Filmoteca
Bocados de religión

'Somos lo que somos' es un cuento oscuro de terror, familia y fundamentalismo violento.

01/02/15 · 8:00
Edición impresa

En 2010, Jorge Michel Grau sobrecogió con Somos lo que hay, una película de horror y exclusión ambientada en el México contemporáneo. No debe sorprender que la propuesta inspirase un remake a Jim Mickle (Cold in july), un joven director habituado a incorporar pinceladas de discurso en sus pesadillas cinematográficas. Mickle ya había señalado los peligros del fundamentalismo en la ficción posapocalíptica Stake Land, y vuelve a usar el género terrorífico para advertir sobre la violencia religiosa, en la estela de filmes posteriores al 11S como Pro-vida o La niebla.

Con Somos lo que somos, el ­rea­lizador desplaza la acción del entorno urbano hacia lo rural. Y trabaja los escenarios interiores de la casa familiar habitada por un padre severo, dos chicas adolescentes y un niño. En parte, Mickle respeta las atmósferas opresivas de la película de Grau, pero su trabajo es mucho más esteticista, de un preciosismo turbio. Este planteamiento, unido al protagonismo de jóvenes, otorga al resultado un cierto aire de cuento malvado, marcado por unos ambientes tóxicos y una violencia contenida que esconde secretos terribles.

La apuesta es sobre todo ­estética, en forma de poesía ­siniestra embrutecida por ­es­tallidos de brutalidad. Narra­ti­vamente, los autores no juegan la carta de la incertidumbre: insinúan la naturaleza del misterio, lo anticipan hasta convertirlo en algo imaginable y, aún así, indecible. También se drena el relato de sustos ­fáciles, apostando por la creación de atmósferas turbias, por las elipsis y el distanciamiento. Algunos espectadores podrán reprocharle una cierta falta de condimentos, incluso de vigor. Y aparece el fantasma de la incoherencia estilística cuando la narración inicia su recta final con peleas, rescatadores que acaban inconscientes y mujeres en peligro que huyen de su perseguidor. La contención previa parece contaminarse de las convenciones del cine de intriga, pero se trata de una pista falsa: el desenlace es una explosión de gran guiñol que puede recordar al tramo final de The woman (Lucky McKee, 2011), ese intento de terror feminista lastrado por algunas inercias androcéntricas. El giro es llamativo, aunque suponga alejar lo narrado de la esfera de lo real, neutralizando en parte su poder revulsivo.

La apuesta es estética, en forma de poesía siniestra embrutecida por estallidos de brutalidad

Somos lo que somos recupera motivos ya tratados en obras como Los washingtonianos, fantaseando sobre la barbarie oculta en el puritanismo de los fundadores de EE UU. Pero Mickle aísla al espectador en un submundo atroz. El gótico americano de La matanza de Texas o Las colinas tienen ojos podía ser visto desde una posición de superioridad: se mostraba el conflicto entre varios urbanitas y unos monstruos rurales que, dependiendo de su naturaleza, podían considerarse lejanos o (casi) ajenos. Mickle, en cambio, se centra en esa familia aberrante, en un padre homicida y unas hijas que son verdugos pero también víctimas. El espectador a la búsqueda de personajes con los que identificarse puede sentirse incómodo, atrapado en un caserón de fanatismo religioso que implosiona. Como en la reciente The sacrament, inspirada en un caso real de suicidio en masa, el líder de una comunidad sectaria prefiere morir antes que renunciar a su modo de vida. En un momento en que el adventismo parece convertirse en una pequeña tendencia audiovisual, con títulos de enfoque variado como Take shelter, Noé o Left behind, parece conveniente recordar que el cristianismo también puede generar reacciones violentas y depreciar el valor de las vidas propias y ajenas. Aunque este recordatorio llegue en forma de modesto relato terrorífico del que ya se están preparando precuelas y secuelas. Cosas del canibalismo industrial...

+A Agrandar texto
+A Disminuir texto
Licencia

comentarios

0

Tienda El Salto