The Housing Monster | Prole.info (Ed. Klinamen)
Un monstruo tan fiero como lo pintan

Tomando la vivienda como ejemplo concreto de mercancía, 'The Housing Monster', del dibujante responsable de la web prole.info, repasa el funcionamiento del capitalismo y la lucha de clases en general.

04/11/14 · 11:53
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En 1980, sólo un año después de haber accedido al poder, el Gobierno de Margaret Thatcher aprobaba la ley que abría el proceso de privatización de la vivienda pública. Hasta ese momento, el Reino Unido había sido uno de los países con un parque de viviendas de protección oficial más grande de Europa, pero las cosas estaban a punto de cambiar. En los años siguientes, entre 1980 y 1995, más de la mitad de las viviendas serían privatizadas. Casi dos millones de inquilinos pasaban a convertirse en propietarios de las casas estatales que estaban arrendando. La decisión fue justificada por razones económicas, pero lo cierto es que había mucho más. Aunque la ley supuso una inyección de 28.000 millones de libras en las endeudadas arcas británicas, la privatización de la vivienda perseguía también un objetivo ideológico que sentaba las bases de la ofensiva neoliberal que se iba a desarrollar durante toda la década de los años 80. En medio de una fuerte conflictividad social provocada por el cierre de las minas y la privatización de numerosos servicios públicos, la extensión de la cultura de la propiedad actuaba como dispositivo de control social. La lucha de clases se recrudecía y era necesario buscar aliados entre esos obreros que abandonaban su condición de proletarios para convertirse en propietarios. La vivienda se convertía en la pieza clave de toda una nueva tecnología de disciplinamento.Esta lucha debe dotarse de las herramientas que la hagan lo más eficaz posible
La estrategia emprendida por el Gobierno de Margaret Thatcher en Reino Unido no iba a ser una excepción. A partir de los años 80, la vivienda se convertiría en mucho más que un simple lugar en el que residir. Buscando incrementar su tasa de ganancia, el capitalismo inicia entonces un proceso de colonización de ámbitos que hasta entonces habían permanecido al margen del mercado. Este proceso implicará la venta de servicios que eran ofrecidos por el sector público, como el agua o las telecomunicaciones, pero también el inicio del desmantelamiento del Estado del bienestar con el impulso a la privatización de sectores como la sanidad, la educación y la vivienda pública. Este proceso irá acompañado de la extensión de la ideología neoliberal, que tendrá uno de sus pilares más importantes en la cultura de la propiedad. El sistema se esforzará en difundir una idea de éxito social y personal asociada a la acumulación de propiedades, lo que además se vinculará con el esfuerzo y el trabajo duro. Los parados, los pensionistas y los beneficiarios de prestaciones sociales comenzarán a ser vistos como parásitos que viven a costa de los demás, y la pobreza empezará a ser asociada con la pereza, la delincuencia y la marginalidad. La famosa frase de Margaret Thatcher se convertía en una profecía autocumplida: los jóvenes que pasados los veintiséis años todavía viajaban en autobús podían considerarse unos fracasados, pero también aquellos que cobrasen el paro o viviesen en una vivienda social. En la utopía neoliberal solo había sitio para los propietarios.

En este proceso de conversión de la sociedad de proletarios en una sociedad de propietarios la vivienda jugará un papel fundamental. En ese momento histórico concreto es cuando comienzan a sentarse las bases de las relaciones capitalistas en las que hoy se ve inmersa la vivienda, que dejará de ser simplemente un lugar en el que residir. La necesidad de procurarse una casa que ya no proporciona el Estado y los elevados precios que alcanzarán éstas actuarán como un dispositivo de control social sobre todo en el ámbito laboral, en el que la lucha sindical había conseguido importantes ventajas para los trabajadores. El pago de hipotecas y alquileres que consumen una buena parte del salario se convertirá en uno de los factores que más atarán a los obreros al mercado de trabajo, con la explotación y alineación que ello conlleva. Como podemos ver en cada uno de los doscientos desahucios que se producen en nuestro país cada día, la pérdida del trabajo implica una amenaza inmediata de pérdida de la vivienda, lo que supone un factor claro de desmovilización en las luchas sindicales. Si a ello le añadimos la extensión de una ideología en la que la
víctima de esta situación se culpa y avergüenza de lo sucedido, tenemos un dispositivo de control social perfecto en el que la vivienda se convierte en un factor clave para entender el descenso de la conflictividad social.Una casa es mucho más que cuatro paredes y un techo. Es, sobre todo,un espacio político

 

Pero además de la relación con el mercado laboral, la vivienda se verá atravesada por muchos otros conflictos. Desde el momento de su construcción hasta la forma en que se vende, usa, revende y eventualmente derriba, la vivienda está sujeta a decisiones que tienen que ver con la correlación de fuerzas entre los que mandan y los que obedecen, entre dominantes y dominados. Una casa es mucho más que cuatro paredes y un techo. Es, sobre todo, un espacio político.

La lucha por la vivienda

El crecimiento de la lucha por la vivienda después del estallido de la burbuja inmobiliaria ha contribuido a extender la idea de que la vivienda es un lugar de conflicto en el que es posible la articulación de un movimiento de resistencia organizada que haga frente a los abusos de banqueros, políticos y empresarios. Sin embargo, la articulación de esa lucha exige un análisis profundo del papel que juega la vivienda en el conjunto de las relaciones capitalistas, desde la construcción y el papel del mercado inmobiliario en la macroeconomía hasta las dinámicas que genera entre los trabajadores. Ensayos como The housing monster. Trabajo y vivienda y en la sociedad capitalista ayudan a entender la compleja red de intereses, problemas y conflictos que rodean al problema de la vivienda, que van mucho más allá de un simple abuso de los especuladores. Afirmar que todo el mundo tiene derecho a una vivienda digna supone un planteamiento muy radical en un sistema en el que los únicos derechos que tienes asegurados son los que puedes comprar. En la medida en que la lucha por la vivienda implica un ataque a la línea de flotación del capitalismo, esta lucha debe dotarse de las herramientas que la hagan lo más eficaz posible. Debemos acabar con el mito de los banqueros malos que se aprovechan de nuestra ingenuidad y de los políticos incompetentes que no velan por nuestros intereses. Si queremos cambiar realmente las cosas y no perdernos en espirales de protestas inocuas, es necesario librarnos de los obstáculos que impiden comprender cómo funcionan las cosas. Enfrentar la cuestión de la vivienda implica luchar contra todo el entramado de relaciones sociales capitalistas que nos explotan, y en esa lucha el sistema no va a ponerlo fácil. Si hay algo claro es que todas nuestras oportunidades pasan por conocer al enemigo, por saber cómo funciona, cómo se reproduce, cuáles son sus puntos débiles y cómo atacarlos. Después sólo podemos vencer. 

 

 

 

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comentarios

1

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    Layla Martínez
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    12/11/2014 - 10:48am
    El artículo es una reseña del libro "The housing monster. Trabajo y vivienda en la sociedad capitalista", publicado por la editorial Klinamen. Puede conseguirse en papel en librerías y en pdf en este enlace: http://www.editorialklinamen.net/the-housing-monster-trabajo-y-vivienda-en-la-sociedad-capitalista/
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