Cine
El soñador sube al escenario

Lynch en la era de la fama.

28/09/14 · 8:00
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Hay artistas atados a una sola forma de creatividad. El talento de otros no entiende de fronteras entre entornos expresivos. Al fin y al cabo, como manifestó un habitante del reino de los sueños tan obstinado como David Lynch, el pintor Marc Chagall, “el arte es, sobre todo, un estado del alma”. Y, si hay algo que caracterice desde su juventud a Lynch, es que ha proyectado su peculiar estado del alma en cualesquiera medios que tuviera a su disposición. Desde Inland Empire (2006) no realiza ningún largometraje, pero su nombre ha continuado ligado a numerosas iniciativas en otros ámbitos; por ello, sus cualidades como artista multidisciplinar resultan ya ineludibles a la hora de analizar su figura.

Cabe recordar que incluso su popularidad como director de cine –faceta que le ha valido la celebridad, poca o mucha, de la que goza aún hoy– se basa en un malentendido: Lynch logró sus mayores éxitos críticos con El hombre elefante (1980), Terciopelo azul (1986) y Una historia verdadera (1999); por las dos primeras llegó a ser candidato al Óscar como mejor director. Pero, en las dos décadas que abarcan esos tres títulos, su creación más famosa es una serie televisiva, Twin Peaks (1990-91), de la que, por otra parte, apenas realizó seis de sus treinta episodios, aunque el conjunto destile la intransferible visión de las cosas que Lynch tenía ya en la infancia: “El mundo era un lugar extraño y fantástico bajo cuyo aparente orden residencial, de clase media, siempre había algo agazapado”.

Esa constatación será la que le aboque desde temprana edad al dibujo y la pintura, y –tras su paso por varias academias de arte, un accidentado viaje por Europa, un matrimonio precipitado y una hija– a realizar un cortometraje animado, Six Men Getting Sick (Six Times) (1967), que le familiarizará con la imagen en movimiento. Lynch alternará, a partir de entonces, el cine no sólo con la pintura, sino también con la fotografía y las tiras cómicas; con la pequeña pantalla y el teatro; con la publicidad y la composición y producción musical; con lo documental, creaciones específicas para su propia página web (www.davidlynch.com) y hasta con el diseño de muebles, restaurantes y locales nocturnos inspirados con más o menos pertinencia en su universo creativo... 

Su evolución testimonia la coyuntura en que ha puesto a los creadores nuestraera de la celebridad

Lynch alcanzaba la sesentena, como apuntó agudamente en 2005 su colega Chris Rodley, convertido en “una marca influyente y de moda”. A partir de ese momento, en sintonía con una época en la que ya no cabe hablar de una sociedad adepta al espectáculo sino del espectáculo que representa la sociedad de consumo para su propio placer narcisista, empieza a no ser tan importante para Lynch el medio expresivo, como lo que éste pueda aportar a la hora de convertirle a él mismo en personaje, obra, sociedad unipersonal.

No es casual que la meditación trascendental, practicada desde hace años por el artista, haya devorado en los últimos tiempos su discurso, hasta hacer de él un gurú. La imaginación y las reflexiones de Lynch precisaban antaño de una concreción material externa a él. Ahora les basta con su propia voz, que vierte en seminarios, charlas y ponencias muy bien pagadas, y en las que pontifica sobre lo humano y lo divino sin miedo al ridículo, con ánimo tan visionario como autojustificativo. En el escenario, una vez alzado ese telón carmesí tan familiar a sus fans, ha terminado situándose sin disimulos, sin necesidad de las máscaras que procuran el arte o la ficción, David Lynch.

Su evolución testimonia la ambigua coyuntura en que ha puesto a los creadores nuestra era de la celebridad. El valor del trabajo está supeditado a que se haga escuchar entre los vientos y mareas de lo mediático. El artista ya no puede –como recomendaba Oscar Wilde– dar a conocer su arte y ocultarse. Más aun, el arte hoy por hoy puede llegar a ser un recordatorio incómodo de las servidumbres que acepta el artista para dejar una impronta en los ámbitos de la comunicación y las redes sociales. 

 

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