Filmoteca de 'Los mercenarios'
Las macho movies siempre vuelven

Sobre el fallecimiento de Menahen Golam, 'Los Mercenarios 3' y otras cosas del querer matar.

12/09/14 · 8:00

Con el estreno de Los mercenarios 3 a días vista, murió en Israel uno de los cabezas visibles de la productora cinematográfica Cannon, Menahem Golam. Este empresario y cineasta vivió tiempos de gloria en la década de los 80, cuando impulsó películas sobre casi cualquier faceta de la agenda reaganista. Trató el terrorismo islamista (Delta Force), la guerra contra la droga (Delta Force 2), azuzó el revisionismo sobre la guerra del Vietnam (Desaparecido en combate)... e incluso concibió delirantes planes de terrorismo cubanosoviético en Miami (Invasión USA).

Según la mirada Cannon, el mundo fuera de los Estados Unidos era poco menos que un campo de batalla (la idea ha acabado imponiéndose en las administraciones Bush y Obama, como sugiere el documental Dirty wars). Pero sus películas también dibujaban a las urbes nacionales como junglas de asfalto. Las garantías constitucionales se consideraban una carta blanca para la delincuencia, así que se justificaban la brutalidad policial y el vigilantismo. En este último aspecto, destacaron las cuatro secuelas de El justiciero de la ciudad, protagonizadas por un Charles Bronson convertido en pistolero vocacional. Para el recuerdo queda el desenlace de la tercera entrega, El justiciero de la noche: hordas de jubilados masacran pandilleros a plena luz del día, mientras el protagonista y un comisario de policía matan juntos en un hito de la cooperación público-privada. Semejante locura fue número uno en taquilla en el fin de semana de su estreno norteamericano. Como para reflexionar sobre ello.

Golam y su primo Yoram Globus crearon escuela. Explotaron el reverso más ultraviolento e insensible de los infantiloides años 80 de Spielberg y George Lucas. Los productores independientes aún tenían espacio para competir entre entregas de La guerra de las galaxias o Indiana Jones, y Cannon apostó por el patrotismo militarista... contradictoriamente mezclado con un individualismo furibundo. Un joven halcón republicano, proviniente del activismo estudiantil, quiso imitar la receta con el díptico anticomunista Red Scorpion. El nombre del emprendedor era Jack Abramoff: convertido en lobista, acabó encarcelado por evasión fiscal y conspiración para el soborno de funcionarios públicos. Recientemente, Abramoff inspiró una ficción (Corrupción en el poder) y un documental sobre sus andanzas (Casino Jack and the United States of money). Todos los caminos conducen a la gran pantalla.

Golam y Globus, eso sí, fueron suficientemente inteligentes para no loar a los muyahidines afganos, como sí haría la factoría Carolco con Rambo III. En ella, el mentor del protagonista aleccionaba a un militar soviético: no se puede mantener el control de un país con la población autóctona en contra. George W. Bush se debió perder el estreno, o quizá olvidó este mensaje a causa de sus días de vino y rosas. Quizá lo mejor que se puede decir de la desestructurada familia Cannon es que algunas de sus estrellas parecen sinceramente fanáticas (Chuck Norris profetizó "mil años de oscuridad" si Obama conseguía la reelección), y no solo agitadores profesionales. Triste consuelo.

Los forzudos de siempre, con bótox y lifting digital

El éxito de John Rambo y Los mercenarios ha contribuido decisivamente a que las macho movies vuelvan a abandonar el purgatorio de la serie B. Algunas estrellas son nuevas, como Gerard Butler, pero las ideas no lo son tanto. Objetivo: la Casa Blanca, por ejemplo, se asemejaba a un remake arisco de La jungla de cristal. Mientras tanto, Sylvester Stallone hermana el guión cinematográfico con la práctica del sudoku en su franquicia mercenaria: contratata a decenas de viejas glorias, estructura sus cameos, organiza algunas escenas de acción y decora el resultado con chascarrillos autocomplacientes y alguna pelea cuerpo a cuerpo. Quizá la única novedad relevante de esta saga es la coralidad desaforada.

Los tiempos han cambiado, sí, comenzando por la omnipresencia de los trucajes digitales subcontratados a estudios búlgaros o indios. La globalización también desaconseja que se satanice a países reales, así que hay que inventarse repúblicas exsoviéticas para no perder un sólo mercado. O, mejor dicho, un sólo mercado lucrativo: en el remake de Amanecer rojo se sustituyó digitalmente, ya en plena posproducción, a enemigos chinos por norcoreanos. Eso sí, Los mercenarios 3 resucita tics preglobales: centenares de soldados sin rostro ni personalidad, manifiestamente incompetentes, mueren bajo el fuego de un equipo de poco más de diez hombres. La superioridad estadounidense es tan manifiesta que roza el supremacismo.

El esqueleto dramático de la nueva película es extraordinariamente pueril: venganza contra el compañero traidor a quien creían muerto, compañerismo testosterónico de chascarrillo y pique, con el sufrimiento fuera de plano para no indigestar a un público ¿familiar?. Vuelven Stallone, Schwarzenegger, Jason Statham o Jet Li, con refuerzos como Mel Gibson y un Antonio Banderas histriónico y españolísimo. Harrison Ford deambula por la pantalla, diciendo que hacía años que no se divertía tanto (apunte: acaba de matar a decenas de personas). Esta vez, ni siquiera se incrusta en la narración una subtrama romántica, por artificial que ésta pudiese resultar. Todo conduce a un desenlace ruidoso y extenuante: minutos y minutos de destrucción computerizada inverosímil e interminable.

El visionado tiene algo de experiencia impúdica, al mostrar a actores veteranísimos conduciendo autos de choque y jugando a indios y vaqueros ante una audiencia insólitamente transversal. El público objetivo del producto, al parecer, son treintañeros y cuarentones nostálgicos. Pero se alteró el montaje del filme para conseguir una rebaja en la clasificación por edades. Violencia para todos, por tanto. Y recelo hacia la legalidad internacional. Cuando un agente de la CIA solicita al protagonista que capture vivo a su adversario y lo entregue al Tribunal de La Haya, Stallone tuerce (más) el gesto. Con él, lo hace el espectador: ¿un juicio, para que sea absuelto por un tecnicismo? Puro cine de los ochenta.

No hace falta sorprenderse con este raro respeto a instituciones supranacionales por parte de los Estados Unidos. Para tranquilidad de la audiencia, se impone la lógica (violenta) del género. Y es que Los mercenarios 3 se ha ganado inmediatamente un lugar en el panteón de las cintas de acción con desenlaces filototalitarios, en la tradición de Arma letal 2 o El principiante. En ellas, los policías protagonistas ejecutaban extrajudicialmente a adversarios desarmados ante el entusiasmo general. Aquí, el héroe asesina al malvado y afirma: “Yo soy La Haya”. Poco después, lo celebran en un garito.

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