FILMOTECA
Esto no es un blockbuster

'Ex machina' es un estilizado thriller psicológico con elementos de ciencia ficción.

08/03/15 · 8:00
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Después de escribir los libretos de 28 días después o Dredd, el británico Alex Garland ha debutado en la dirección de largometrajes con Ex machina. En el filme, un programador informático gana un sorteo: su premio es pasar unos días en compañía del visionario líder de una gran empresa tecnológica. Nathan es un genio con tendencias dipsómanas; Caleb, un rendido admirador que goza del privilegio de conocer a Ava, un avanzado prototipo de humanoide sintético.

Rápidamente, la película se desvela como un thriller psicológico ubicado en escenarios reducidos. Los elementos de ciencia ficción amplían el campo de conflictos posibles entre personajes, y permiten que se despliegue un triángulo de lacónicos conflictos relacionales y existenciales. El programador ha de interactuar con la robot, sexualizada como una bella chica de aspecto frágil, y hacer una especie de control de calidad: determinar si es una muestra perfeccionada de inteligencia artificial. Entre tiroteos masivos y brochazos de sátira política, el reciente remake de Robocop especulaba sobre el momento en que un cíborg deja de ser humano, y lanzaba ideas interesantes sobre la “apariencia de libre albedrío” en la que se sumergía al protagonista. Ex machina, por su parte, presenta a una computadora que podría considerarse un ser vivo, y que es demasiado consciente de su obligación de obedecer. Más allá de la primera fascinación por el avance tecnológico, aparecen las dudas: ¿sería legítimo crear este tipo de máquinas autoconscientes sin otorgarles libertades?

No confíes en nadie

La ejecución de la propuesta es netamente cinematográfica, pero el germen del film puede remitir a mascaradas teatralizantes como La huella o Trampa mortal. Porque la trama se sitúa en una sola casa, incluye algunos disfraces, algunas mentiras y varios secretos. Eso sí, se opta por una cierta contención, por embridar la artificiosidad del planteamiento: se prevén algunas sorpresas y reorientaciones, ejecutadas con una sobriedad que puede resultar rutinaria.

En realidad, el enfoque del filme es coherente con una puesta en escena más bien fría. La narrativa visual propia de un cierto cine indie, con su tristeza moderada de ralentíes y desenfocados, su nostalgia de la naturaleza, su emotividad peterpanesca, ha penetrado en fantasías recientes como Infecta­dos, La señal u Orígenes. Ex machina, en cambio, usa esta estética en un rol secundario, como distensión periódica dentro de un conjunto de apariencia más cerebral. El neorruralismo y los sentimientos naíf son apenas un sueño, un fin de semana, unas vacaciones tomadas a una cotidianidad de minimalismo Ikea, envases de plástico y contactos con el cristal líquido de las pantallas táctiles.

Comparada con las muestras de sci-fi indie ya mencionadas, y especialmente con el espiritualismo desaforadamente buen­rollista de Orígenes, la propuesta de Garland resulta más ácida. Sin llegar a los extremos sensacionalistas de Gamer y su visión repulsiva de la realidad, el mundo que se nos presenta resulta algo triste, potencialmente misantrópico. Su creador despliega un tapiz de engaños y de relaciones de poder donde las pulsiones sexuales tienen mucho peso. Y la pareja de protagonistas, humanos, hombres, está lejos de ser modélica: un timorato geek atraído por una robodamisela en peligro, y un millonario manipulador que ha refinado la personalidad de un abusón adolescente.

El mérito de ‘Ex machina’ es sugerir temas de interés, aunque acabe sin articularlos de manera concreta

El realizador británico ofrece un Frankenstein de diseño, con un hombre-dios que ensambla nuevas carnes sintéticas y una criatura que no tiene cicatrices tremendas: lejos de la sucia chatarra cyberpunk, Ava representa la tecnología de alto standing, pulcra. Como contrapunto a pirotécnicos blockbusters futuristas como Elysium, Ex machina puede brillar, quizá demasiado. No puede negarse el mérito de sugerir diversos temas de interés, aunque acabe sin articularlos de manera demasiado concreta. Su desarrollo pausado, cauteloso en el despliegue y en la aceleración de acontecimientos, proporciona espacios de reflexión... hasta que irrumpen los casi inevitables giros, las dosis de violencia con las que espectacularizar el desenlace. Quizá es que un thriller sin muertes no parece un thriller, sino un drama potencialmente aburrido.

Si las motivaciones de los personajes no quedan muy claras, dada la escasa fiabilidad del relato que hacen de sí mismos y dada la ambivalencia de algunas de sus acciones, es aún más difícil fijar interpretaciones posibles de la obra. No alcanzamos a saber si a Ava le impulsa el instinto de supervivencia, un ansia de libertad más elaborado o la pretensión de emanciparse de las cadenas de la dominación masculina. Garland parece jugar un poco con esta última idea, escenificando la solidaridad que se establece entre dos mujeres cautivas. Aunque, en plena montaña rusa de giros argumentales, el final de esta aparente historia de empoderamiento puede leerse en clave misógina... o revolucionaria.

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