Skandalon | Julie Maroh (Dibbuks)
Prohibir lo que se suscita

'Skandalon', el segundo cómic de Julie Maroh, indaga en el auténtico potencial social de la transgresión en un entorno mediatizado.

07/11/14 · 8:00
Skandalon, de Julie Maroh.

La responsable de El azul es un color cálido (Dibbuks, 2011), obra que inspiró la película ganadora de la Palma de Oro en Cannes La vida de Adèle (Abdellatif Kechiche, 2013), se ha decidido para su segundo cómic por la crítica estructural de una sociedad que necesita del mito, de una precisa manipulación de la esencia dionisiaca, para poder encauzar las pulsiones de su ciudadanía hacia la obediencia y el consumo. El sacrificio del individuo que requiere la polis ha de ser dramático, público y ejemplar, o eso parece querer decirnos la autora de cómic francesa Julie Maroh con Skandalon (Dibbuks, 2014). No son pocas las citas y alusiones filosóficas que pueblan una propuesta arriesgada en su forma y contenido. Como ya ocurriera en su anterior cómic, Maroh corre riesgos íntimamente ligados a la responsabilidad de los actos de sus protagonistas; no obstante, en esta ocasión eleva la apuesta, indagando en el potencial de la transgresión y la proyección de dichos actos en la opinión pública. Trabaja en Skandalon con la representación, con la imagen, hasta sus últimas consecuencias, poniendo en diálogo los sentidos griego y cristiano del término. El primero remite al control social y la concepción de sabiduría aristotélica, donde lo ejemplar prevalece, mientras que el segundo alude a la figura de Cristo y al problema de percepción que el apóstol Pablo tuvo que hacer frente en el momento de convertirlo, un siglo después de su muerte, en un icono.

La comunidad, la polis, el mercado, necesitan de estas criaturas y saben cómo encauzarlas y beber de ellas

El infierno soy yo

“La sociedad no prohíbe más que lo que suscita” (Claude Lévi-Strauss) es una de las dos citas que enmarcan la historia de Cedric. Más conocido por las masas enardecidas como Tazane, este cantante rock estila pose narcisista, declaraciones supuestamente incendiarias y visceralismo de consumo. Los medios de comunicación ven en él un producto de mercado destinado a un público juvenil, mientras su representante cavila sobre los riesgos reputacionales de su arrogancia cada vez que sale a escena. Tazane, por su parte, cree haber trascendido con su música, con su actitud desafiante ante los medios y el propio público, el plan de comunicación de la discográfica, de la sociedad misma: “Lo que meto en mis partituras son mis tripas. Mis sentimientos. El demonio que habita en mi interior es el mismo que vive en la sangre de todo el mundo. Por eso la gente se reconoce en mí y en mi música. La diferencia es que yo cedo ante mis pasiones”. Ese demonio es el mismo al que alude la segunda cita (de Montaigne en este caso) que ha guiado a Maroh: “a veces existe más diferencia de un hombre a otro que de un animal a un hombre”. La historietista subraya con línea intensa, con un trazo espeso, perturbador, el escándalo como piedra con la que hacer tropezar, no tanto al sistema, como a aquel que cree estar dándole la vuelta. Tazane, a su pesar, sólo es víctima de sí mismo. Su imagen fuera de control es poderosa en tanto es leída como síntoma de los tiempos; también por su capacidad de arrastre, de mímesis, de contagio. Su coeficiente agencial, en cambio, es reducido. La comunidad, la polis, el mercado, necesitan de estas criaturas y saben cómo encauzarlas y beber de ellas. En la era de la especulación del yo, del parecer por encima del ser, desactivar el potencial dionisiaco y eludir la responsabilidad de todos a través del sacrificio de uno es el ritual necesario para hacer que la rueda siga girando.
 

Subyace en Skandalon un miedo a no ser entendido; un temor que es triunfo de un sistema que exige, a quienes crean, un aplanamiento del código que amenaza con destruir todo ánimo por el uso de la metáfora. Julie Maroh nos trae un personaje que, a priori, pudiera parecer difícil, incluso obsceno, defender. Como si desconfiara del lector, del Otro, al que es obligatorio darle la leyenda completa del mapa para que pueda leer todas las capas, culmina este cómic con un postfacio explicativo, donde nos acerca unas interesantes reflexiones sobre la función de la cultura y el sentido disruptor con el que ha construido a su protagonista. Es obvio que la autora, como ya le ha ocurrido en otras ocasiones, teme que el mensaje pueda ser malinterpretado. Y este afán por ser entendida, en un cómic cuyo título remite etimológicamente a un punto de cambio, pero también a una “trampa” o “cepo” para cazar animales, resulta comprensible, aunque un tanto decepcionante.

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