CINE
La experiencia David Lynch

Pasan 25 años del estreno de la serie televisiva Twin Peaks, que acrecentó la popularidad del autor de ‘Cabeza borradora’ y ‘Terciopelo azul’.

27/09/14 · 8:00
Edición impresa
David Linch / Javier Hernández

David Lynch tiene muchas facetas. Cineasta de larga trayectoria, también es pintor, realizador de spots publicitarios, diseñador de un club en París y misionero de la meditación trascendental. Con todo, parte del gran público le recuerda por una de sus escasas incursiones televisivas: Twin Peaks (1990-1991). De alguna manera, la serie fijó de manera prácticamente definitiva qué era “lo lynchiano”, una mezcla de cotidianidad enrarecida, pesadillas y misterios. Esta tradición no ha generado seguidores fieles, pero sí ha influido en obras puntuales como Donnie Darko (2001) o Enemy (2013).

Con todo, parte del gran público le recuerda por una de sus escasas incursiones televisivas: Twin Peaks (1990-1991)

Después de firmar diversos cortos, Lynch debutó en el largometraje con la extravagante Cabeza borradora. Se acercó a la industria con El hombre elefante (1980), una alternativa de qualité al goticismo de Hammer Films, y con Dune (1984) sufrió intentando personalizar una gran produccion de sci-fi. Con Terciopelo azul (1986) comenzó a definir ese género propio que devino adjetivo: es su primer thriller lynchiano, con huellas de Hitchcock, pero que lleva mucho más allá la carga sexual de los acontecimientos.

En toda su obra posterior, con la excepción de Una historia verdadera (1999), el realizador no ha dejado de explorar ese camino. De conjurar presencias inquietantes que revelan enigmas escondidos en lo real. De plantear misterios, más que resolverlos. De rodar conjuros cinematográficos a menudo tamizados de humor negro, orgullosos de su falta de lógica, sus finales circulares, sus almas en extraños purgatorios y sus doppelgängers –gemelos malvados–.

En algunos casos, las tramas remiten de manera más o menos implícita a lo psicológico y psiquiátrico. El homicida de Carretera perdida (1997), por ejemplo, parece sufrir un episodio de despersonalización y amnesia postraumática a causa de los celos. Éstos también aparecen en Tercio­pelo azul, los secretos familiares propulsan Twin Peaks o Corazón salvaje. Y Lynch también fantasea sobre los oropeles de Hollywood y la vida pública, con aparente desdén, en Mulholland Drive (2001) o Inland empire (2006).

Las tramas remiten de manera más o menos implícita a lo psicológico y psiquiátrico

Postsurrealista o como quiera definírsele, el autor es reacio a dar pistas para la decodificación de sus artificios. Y al final éste es el atractivo, y quizá también el punto débil, de la experiencia Lynch: gozar el viaje, la estética, los hallazgos visuales y las extravagancias narrativas, y perderse en sus connotaciones y significaciones abiertas. Como sus obras pictóricas, son lienzos negros que permiten jugar a distingir sombras. Pero, a diferencia de las pesadillas de su admirado Kafka, no resulta fácil proyectar en ellos inquietudes complejas sobre la vida humana. La experiencia Lynch puede disminuir su poder en sucesivas revisiones, pero también puede mantener su fulgor. Sobre todo si las películas se juzgan como meritorias y personales extensiones de géneros como el cine negro.

Hormigas en el jardín

Lynch ha explorado repetidamente el lado oscuro de unos Estados Unidos de los años cincuenta, idealizados y de postal. En el libro Lynch por Lynch, afirma que “si uno observa más de cerca este mundo hermoso, siempre encuentra hormigas rojas por debajo”. En Terciopelo azul, el autor trabaja unos contrastes ya sugeridos en los sueños de El hombre elefante: tras presentar una comunidad feliz hasta lo desasosegante, muestra el hallazgo de una oreja humana entre el césped del sagrado backyard estadounidense. El personaje de una vecina representa el ancla a la normalidad del protagonista, atraído por los secretos turbulentos. Y también encarna parcialmente una inocencia expresada, en este y otros filmes, mediante la voz de la cantante Julee Cruise. Corazón salvaje aleja todavía más los límites opuestos de ese universo creativo, incluyendo malevolencias naturales y sobrenaturales, pero también la alucinatoria aparición de una bruja buena que loa el amor como escapatoria de un mundo salvaje y extraño.
 

Lynch ha explorado repetidamente el lado oscuro de unos EE UU de los años cincuenta, idealizados y de postal 

En el Lynch tardío no aparecen estas figuras angélicas, estos espacios de pureza total. Carretera perdida es una historia oscura donde sólo unos pocos personajes, enraizados en lo cotidiano, compensan el tenebrismo dominante. En Mulholland Drive, sólo la protagónica aspirante a actriz se muestra altruista en una historia de violencias. El de Inland Empire es un mundo en el que domina lo maligno, relatado en clave de matrioshka narrativa fragmentada y no lineal.

Resulta difícil interpretar a un cineasta tan refractario a explicarse, que presume de iluminaciones e inspiraciones súbitas. Pero se diría que ha dejado de creer en los espíritus benévolos, o que éstos han dejado de interesarle. Es en su película más cercana al realismo, Una historia verdadera, donde muestra una faceta más buenista. Esta ficción tiene algo de canto a una América añorada, de certezas y seguridades, que no toma en cuenta fenómenos como la segregación racial, ni se plantea realidades globales.

‘Big bang’ de vanguardia

Casualidad o no, poco antes de la celebración del vigesimoquinto aniversario de Twin Peaks se ha recuperado Cabeza borradora en formato Blu-ray. Quizá la característica más radical y más arisca de este experimento primerizo es su uso intensivo del silencio. Dentro del corpus lyn­chia­no, también destaca por permitir una inhabitual lectura biografista. Los paseos inquietos del personaje principal son vinculables a la agorafobia, y las experiencias con un bebé monstruoso pero vulnerable pueden entenderse como proyecciones extrañas de angustias sexuales, de preocupaciones por la paternidad o por la vida matrimonial.

En aquella ocasión, el autor no miró a las atmosferas, las situaciones y los personajes del film noir, como sería característico en su filmografía posterior, pero sí se acercó a otros ámbitos de la cinematografía pop: pueden verse vestigios del irracionalismo pulp de Glen o Glenda (1953) y de la fantasmagoría americana de El carnaval de las almas (1962). Lynch nunca fue elitista, como muestra la saturación de paralelismos con El mago de Oz (1939) que incorporó a Corazón salvaje. Cabeza borradora incluye constantes de la producción del cineasta: empleo creativo y expresionista del sonido, uso de imágenes y técnicas que remiten al ilusionismo, presencia de personajes fuera de la realidad material, representaciones desconcertantes de la cotidianidad... De alguna manera, su obra posterior tiene algo de expansión y variación de algunos elementos del debut. Como un Big Bang juvenil que detonó un universo en expansión, aun con sus autolimitaciones. //

Tags relacionados: Número 230 Cine
+A Agrandar texto
+A Disminuir texto
Licencia

comentarios

0

Tienda El Salto