Teatro
El maltrato sobre el escenario

Diferentes prácticas teatrales buscan exponer ante uno mismo y el público la desigualdad del patriarcado.

28/03/15 · 8:00
Edición impresa

inforelacionada

Pelo recogido, camiseta holgada, tejanos a lo breakdancer y aire poderoso en la mirada. Sobre escenarios con o sin telón y tarima, Pamela Palenciano trae a su maltratador ante los ojos del público, a la vez que encarna el mundo rosa destructor que un día habitó. “Las mujeres somos expertas en esperar porque aprendimos a esperar al príncipe", lanza a un auditorio que ronda los tiernos 15 años. Caras cómplices entre el centenar de adolescentes quedan a la espera de recibir la argumentación completa: “Esperar a que me llame. Esperar a que me pida perdón. Esperar a que cambie. Yo esperé seis años a que mi novio cambiara... Y soy una privilegiada de estar aquí con vida”. 
 
Alternar su voz con la de Antonio en un monólogo, entre el humor y notas de acidez, es la estrategia de esta mujer para compartir “de una manera más digerible” una primera relación de pareja que la ha dejado marcada. Su No sólo duelen los golpes ha permitido que centenares de jóvenes, a ambos lados del mundo hispanohablante, recorran con mirada (auto)crítica el camino de sacrificios y renuncias por el que Pamela deambuló siguiendo pautas del peligroso ideal del amor romántico.
 
“La violencia machista se focaliza en las mujeres y ya tenía ganas de poner a mi exmaltratador al frente. Disfruto mucho cuando represento a Antonio y hay chicos que se retuercen al verse en el espejo que pongo”, explica Pamela, convertida en actriz por compromiso político. Poco después de tomar conciencia de la experiencia de maltrato que había vivido, asumió que explicar su vivencia era una oportunidad para abrir los ojos a chicos y chicas ante las relaciones abusivas. El teatro ha sido el medio de comunicación más sano que ha encontrado para trasladar su historia al espacio público.  

La capacidad de transformar del teatro resulta de su capacidad de ser un espacio de duelo colectivo

La idea de que lo personal es político es la convicción que conecta las prácticas teatrales que, a través de técnicas y formatos diversos, conforman una herramienta particularmente eficaz para emerger desigualdades de género no pocas veces recubiertas de naturalidad. Su objetivo: combatir las violencias del patriarcado. Su capacidad transformadora: real a pequeña escala. “Las soluciones a las que llega el teatro son para la comunidad que las genera; actúan como una micropolítica”, concreta al respecto la investigadora en estudios culturales Ana Emilia Felker.
 
Así lo ha vivido Joana Bou, dentro de Teatraviesas, desde donde ha percibido tanto el potencial del teatro popular para incidir sobre “violencias no suficientemente reconocidas” como el impacto terapéutico de los procesos de creación: “Coger cosas dolorosas que te ocurren en el trabajo, en el metro, con tu pareja, y ponerlas en la obra es como un juego. La historia va viviendo en paralelo a lo que te sucede y el hecho de ir tomando consciencia en el marco de seguridad que te da el grupo de teatro te apoya para cambiar las relaciones de tu entorno”, aprecia. 
 
La fuerza transformadora del teatro resulta de su capacidad de funcionar como un espacio de duelo colectivo, en el que los conflictos salen del plano individual y se identifican como retos que requieren organización ciudadana. Se acerque más al teatro clásico o a la performance, el teatro puede articular problemas que se cree son particulares: “Al exteriorizarlos, ves que son sistémicos y darte cuenta de que todas los compartimos es un acto de indignación colectiva que se vuelve peligroso para el poder”, asegura Felker, comparando el efecto socializador de las prácticas de teatro político popular con el que han tenido las asambleas de la PAH para las personas afectadas por los abusos bancarios.
 

