David Becerra Mayor
autor de ‘La Guerra Civil como moda literaria’.
“Hay que observar cómo se mira el presente en la novela"

Acaba de publicarse 'La Guerra Civil como moda literaria', un minucioso análisis de la novela española reciente que ha abordado este conflicto como centro y/o escenario, incidiendo en sus implicaciones ideológicas y en las repercusiones políticas de esos libros.

28/03/15 · 8:00
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David Becerra Mayor. / Álvaro Minguito
En La Guerra Civil como moda literaria analizas en profundidad el gran número de novelas publicadas en los últimos años que ubican su acción en la Guerra Civil. ¿Por qué esa insistencia desde la novela en la Guerra Civil, en ese “boom de la memoria” que indicas? ¿Qué visión se da de ella?

Para responder por qué en la novela española actual se ha vuelto la mirada, con la insistencia que señalas, al pasado, hay primero que observar cómo se mira o se concibe el presente en estas novelas. El presente es un lugar tranquilo, apacible, “aburrido y democrático”, llega incluso a decir de un modo muy transparente una autora. Vivimos un pasado sin conflicto ni contradicciones, según se extrae de estas novelas. Decía Bajtin que sin conflicto no hay posibilidad de escribir una novela. Si nuestros novelistas conciben que vivimos en un mundo aconflictivo, entonces, ¿cómo arman una trama novelística? El pasado, y mucho más el de la Guerra Civil, constituye un escenario idóneo para poder situar una trama conflictiva, donde el futuro está todavía por escribir. Sin embargo, esa vuelta al pasado resulta finalmente estéril: porque en vez de describir sus conflictos políticos y sociales, sus contradicciones radicales, lo que hacen no es sino narrar conflictos individuales o morales, psicologistas en algunos casos, sin aprovecharse en verdad del conflicto histórico. Estas novelas hablan de lo mismo que hablan las novelas cuya trama se sitúa en el presente, pero con la Guerra Civil como telón de fondo. La guerra constituye un lugar atractivo para la acción narrativa, pero queda despolitizada, con sus conflictos radicales desplazados, sin mostrar la continuidad que existe entre los hechos del pasado y nuestro presente.

¿Cómo puede desactivarse esa dimensión política de la Guerra Civil? Alguien podría interpretar que en ese interés por la Guerra Civil existe una motivación de reparación moral, de esclarecimiento.

Es cierto. Podría considerarse que es una magnífica noticia que, tras el cacareado estribillo de la Transición, que decía que los españoles debíamos olvidarnos del pasado para construir un futuro en común, de pronto la novela se interese por narrar ese episodio de nuestra historia. Ahora bien, si, como señalas, en algunos casos se reconoce la buena voluntad del o de la novelista de reparar moralmente a los vencidos, de esclarecer algunos episodios oscuros, o incluso de rescatar otros de los que apenas nada sabíamos, también es cierto que un lector exigente –activo, crítico– se siente defraudado cuando observa el modo en que se desactiva la dimensión política de la Guerra Civil en estas novelas a través de mecanismos varios: la teoría de la equidistancia que sitúa en el mismo nivel de responsabilidad a víctimas y verdugos, con frases que se repiten en muchas novelas, del tipo “en este país ambos bandos mataron por igual”; la reconstrucción fratricida que dice que ésta no era sino una guerra entre hermanos, desplazando de inmediato una lectura del conflicto en términos políticos o de clase; a través de una lectura neohumanista de los conflictos, que entiende que la Guerra Civil –la política, en general– es algo accidental que en nada modifica la igualdad esencial de todos los hombres, etc. Las contradicciones radicales quedan desplazadas por otras asumibles por la ideología dominante.

“Las contradicciones radicales quedan desplazadas por otras asumibles por la ideología dominante”

¿Ese mismo proceso de desactivación política puede reproducirse en la incipiente moda de novelas sobre la Transición?

Si finalmente se configura esa moda literaria sobre la Tran­sición, es muy probable que las estrategias estéticas e ideológicas se repitan. No obstante, no tengo tan claro que lo que parecía que iba a constituir una nueva moda literaria, pero ahora con la Transición como tema, cuando se estaba agotando el fenómeno de novelas sobre la Guerra Civil, finalmente se consolide. Vivimos un tiempo destituyente –esperamos que preámbulo de un proceso constituyente­ con un horizonte poscapitalista, o al menos posneoliberal– que ha puesto en cuestión el relato –o mito– de la Transición. En este contexto, es difícil que los novelistas se pongan a relegitimar un relato en crisis. No encontrarían recepción. Y las modas literarias, para que se constituyan, necesi­tan que exista esa demanda. Aun­que tampoco descarto que cuando la clase dominante quiera gastar su última bala para relegitimar el relato de la Transición –que lo intentó con la muerte de Suárez y tras la abdicación del rey– y en consecuencia afianzar su poder dominante, algunos novelistas lo acompañen. Pero, de momento, lo que sucede es todo lo contrario: se están escribiendo novelas –no muchas– que cuestionan el mito fundacional de nuestra democracia, la Transición. Novelas como Daniela Astor y la caja negra, de Marta Sanz, o El tiempo cifrado, de Matías Escalera, son un ejemplo de ello.

¿Crees que puede escapar la novela de los medios de presión y de producción que la reducen a objeto de consumo, a mercancía?

Sí, es difícil pero se puede. Nunca ningún sistema ha sido puro y perfecto, siempre es posible encontrar fisuras, grietas, contradicciones que puedan tumbarlo. De lo contrario, no habría salida posible. Creo que es necesario visibilizar esas contradicciones para tensarlas y hacerlas estallar.  ¿Se puede hacer desde la literatura? Yo diría que sí, desde cualquier ámbito, lo que quizá resulta difícil porque la literatura se hace de palabras, las palabras son herramientas y están cargadas de significados que nosotros no les dimos. Para poder visibilizar, tensar y estallar las contradicciones desde la literatura es preciso emprender un trabajo de resignificación de las palabras, para que cuando hablemos no lo hagamos con el lenguaje del amo. 

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