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John Carpenter meets The Black Panthers

La distopía 'Anarchy: la noche de las bestias' proyecta simpatía por la disidencia. El suspense en espacios reducidos, hilo conductor de su predecesora, se convierte en acción itinerante al estilo de '1997: rescate en Nueva York'.

27/08/14 · 8:00
Anarchy: la noche de las bestias.

La incansable factoría Blumhouse, responsable de terrores de bajo coste como Insidious (2011), presentó The Purge: la noche de las bestias en 2013. Era una historia de asedio en espacios reducidos, coloreada de distopía al situarse en unos EE. UU refundados a golpe de patriotismo y religiosidad. En ellos, se organiza anualmente una noche de barra libre criminal: la población da salida a sus impulsos destructivos y homicidas, contribuyendo de paso a una pretendida sostenibilidad demográfica y económica. Porque esa autodenominada purga tiende a victimizar a los más vulnerables, agredidos o ejecutados por individuos con mayores recursos económicos.

El primer filme llevaba el conflicto ético a escenarios domésticos. Una familia bien situada apoya esa extraña catarsis sin participar en ella. Los protagonistas sólo toman partido cuando ponen rostro a una víctima, un vagabundo perseguido que les solicita asilo. La narración se convierte entonces en una pesadilla de violación del hogar, en la tradición de La habitación del pánico (2002) o Los extraños (2008), esta vez por parte de asesinos pijos. Aun con sus limitaciones creativas, algunas de ellas autoimpuestas o asociadas al exiguo presupuesto, la producción resultó altamente lucrativa. Por ello, Blumhouse ha impulsado rápidamente una secuela... menos continuista de lo acostumbrado.

Hackeo y derechos civiles

Un aspecto curioso de la primera entrega es que la purga se retrata como un éxito: delincuencia y desempleo se reducen a mínimos históricos. La solución genocida a problemas socioeconómicos se vislumbraba como potencialmente exitosa, pero éticamente inaceptable. Quizá la sci-fi adolescente In Time (2011) atinaba más en su diagnóstico: a las clases extractivas les pueden beneficiar poblaciones al límite de la supervivencia, más que eliminaciones en masa. En este aspecto, The purge: la noche de las bestias no parece más que una provocadora fábula de autorregulación salvaje, de mantenimiento del statu quo mediante prácticas aberrantes, que señala a sus responsables y también (esto es más novedoso) a sus cómplices pasivos.

Anarchy: La noche de las bestias reorienta parcialmente el esquema. La purga no es un sueño-pesadilla de violento laissez faire anarcocapitalista, sino una práctica dirigida: las instituciones cometen mascares organizadas porque los ciudadanos no asesesinan tanto como deberían. ¿Un reflejo de ese sistema que se dice liberal pero interviene para proteger intereses plutócratas? Sea como sea, el guionista y director James DeMonaco profundiza en su simpatía por la desobediencia, reinventando la posible franquicia con algo más que un lavado de cara. Porque el nuevo filme se aleja del suspense claustrofóbico, y propone una odisea de acción itinerante como 1997: rescate en Nueva York (1981), concebida en pleno pánico a las bandas juveniles.

El autor de esta última, John Carpenter, se había inspirado en un clima de peticiones de mano dura y thrillers del vigilantismo, sin enfrentársele abiertamente. DeMonaco, en cambio, es más directo. En este sentido, se acerca a 2013: rescate en Los Ángeles (1996), donde un Carpenter maduro presagiaba la escalada teocéntrica posterior al 11-S... mucho antes de que se derrumbasen las Torres Gemelas. Anarchy: la noche de las bestias no desprende la personalidad de las obras del maestro, ni incluye sus característicos medios tiempos. Pero esta misma convencionalidad otorga al pastiche una aparencia más sobria, menos pintoresca que aquel 2013 de cómic. Con todo, incorpora algunas estridencias, como la caricaturización de los antagonistas: hipermaquillados tópicos andantes, parecen salidos de una recogida de fondos para el Tea Party. Son figuras más propias de slashers burlescos (Muerto el 4 de julio --1996--, El republicano --2006--) que de una fantasía con ciertas pretensiones de verosimilitud.

DeMonaco y compañía miran al presente y al pasado. En tiempos de desconfianza respecto al futuro, recuperan iconografía del cyberpunk (como el hackeo libertador, también presente en Elysium --2013--) dominante en los sombríos años del reagan-thatcherismo, combinándola con mitos de lucha por los derechos civiles. Son unos afroamericanos armados, actualizaciones tecnoactivistas de las Panteras Negras, quienes protegen a los héroes de unos sicarios de la seguridad privada. Y es que, como en Hostel (2005), se vuelve a mostrar asesinatos recreativos por parte de los pudientes, cambiando la tortura por la caza en entornos controlados. Este pasaje narrativo tiene algo de versión futurista de El malvado Zaroff (1932): una puesta al día posmoderna que, como Blanco humano (1993), ya no se sitúa en escenarios coloniales porque también hay vidas de segunda en lo que se considera el primer mundo.

Al final, los gestos filorevolucionarios conviven con llamadas a la cooperación entre grupos enfrentados del 99%, los ajenos a esas élites de gran guiñol que sobrevuelan la obra. Así, el audiovisual estadounidense sigue guiñando el ojo al malestar ciudadano. Aunque sea de manera ocasional, aunque El amanecer del Planeta de los Simios (2014) haya puesto el freno respecto a su predecesora... y quede a años luz del atrevimiento de La rebelión de los simios (1972).

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