Boxcar Bertha | Ben Reitman (Pepitas de calabaza)
La rebelión de la miseria

La vida bohemia de los vagabundos trashumantes de los 20 y los 30 en Estados Unidos dio lugar a la novela Boxcar Bertha, del ‘hobo’ Ben Reitman.

16/11/14 · 8:00

Resulta estimulante que una vida tan masculina como la de Ben Reitman haya recurrido a una voz poderosa de mujer para contarnos los detalles más íntimos y personales de su biografía. Ya fue Flaubert quien nos advirtió que no tenía ningún problema en reconocer que él era Madame Bovary. Lo mismo podemos decir de Reit­man, que él es Boxcar Bertha. El activista norteamericano eligió una mujer del lumpen para dar cuenta de lo que fue la hobohemia. Yo no había oído nunca esta palabra tan sonora y llamativa hasta la lectura de este libro, Boxcar Bertha, autobiografía de una hermana de la carretera (Pepitas de Cala­baza), donde reluce en cada una de sus páginas con la misma fuerza patibularia de uno de esos carteles de neón con que se anuncian los prostíbulos de carretera.

Ahora ya sé su significado y su contenido no desmerece la eufonía de su pronunciación. La hobohemia fue, a grandes rasgos, un movimiento social estadounidense de principios del siglo XX protagonizado por miles de vagabundos trashumantes, los conocidos como hobos, almas abandonadas a su suerte por el mercado laboral, quienes merodeaban por las cunetas de las estaciones de ferrocarril y, tras muchos días de ociosidad forzada, acababan montándose en los boxcar o vagones de mercancías a la busca de un trabajo decente en alguna ciudad de su país. Su encanto residía en que cada uno de aquellos desarrapados atesoraba una curiosa mezcla de Charlot y Keaton, pues del primero heredaron sus andares indómitos y su carácter subversivo y del segundo su habilidad para subirse a un tren en marcha y, así, viajar de gorra sin crispar apenas su cara famélica de palo.

La hobohemia fue un movimiento social de principios del siglo XX protagonizado por miles de vagabundos

Cualquier diccionario de la contracultura que se precie debería colocar a estos hobos en un capítulo destacado. Un servidor conocía las ansias viajeras de la literatura norteamericana, desde la inclinación de London por los confines salvajes y remotos a las aventuras iniciáticas en autostop de la generación beat por carreteras polvorientas de peyote y ayahuasca. Pero se ve que me faltaba el eslabón perdido que uniese a estos escritores de generaciones distintas. Aho­ra lo he encontrado y se llama Ben Reitman. Le calificaron como el rey de los hobos, lo que, bien mirado, no deja de entrañar un cierto contrasentido. Pues si algo caracterizaba a los hobos era una falta de jerarquía, una forma de entender un grupo como una asociación de seres indisciplinados que se juntaban cuando la necesidad apretaba y se disolvían cuando el instinto les empujaba a ocuparse de otros menesteres más ociosos. Tal forma de ser impredecible, no sometida a la estricta regulación de unos horarios y unas convenciones, les condujo a entender la vida como una experiencia intensa capaz de iluminar cualquier clase de cloaca. La misma biografía de Ben Reitman sólo está al alcance de alguien nacido para correr, según la terminología rockera. Más que un intelectual teórico al uso, se significó como un hombre de acción y, como todos los hombres de acción, vivió rodeado de una fuerte controversia y polémica. Agitador de masas, reformista social, médico abortista, todo lo que tocó levantó sarpullidos de indignación de la sociedad biempensante de su época. Tanta energía se la debieron de insuflar los muchos años de amoríos que compartió con Emma Goldman, la mítica anarquista, quien siempre lo alabó por su coraje temerario. El caso fue que Reitman tuvo el oído sensible para captar las ondulaciones musicales del carácter femenino, esos adagios, esos allegros, esos lied, y fue este conocimiento profundo el que le animó a elegir a Boxcar Bertha como su álter ego cuando finalmente se decidió a escribir sus memorias. El acierto de la elección resultó pleno. Le sirvió para ofrecer una visión original de la hobohemia, una visión no contaminada por prejuicios masculinos, sino abierta a la mirada de una joven de una personalidad arrolladora. No es de extrañar que esta chica tan fuera de molde sedujese a directores alternativos como el primer Scorsese (su segunda película tomó como inspiración este libro) o a los inconformistas beatnik de los años sesenta. Podríamos publicitar Boxcar Bertha como la versión feminista de la mítica En el camino, de Kerouac. Gracias a las confesiones de esta mujer transparente, cuya sinceridad descarnada se despliega en un alarde tonal que simultanea notas de sensibilidad exquisita y dureza extrema, nos acercamos, con una hondura testimonial poco común, a territorios vedados como el de la prostitución o el de las clínicas abortistas sin perder en ningún instante un enfoque crítico. Porque estas memorias, camufladas de ficción, se leen en realidad como un estudio sociológico de la potencia revolucionaria de la pobreza.

Alrededor de la hobohemia se crearon una serie de instituciones alternativas, como las universidades hobo, en cuyas aulas nada académicas se les enseñaba a los marginados unos saberes heterodoxos, de los que enseña Makinavaja, algunos legales, otros no tanto, que les sirviesen en suma para enfrentarse y sobrevivir a las injusticias. Por desgracia, el Estado del bienestar diluyó paulatinamente la rebelión de la miseria en higiénicos centros de beneficencia y opresivas cárceles. Una manera de recuperar ese espíritu de rebeldía de los más pobres, y también de cualquiera preocupado por limar las desigualdades sociales, sería recomendar la lectura de este magnífico libro. En sus páginas se descubren ejemplos de dignidad y superación inolvidables, sobre todo cuando los conferenciantes hobos se encaramaban sobre unas cajas de jabón y arengaban a los vagabundos hermanos para que aprendieran a enorgullecerse de sí mismos. Boxcar Bertha, entonces, les escuchaba arrebolada porque en cada una de sus palabras sentía cómo brotaba la semilla de un “hombre nuevo”, o lo que es lo mismo, de una mujer nueva.

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