Un New Deal para Europa | Michel Aglietta, Thomas Brand
Michel Aglietta: de la regulación a la crisis europea

El último ensayo de Aglietta y Brand explora la construcción de esos desequilibrios y las posibles maneras de salir del déficit democrático con que se ha construido la unión monetaria europea.

25/03/15 · 12:48

A pesar de ser casi sólo conocida en medios especializados, la llamada "Escuela de la Regulación" ha sido una de las corrientes de pensamiento social y económico más influyentes de los últimos cuarenta años. Nacida en Francia, después de la enorme convulsión teórica y política que fue el 68 francés, la escuela de la regulación aspiraba a recuperar el proyecto original de la economía política, analizar conjuntamente y como partes inseparables las dinámicas sociales y económicas que componen un determinado modelo de organización social, moldeado, en interacción mutua, por un determinado modelo de acumulación de capital. El capitalismo, para los regulacionistas, no puede existir sin la construcción de instituciones sociales que permiten su reproducción y que se declinan de forma diferente en cada lugar y cada periodo histórico. Esta posición supuso una revitalización del enfoque de la crítica de la economía política en un momento en el que el marxismo corría el riesgo de, por un lado, perderse en un cenagal teórico y, por otro, de caer en la rigidez economicista. La misma rigidez, entre el formalismo matemático y el individualismo metodológico, en la que había caído la "ciencia" económica estándar tras la revolución marginalista, olvidando cualquier fundamento histórico y social.

Es la órbita de las finanzas y su relación necesaria con la política monetaria la que define los parámetros centrales del régimen de acumulación neoliberal

Regulación y crisis del capitalismo (1976) de Michel Aglietta es la obra fundacional de la escuela de la regulación. En ella se analiza el capitalismo de postguerra en unas claves muy diferentes de las que venía haciéndolo la, entonces dominante, escuela keynesiana. Donde los keynesianos hablaban desde el punto de vista de las políticas públicas de gestión y relanzamiento de la demanda efectiva, Aglietta hablaba del tipo de encaje social necesario para que esas mismas políticas fueran exitosas. El concepto que acuñó fue el de régimen de acumulación para historizar y localizar el gran concepto marxista de modo de producción. Frente a la abstracción de las grandes líneas estructurales del modo de producción, las invariantes que hacen que un modelo de organización social pueda ser llamado capitalista, Aglietta veía cómo en los años de la postguerra se había generalizado un modelo social e institucional, experimentado veinte años antes en Estados Unidos, basado en las normas de consumo obrero. Es decir, en la absorción institucional de la gran oleada de luchas de clases que va desde los años setenta del siglo XIX hasta los años treinta por la vía del acceso al consumo de masas. Se trata de la demanda efectiva, piedra angular del análisis y las políticas económicas keynesianas, puesta en su paisaje social: producción manufacturera estandarizada, masiva, en cadenas de montaje tayloristas, de mercancías listas para ser consumidas en cantidades crecientes por los mismos obreros que operaban las líneas de montaje industriales. En este esquema el Estado funciona como mediador institucional que engrasa la máquina mediante la negociación colectiva y la provisión de grandes franjas de bienes públicos desmercantilizados, el llamado Estado de Bienestar. Este era el contenido sustantivo del fordismo que Gramsci había entrevisto en un famoso escrito de 1934, fijándose en la intención de Henry Ford cuando puso en venta el modelo T, fabricar un coche que sus propios empleados pudieran comprar.

De alguna manera, la obra de Aglietta y de la Escuela de la Regulación es una excelente disección de un cadáver. La crisis global de los años setenta iba a dinamitar paulatinamente los fundamentos de la máquina económica fordista hasta convertir sus arreglos y sus mediaciones sociales en una pesada carga para el neoliberalismo ascendente. Un nuevo régimen de acumulación que vendría a recomponer las piezas del púzle capitalista en crisis desde una lógica de ataque. En parte incapaz de resolver la crisis interna del capital, en parte pacto social dinamitado por las luchas sociales, el fordismo moriría víctima del propio carácter histórico y localizado que los regulacionistas habían sabido poner en primer plano de forma magistral. Harina de otro costal fue una lectura de la crisis de 1973 demasiado centrada en los límites del modelo manufacturero que sostenía el fordismo y algo ciega ante el ascenso de las finanzas como nuevo poder organizador del capitalismo. La Escuela de la Regulación, en concreto Robert Boyer, propuso el término postfordismo para definir el nuevo régimen de acumulación, un concepto que ha hecho fortuna para describir las transformaciones productivas, laborales y de consumo del capitalismo posterior a la crisis de los años setenta. Pero, sin embargo, y a diferencia de la conceptualización del anterior régimen de acumulación, el postfordismo se refería antes a una serie de rasgos comunes a las sociedades postcrisis que a una descripción sistémica cerrada del régimen de acumulación; su gran agujero analítico fue el ascenso de las finanzas que, en gran medida, escapó a su teorización.

