Tebeos
Acuarelas que revientan estatuas

En el cómic 'He visto ballenas', el bilbaíno Javier de Isusi disecciona los dogmas acerca del enfrentamiento, el dolor y el perdón en el contexto del conflicto vasco.

05/10/14 · 8:00
Edición impresa

He visto ballenas, la última novela gráfica de Javier de Isusi (Bilbao, 1972), publicada por Astiberri en euskera y en castellano, tiene 168 páginas y muchas caras. Por un lado, es un intento de establecer un diálogo entre diversos actores de lo que se ha dado en llamar “el conflicto vasco”. Un triángulo cuyos lados apenas se tocan, porque lo tienen realmente difícil, aunque traslucen un deseo de encontrarse, de escucharse, incluso de abrazarse. En los vértices, un militante de ETA preso en una cárcel francesa, un exmercenario de los GAL internado en la misma cárcel y un cura, amigo de la infancia del preso etarra, cuyo padre murió a manos de la banda 25 años atrás.

El tema vasco ha dado lugar a no pocos ejercicios de ficción. Algunos atinados –y cito sólo un par de los que más me gustan–, como El hombre solo, de Bernardo Atxaga, o La pelota vasca, de Julio Medem, pero la mayoría de las veces no ha pasado de la superficie o la exaltación de una cierta estética, como es el caso de Días Contados de Imanol Uribe, cuando no se trata de un infumable y descuidado revisionismo histórico, como sucede con Lobo, de Miguel Courtois.

En ese sentido, lo interesante de la propuesta de Isusi es que parte de un enfoque totalmente honesto, limpio, alejado de prejuicios o pretensiones didácticas, bañado de un cariño cercano hacia los personajes, pero que mantiene las distancias. Un cariño muy “a la vasca”, si nos permitimos jugar un momento a los tópicos. Y el intento de fraguar un encuentro entre las ‘estatuas’ opuestas de esta historia deviene un diálogo de hombres solos que lidian con su pasado, una conversación de cada quien con sus sueños y pesadillas, con sus remordimientos, con su propia ética de la responsabilidad, un silencio plagado de pensamientos en paseos de esquina a esquina por el patio de la cárcel.
Leyendo el cómic surge una pregunta bastante gorda: ¿puede existir realmente el perdón?

Isusi es sutil, y parece preguntarse muchas cosas: cómo sería posible limpiar el dolor, superar el enfrentamiento enquistado y automático de las ‘estatuas’, borrar esos recuerdos que no dejan de acecharnos en forma de malos sueños, lo que hicimos y lo que dejamos que otros hicieran –supuestamente– “por nosotros”. Leyéndolo surge otra pregunta bastante gorda: ¿puede existir realmente el perdón? ¿No será sólo algo que se otorga, se declara o incluso se puede sentir en un momento dado, pero que nunca podrá convertirse en un ‘estado’? No creo que sea casual que no exista una palabra en el diccionario para expresar la acción finalizada de quien perdona. Está ‘perdonado’, para quien lo recibe, el ‘perdón’ como concepto, pero ¿cómo se queda uno al haber perdonado? ¿Será que tal cosa no existe como absoluto y es inútil empeñarse en superar un conflicto a través de ella?

En lo formal el trabajo de Isusi es minucioso y preciso. Cada viñeta está trabajada al extremo desde la sencillez. En su tetralogía de Los viajes de Juan sin tierra, también publicada por Astiberri, ya se reveló como un formidable guionista y un dibujante muy competente, pero en He visto ballenas el bilbaíno acomete un salto al vacío en busca de un estilo más personal y crece en ambos sentidos. Un dibujo de trazo más difuso, un entintado exquisito en dos únicos tonos, acuarelas, un cuento precioso para cerrar –o terminar de abrir– la historia.

A menudo se ha dicho que el cómic (o tebeo, o novela gráfica, como prefiramos llamar a la cosa) es un arte total. Es literatura, es cine, también pintura, arquitectura, a veces hasta música... Y requiere de tanto trabajo, a mano, línea a línea, mancha a mancha, letra a letra, que es un milagro que aún haya gente que se dedique a ello, teniendo en cuenta lo exiguo de las recompensas económicas que se pueden obtener en un mercado tan marginal como el ibérico. Con propuestas así, no podemos sino desear larga vida a los que tanto se lo curran, tan sólo con una mesa y un puñado de lápices. Y a ver si de paso nos ponemos ya y reventamos un par de estatuas.

Durante siglos habían peleado sin cuartel.

Petrificadas, impertérritas, firmes e inamovibles en sus posturas, las grandes estatuas de los hombres se miraban con recelo y se atacaban eternamente.

Así había sido siempre.
Así era la guerra.
Era una guerra eterna.

Cada estatua pertenecía a un hombre.
Y cada hombre confiaba en su estatua para que pelease por él.

Así había sido siempre.
Así era la guerra eterna.

Un día, un hombre miró hacia arriba y decidió escalar su estatua para averiguar de qué estaba hecha y qué era lo que se veía desde sus ojos.

Llegó a la cabeza y se asomó a la boca.
Parecía la entrada oscura a un lugar desconocido.

El hombre entró.
Y cayó.

Por dentro la estatua no era otra cosa que un enorme pozo.
–De aire –pensó entonces el hombre mientras caía–. Son huecas y están hechas de aire.
Y también:
–Nada. Desde sus ojos no se ve nada porque las estatuas son ciegas.

Cuando al fin terminó su caída el hombre estaba totalmente desnudo.

Y descubrió a su lado otros hombres y mujeres desnudos que sin duda habían hecho un recorrido similar al suyo.

Entonces los hombres se miraron los unos a los otros y se vieron por primera vez.

En ese mismo instante se escuchó un estrépito de montañas resquebrajándose, como si el mundo entero se estuviera desmoronando.

Y, en cierto modo, así era.

Nada permaneció igual a partir de ese día, porque ese día...

Ése fue el día en que terminó la guerra.

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