Escena, emancipación
 

Dentro de la amalgama de creaciones teatrales que buscan hacer evidentes unas u otras piezas del continuum de violencias patriarcales, la forma más habitual es la de teatro foro. Estas obras son moldeadas con el teatro del oprimido, metodología popular desarrollada por el dramaturgo brasileño Augusto Boal, en contexto dictatorial, y empuñada hoy por movimientos sociales como instrumento político para impulsar el cambio.
 
En el teatro foro, el público juega el papel de aportar propuestas sobre cómo actuar en situaciones de la vida cotidiana a las que un colectivo oprimido se ve abocado. Así, estas obras se convierten en ensayos de la vida real. “El teatro foro es el vehículo para ver cómo vamos a luchar contra el sistema. Y ya sean niñas, jóvenes, mujeres maltratadas o no, nos vamos a apoyar en las oprimidas que hay en la sala, porque ellas saben qué es lo que quieren para sí mismas. Hacemos teatro de las oprimidas, no para las oprimidas”, reivindica Muriel Naessens, referente en el campo del teatro del oprimido contra el sexismo y fundadora de la asociación parisina Féminisme Enjeux. 

En el teatro foro, el público juega el papel de aportar propuestas sobre cómo actuar en situaciones de la vida cotidiana a las que un colectivo oprimido se ve abocado

¿Cómo una mujer que, en aparentes condiciones idóneas –en sus treinta, con trabajo y a gusto con su pareja−, puede reaccionar ante las presiones del entorno y cumplir su voluntad de no ser madre? Es una de las cuestiones que plantea una escena surgida de la materia prima vivencial presente en los talleres del proyecto Pulso de Mujer, que ha acompañado Naessens en Barcelona. La maternidad-no maternidad ha sido la temática sobre la que grupos de teatro del oprimido de diversos puntos del Estado han trabajado en pleno Raval, en el Forn de Teatre Pa’Tothom, uno de los principales responsables de introducir y expandir este tipo de teatro en el Estado. De la hornada de grupos que este espacio ha dado a la ciudad, la gran mayoría se insertan en la acción feminista. 
 
Montse Forcadas, cofundadora del Forn de Teatre Pa’Tothom, asocia el peso de los conflictos de género en el panorama del teatro del oprimido a la invisibilidad de las violencias que giran sobre este eje de desigualdad: “En los talleres que hacemos es la temática que surge más a menudo. Muchas personas necesitan sacar los problemas que les genera y encuentran en el teatro la posibilidad de visibilizarlos”. Son sobre todo profesionales de terrenos de intervención social, como el educativo y el comunitario, quienes han tomado las técnicas y juegos de un teatro accesible a cualquier persona para desempeñar su acción contra las violencias machistas, con especial atención a las mujeres y hom­bres del futuro. Haciendo del ­teatro foro la vía de concienciación, se consigue una implicación activa de los adolescentes inalcanzada a través de formatos eminentemente discursivos.
 
“La idea es socializar preguntas para las que no tenemos respuesta. No tendría sentido hacer una escena para ver cómo evitar enfermedades de transmisión sexual, pero sí para ver cómo consigo que mi pareja se ponga el condón cuando opone resistencias y la mayoría de veces acabamos con la marcha atrás”, explica Andrea Casamiglia, profesora de Psicología Social de la UAB y miembro de NUS-Teatre i Acció Social. 
 
Sobre su efectividad, la psicóloga recurre a la imagen de poner una semilla: “En la vida diaria pasan muchas cosas que no vemos y en un teatro foro las estás poniendo en un escenario. Es una manera de hacer consciente a quien no lo es. Aunque el resultado no siempre sea inmediato, genera aprendizajes”.
 

Los cuerpos, el lenguaje
 

Del mismo modo que ocurre en la práctica del teatro del oprimido, formar parte de un taller de performance drag king es un acercamiento a los conflictos de género que implica una doble reflexión de las participantes: personal y, a la vez, sobre el marco social. Éste es un rasgo identificativo del teatro popular comprometido con la equidad efectiva entre géneros, que empuja a las mujeres a entrar en terrenos poco atendidos –incluso desconocidos– de sí mismas. En el caso de la performance drag king, para conseguir meterse en la piel de un personaje masculino.
 
