplina escolar, como si pertenecieran a una orden militar, es lo que tiene que ser, aunque las puertas estén abiertas para quien quiera escapar. Él, profesor, controla a sus alumnos (sin mucho éxito), a él lo controlan las fuerzas del poder (quizá también sin mucho éxito) y, finalmente, en el retrato cinematográfico, asistimos a la explosión de esa institución disciplinaria que se empeña en seguir existiendo pese a su muerte más que anunciada. Todo acaba convertido en una pocilga en que unos y otros chapotean y se rebozan en el veneno de la disciplina a la que no pueden escapar. Pero, al mismo tiempo, como gustaba decir Deleuze, toda la película es un retrato de posibles líneas de fuga a esa institución carcelaria y repleta de penitentes.

No obstante, conviene insistir en que no es algo nuevo, porque, ¿qué nos decía Ionesco en La lección, allá por 1950? Retrataba cómo el poder de la supuesta educación aniquilaba hasta la muerte a los alumnos sometidos a ella. Curiosamente, la trama acontece fuera del edificio-cárcel-colegio, y es la alumna la que acude a buscar al profesor en busca de clases particulares. El profesor succiona sus ganas de aprender y va vampirizando a la alumna, que, sin estar encerrada, va quedándose indefensa, casi inerte, de piedra, como efecto directo de una disciplina tan arrolladora que, sin remedio, acaba matando, cómplice de un profesor que tiene por costumbre coleccionar cadáveres de sus estudiantes.

Pero, claro, al arte le gusta confirmarse en la realidad, y así, justo en nuestros tiempos, asistimos a la imposición de un nuevo sistema educativo. Se pone de moda la educación a distancia. Se establece, Bolonia mediante, el sistema de evaluación continuada. Se sumerge, pues, al alumno en lo más profundo de las cloacas académicas, pero sin ataduras. Conviene no olvidarlo: ahora pueden decirnos “si estás aquí es porque quieres”, en uno de los gestos más siniestros posibles. Volviendo a Deleuze, éste afirmaba que, si la escuela todavía existe, es porque “solamente se pretende gestionar su agonía y mantener a la gente ocupada mientras se instalan esas nuevas fuerzas que ya están llamando a nuestras puertas”. Cuánto tardará su incorporación definitiva es impredecible, pero, tal vez, convenga no dejarse distraer e ir planeando nuevas estrategias de fuga a esta escuela cárcel invisible que se nos está metiendo dentro.

Tags relacionados: Deleuze Número 243 Educación
+A Agrandar texto
+A Disminuir texto
Licencia

comentarios

1

  • |
    Juan Helecho
    |
    11/04/2015 - 10:58am
    ¿Eres la noche?   http://pedrogarciaolivo.blogspot.com
  • Tienda El Salto