La femme fatale soy yo

De mujeres, femmes fatales y otros arquetipos en la cinematografía de David Lynch.

26/09/14 · 8:00
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Escribe Slavoj Zizek en David Lynch o el arte del ridículo sublime que “la fantasía de la mujer todopoderosa cuya atracción irresistible supone una amenaza, no sólo para la dominación masculina, sino para la identidad misma del sujeto masculino, es la fantasía fundamental contra la que se define y sobre la que se sostiene la identidad simbólica masculina”. Esta cita resulta clave para entender el porqué del enfrentamiento entre géneros propio del imaginario de las obras de David Lynch. En ellas, la representación de la mujer es difícil que escape al aura fantasmática que se espera de la femme fatale; ya sea en el cine noir modelo años 40, o en la nueva ola posmoderna, donde este arquetipo evolucionado juega el juego del hombre, es decir, se iguala violentamente en sus motivaciones, en sus estrategias, dejando así al descubierto el orden patriarcal establecido.

El cineasta encuentra en sus personajes femeninos una manera de enfrentarse a ese orden establecido

Desde Cabeza borradora (1977), David Lynch ha luchado, a su manera, apelando a una subversión del imaginario mundano, contra ese orden que imponía sus normas, que exigía servidumbres propias de un “sí, quiero” asignado por tradición. Una pesadilla, la de la cotidianidad, de la que le ha resultado difícil escapar por mucho que los contextos se hayan sofisticado; es decir, por mucho que haya huido a lo largo de su carrera a otros escenarios, sean estos un estudio de cine en Los Ángeles, una exposición de fotografía en París dedicada a su persona o un lanzamiento de zapatos fetiche en Nueva York.

Interpretar el imaginario de Lynch como excusa surrealista destinada a dar alas a un supuesto conservadurismo, apuntalado en representaciones tildadas de misóginas, ha sido una constante por parte de la crítica feminista. Pero, tal y como les ha ocurrido a otros autores acusados de odiar a las mujeres por someter a sus protagonistas femeninas a tormentos y vejaciones varias (David Fincher, Lars Von Trier), y tomando como clave el planteamiento circular, propio del psicoanálisis, que caracteriza cada una de las películas de Lynch, cabría aventurar que, a la luz de sus últimas obras cinematográficas, especialmente Inland Empire (2006), el cineasta no solo encuentra en sus personajes femeninos una manera de enfrentarse a ese orden establecido que le atenazara durante su vida creativa en Hollywood. Las humillaciones y mortificaciones fantasmáticas, en contraste con su vida aburguesada previa, a las que se veían sometidos muchos de sus personajes femeninos –interpretados por Patricia Arquette (Carretera perdida, 1997), Naomi Watts o Laura Harring (Mulholland Drive, 2001)– bien podrían haber propiciado en él, como demiurgo, una suerte de despertar.

Es sintomático que su último largometraje, Inland Empire, comience y acabe con un cuento que, tal y como precisa su narradora en la película, contiene “una ligera variación”: el niño que normalmente protagoniza el relato en esta ocasión es una niña: la musa de Lynch, Laura Dern, que se desdobla como la actriz Nikki Grace y su proyección cinematográfica en las carnes de Susan Blue. Contra todo pronóstico, sale viva de la experiencia cinematográfica. Es decir, tiene la opción de ir más allá de su doble rol: el de actriz que busca seguir las órdenes de un director, y el de mujer blanca y aburguesada que anhela otras vías más allá del matrimonio. Resulta cuanto menos curioso que, después de Mulholland Drive, aproximación en clave alucinatoria a la supuesta fábrica de sueños que es el cine, e Inland Empire, despedida en toda regla de Hollywood, el realizador multimedia haya decidido ampliar sus horizontes a otros mercados creativos.

Lynch resulta así ser equiparable a la femme fatale propia del neo noir, en la medida en que ésta contrasta con la elusiva y espectral mujer abocada a la muerte que sigue embelesando a los espectadores producto de la modernidad; él, en definitiva, ha pasado a encarnar a aquella que tiene “mente de chulo y cuerpo de puta”. En una realidad en la que todos y todas nos hemos objetualizado, David Lynch ha logrado encontrar en el mercado del arte, de lo publicitario, de la fe, un renovado espacio de
libertad. Tal y como explica Žižek, la imagen de la femme fatale en el neo noir –que habita en películas como Terciopelo azul, Carretera perdida o Mulholland Drive– sobrevive no sólo en el imaginario, sino también en lo narrativo: cómodo en su poder, el admirador, el seguidor fiel, el fan, es incapaz de ver que aquella mujer, aquel director, que antes le abría puertas a otros mundos, se ha convertido en una fría gestora de las emociones del otro. Se ha transformado en una manipuladora, en una profesional del espíritu. Se ha convertido en gurú.

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comentarios

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    26/09/2014 - 6:25pm
    una representación directa de la amenaza del poder femenino como verdadera igualdad en&nbsp;HER: <a href="http://www.contraelamor.com/2014/04/contralove-films-presenta-la-igualdad.html">http://www.contraelamor.com/2014/04/contralove-films-presenta-la-igualdad.html</a>
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