“Mi personaje tenía mucho poder”, recuerda Joana de su experiencia: “Podía hacer bromas y liderar las conversaciones, cosa que yo no suelo hacer. Ahora, en ocasiones veo a mi ‘king’ y, en pequeñas cantidades, resulta útil”, apunta.
 
Elaborar con el propio cabello, patillas y barba, vendarse los pechos y acomodar los genitales creados con preservativos y algodón en la ropa interior son algunos de los pasos para que los cuerpos permitan el proceso interpretativo, con el objetivo de cuestionar las fronteras y limitaciones que impone el sistema sexo-género binario.  

Las prácticas teatrales que dan centralidad al cuerpo y a las emociones resultan un esfuerzo fructífero para mujeres que han vivido violencia machista

Lejos de reducirse a mujeres disfrazadas, este ejercicio nutrido de teatro supone la oportunidad de conocer, gracias a un personaje masculino, cómo interactuar con el espacio público y ocuparlo desde una posición privilegiada que el orden patriarcal veta a las mujeres. Joana enfatiza el valor de este viaje interpretativo para cualquier mujer: “Al conectar con un personaje que tiene poder, te das cuenta de que tú también tienes algo de ese Guillem o Raül y que puedes llevarlo a tu cotidianeidad. Nos hemos socializado con los hombres y sabemos perfectamente sus códigos. Lo que no sabía es que sé comportarme como uno de ellos”.
 
Además de favorecer el empoderamiento frente a las opresiones y violencias más normalizadas, las prácticas teatrales que dan centralidad al cuerpo y a las emociones resultan un esfuerzo fructífero para mujeres que han vivido violencia machista extrema. “Poner en palabras la experiencia no es suficiente para recuperar un cuerpo con miedo al contacto con el espacio y con otros cuerpos”, asegura la profesora de teatro físico Antonella d’Ascenzi, que, en paralelo a los procesos de terapia de mujeres maltratadas, las ha acompañado en talleres de teatro-danza con perspectiva de género.
 
Pamela, un tiempo después de dejar a su maltratador, probó a compartir su experiencia con la fotografía. También usando básicamente el discurso, pero sólo ha conseguido reproducirla sin hacerse excesivo daño sirviéndose de técnicas del teatro sensorial y del humor, para entrar y salir del recuerdo con facilidad: “No hay cuerpo que aguante recordar y recordar. Si no fuera por el teatro no podría seguir compartiendo mi historia. Y siento que es muy eficaz”.
 
La motivación para continuar se renueva en cada representación, al constatar que el mundo rosa y el mundo azul que escenifica para criticarlos sin anestesia son un foco de violencias sin fronteras ni caducidad generacional: “El 90% de las chicas siente una identificación brutal. Si digo que un silencio me mataba por dentro y veo a 50 en frente que asienten o que hacen ‘¡pfffff!’, me reafirmo yo y lo hacen ellas. Mi actuación es una revolución terapéutica para las que se reconocen y también para los hombres que, al verse, quieren emprender un cambio”, valora la actriz. Además, remarca un punto de inflexión en su vida: “Cuando descubrí que lo que me pasaba no era por ser Pamela, sino por ser mujer, fue una liberación increíble. Esta vuelta me sirvió mucho más que cinco terapias juntas”. 
 
Es tras los aplausos cuando el teatro popular, alineado con la conciencia feminista, espera ver los resultados de su trabajo, basado en nombrar y poner cuerpo a las formas más o menos sofisticadas, más o menos mediatizadas, de la cultura que golpea a las mujeres por sistema cada día. Convertirse en protagonistas de vidas libres de violencias muy presentes, cuando no en el propio cuerpo, a flor de la piel colectiva, es un motor que ha tomado fuerza en los últimos años y ha llevado más mujeres a hacer, de la escena, activismo. 
Imprimir Imprimir
Versión PDF PDF
Enviar por e-mail Enviar
Corregir
+A Agrandar texto
+A Disminuir texto
Licencia

comentarios

0