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Justicia doblemente justa

Una loa al trabajo cooperativo, un paisaje impresionista en torno a un asesinato vitoreado. Eso es 'El crimen del señor Lange', de Jean Renoir.

11/12/14 · 8:00
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Siempre me dio bastante pena el pobre Raskolnikov. Lo considero un personaje desvalido, huérfano, sin suerte autoral. Su mentor Dostoievski arrastró una vida atormentada y, al no disponer en aquella época de antidepresivos, trasladó la angustia de su espíritu a las páginas de sus novelas. A Raskolnikov, un asesino de poca monta, lo castigó con el peor de los castigos: que le remordiese la conciencia una de esas pirañas metafísicas que tanto daño causan a los insomnes. Esto de la conciencia expiatoria es un invento muy ruso. No me extraña que, al instalarse en París, liberado de la gravedad de los iconos, Chagall optase por dibujar tantos seres ale­­tean­do por el cielo. París es lo que tiene: que por sus rúas adoquinadas de perfumes cualquier criminal desprende glamour. A Dostoievski le habría convenido pasar una temporada en un ático de Montparnasse. Habría conocido a Jean Renoir y habría dulcificado su agrio carácter. Jean Renoir era francés y aprendió de su padre, el pintor, el lenguaje de Epicuro. El lenguaje de Epicuro es un lenguaje de putas y limpiabotas, de aguardiente y nenúfares, de can can y noveluchas. Renoir, incluso en sus películas serias, no perdió un tono epicúreo de embarcadero al atardecer. Fíjense que, cuando rodó una historia dura como El crimen del señor Lange, lo hizo a su estilo bon vivant. Pocos crímenes han sido tan vitoreados en la pantalla como el que comete el señor Lange contra el señor Batala. Cuando este empresario retorcido muere descerrajado por los disparos certeros de un idealista escritor de novelas del oeste, hasta el espectador más circunspecto agradece que haya un bellaco menos en este mundo, aunque sea en la ficción. Renoir obtiene la clemencia del público al cantar ese horroroso crimen de ciego acompañado de la música fraternal de un acordeón. El género negro, en sus manos, brilla luminoso. Aplica la técnica impresionista de su progenitor y transforma un aguafuerte goyesco en una acuarela agradable a la vista. Al contrario que Dostoievski, no abandona a sus criaturas a la intemperie para que se hielen de frío sino que las envuelve bajo un manto protector. Su piedad, claro, es de naturaleza atea. Él, hombre de izquierdas que supo manejarse con habilidad sobre el alambre del arte comprometido, hace del realismo poético un arma política.

Renoir, incluso en sus películas serias, no perdió un tono epicúreo de embarcadero al atardecer

Esta película se estrenó en el año 1936, ya saben, ese año en que nuestro país empezó a llorar y contagió a media Europa. Renoir, junto al catalán Joan Castanyer, responsable del departamento de propaganda de la Generalitat, quisieron regalarnos este pañuelo para consolarnos de la larga noche de piedra que se nos avecinaba. Todavía entonces albergaban la esperanza de desterrar del vocabulario laboral el término jefe y sus derivados jerárquicos. El mensaje de este film habría seducido los oídos de don Quijote. Su loa a favor del cooperativismo nos recuerda aquella lejana edad de oro donde vivían ignorantes de la existencia de lo tuyo y lo mío. ¡Miren que resulta difícil en el cine plasmar cualquier idea económica sin caer en el panfleto! Renoir no comete ese error por su talento narrativo: defiende a sus antihéroes tanto como a sus ideas. Pone todo su ahínco en reflejar el latrocinio que sufre el señor Lange y sus colegas de imprenta y revertir, de esta forma, el injusto orden social establecido. En esta película, el criminal se revela como el inocente y el asesinado como el culpable. Así que varios siglos después, cuando el concepto estrecho del honor ha dejado paso al más libre de dignidad, asistimos a una versión actualizada de nuestro Fuenteovejuna. Claro que aquí no nos topamos con un rey que restaure la injusticia colectiva sino con un jurado popular. Su sentencia de absolución para el señor Lange reafirma el poder del pueblo. Porque ya dicen los juristas que la justicia bien aplicada se ennoblece como fuente de legitimidad. Y si encima viene avalada por las hermosas imágenes del cine de Renoir, brota una justicia doblemente justa al ser también poética. 

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