En la decadencia de la Escuela de la Regulación, Michel Aglietta fue moviendo sus intereses hacia la conceptualización de la moneda y la política monetaria desde puntos de vista cercanos a los de la economía institucional. Un giro que, en su día pudo parecer una vuelta hacia elementos más propiamente situados en el campo económico, y que hoy aparecen en toda su relevancia política y social. De hecho, sería complicado analizar tanto la crisis global como su especificación europea únicamente con herramientas centradas en las formas de articulación del proceso de trabajo y su prolongación en los modelos de consumo. Por importantes que sean estas dimensiones, es la órbita de las finanzas y su relación necesaria con la política monetaria la que define los parámetros centrales del régimen de acumulación neoliberal. Porque, efectivamente, en Un New Deal para Europa (Traficantes de Sueños, 2015), coescrito con Thomas Brand, Michel Aglietta aparece perfectamente preparado para desentrañar los elementos históricos y políticos que se esconden detrás de la crisis del Euro.

Aglietta se separa de la mayoría de economistas, críticos y ortodoxos, en su interpretación de la dinámica económica europea en, al menos, dos aspectos clave: por un lado, su comprensión del proceso de integración europea como una profundización de la división europea del trabajo, de la especialización productiva de cada territorio, y, por otro, su interpretación de la moneda como una forma de representación política y social más que como un simple lubricador del intercambio. Por supuesto, Aglietta acepta algunas verdades que ya son de uso común entre los economistas críticos –los por otro lado discrepantes Varoufakis y Lapavitsas también coinciden en este análisis–: los desequilibrios comerciales en el interior de la Unión Europea son responsables de las posiciones deudoras y acreedoras en la Eurozona, España y Alemania serían los polos habituales del análisis, que alimentan las espirales de especulación sobre la deuda soberana de los países deudores. Este análisis señala la responsabilidad de Alemania en la creación de estos desequilibrios por sus políticas de formación de superávits comerciales gigantescos obtenidos mediante la represión de los salarios que obligan a otros países de la Eurozona, especialmente los del sur, a aumentar paralelamente sus déficit comerciales. Pero Aglietta va más allá, estos desequilibrios se han insertado en una redefinición paulatina de la división europea del trabajo que ha generado ventajas comparativas para determinados territorios de la Unión en los sectores más rentables, ventajas comparativas que no son inmediatamente reversibles y construyen vínculos entre especializaciones y territorios que son relativamente independientes de la moneda única. Frente a una abrumadora mayoría de los economistas para los que el espacio –la geografía– es inexistente y, en sus modelos, el capital y el trabajo se desplazan sin mayor problema al ritmo que marcan sus precios relativos, Aglietta sostiene, siguiendo a Krugman, que: "Las economías de escala implican efectos de aglomeración. En lugar de dispersarse de manera homogénea en el espacio, la producción se concentrará en las regiones que ya son más productivas a medida que la demanda se desarrolle y se diversifique. Los ingresos de esas regiones crecerán en comparación con los de las regiones en vías de desindustrialización". Sólo tomarse en serio este punto ya valdría para resituar los debates políticos de la eurozona, que en no pocos casos, como en el debate de la salida del euro, ignoran que las relaciones económicas entre los territorios europeos van más allá de simples vínculos monetarios que bastaría revertir para encontrarnos de nuevo en una situación anterior al proceso de integración europea.

En una sociedad democrática, la moneda es la marca de una deuda mutua entre el Estado y los ciudadanos

Además, la propia noción de moneda para Aglietta difiere notablemente de la versión habitualmente utilizada en las versiones monetaristas del término. La escuela monetarista, hegemónica durante los primeros años del neoliberalismo y aún dominante hoy hasta el punto de que los estatutos, que no la práctica, del Banco Central Europeo están conformados en torno a sus dogmas, la moneda es políticamente neutra, es un simple facilitador del intercambio que si abunda genera distorsiones inflacionistas y si escasea dificulta el crecimiento. El monetarismo es tan simplista en su visión de la moneda que Milton Friedman quería sustituir al gobernador de la reserva federal por un robot que restringiese la cantidad de dinero circulante cuando creciera la inflación y la aumentase cuando la economía se enfriase. Por supuesto, el robot friedmanita tiene la gran virtud a ojos de los monetaristas de ser completamente ajeno a cualquier contexto social y político. La concepción de la moneda de Aglietta es radicalmente diferente: la moneda es, desde luego, el denominador de las deudas privadas, pero es algo más. En una sociedad democrática, la moneda es la marca de una deuda mutua entre el Estado y los ciudadanos, deuda social lo llama Aglietta: los ciudadanos saldan su deuda con el Estado mediante los impuestos y el Estado salda su deuda con los ciudadanos mediante los bienes públicos y la redistribución, esto es, por la vía presupuestaria. En este sentido, la moneda es una forma soberana democrática en la medida en que representa estos dos polos de la deuda social. En este sentido, el euro, concebido desde parámetros monetaristas, es una aberración democrática, denomina las deudas privadas sin incluir atisbo alguno de reconocimiento de la deuda social. Desde este enfoque, el Banco Central Europeo se encuentra en una posición insólita, no tiene una entidad soberana democrática detrás pero termina, contra sus propios estatutos, por asumir algunas funciones de un Banco Central soberano: es prestamista en última instancia del sistema financiero y produce formas anómalas de redistibución en forma de transferencias a los bancos centrales nacionales.

Desde el punto de vista político, Aglietta lo tiene claro, el euro no terminará su proceso hasta que reconozca su deuda social, es decir, hasta que haya una unidad presupuestaria europea que produzca bienes públicos y redistribuya recursos desde los territorios ricos a los pobres. Y esto, también lo tiene claro Aglietta, no sucederá sin una elevación de los mecanismos democráticos a la escala europea.

Reseña publicada en la web de Traficantes de Sueños.

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