Memoria y literatura
La literatura que sí nos representa de López Salinas

Recordamos al escritor y activista Armando López Salinas, quien murió en la pasada primavera.

26/08/14 · 8:00

La vida y la literatura de Armando López Salinas son un edificio de dignidad. De lucha continua, del grito que no pierde los decibelios ni la coherencia pese a la adversidad y al inexorable avance del silencio. Desde muy joven, durante la posguerra, empezó a militar en el Partido Comunista escribiendo los folletos que más tarde se lanzaban en plena calle. Desde entonces, su trayectoria política e intelectual fue ligada al partido, ejerciendo de director de la publicación Mundo Obrero y de corresponsal en Madrid de la “Radio Pirenáica”. El itinerario que marcaron sus pasos nos permite recordar –y más en el acontecer de los últimos meses– que la democracia no la construyeron pactos y acuerdos sino el trabajo incansable de aquellos que, como López Salinas, se encontraban en la cárcel el día que Franco murió, pero también de los que se habían visto obligados a desplazarse a un país lejano, o de los que aún hoy siguen enterrados en las cunetas de las carreteras. López Salinas abandonó la literatura pronto, en una época en la que era imposible ser escritor y activista, para refugiarse en la clandestinidad. Pero, pese a la batalla contra la censura como literato y contra el franquismo como político, consiguió legarnos algunas de las obras que legitiman el realismo de mediados del siglo XX.

En La Mina, seguramente la obra que mejor representa su narrativa, reflejó las vicisitudes y desdichas de los trabajadores del campo andaluz y de la minería en una pequeña ciudad manchega. Y lo hizo con un estilo directo y limpio, con esa huella casi ausente que los escritores inteligentes relegan en favor de la voz de sus protagonistas. Su realismo no es dogmático: encadena la descripción más escrupulosa con el torrente de la consciencia de sus personajes. No permite que los protagonistas se conviertan en tipos estandarizados, los construye con todas sus complejidades y contradicciones. En Año tras año son los trabajadores y obreros de un Madrid vencedor quienes sobreviven al miedo y a la represión. La condición de novela publicada en el extranjero le permite dar una vuelta de tuerca al realismo, que en escasas ocasiones podía desarrollarse: el reflejo de la actividad política clandestina y del pensamiento socialista.

Pero la muerte el pasado mes de marzo de López Salinas no es tan solo la desaparición de una de las plumas más interesantes de nuestro realismo. Significa también la pérdida de visibilidad de todos aquellos que viven en sus novelas. Muere el autor, pero también muere con él un poco más la generación de olvidados y silenciados que el escritor hacía aflorar en sus oraciones y sintagmas. Porque la palabra es siempre –o debería ser– afirmación y reivindicación de existir. Las novelas de López Salinas dan voz y recuerdo a los que la historia se empeña en dejar atrás. Gracias a su prosa tenemos memoria. Y es gracias a esta memoria que podemos articular presente y futuro.

La notoriedad de López Salinas reside asimismo en la actualidad de las situaciones que plantea. En La mina, una familia que ha dedicado toda su vida a ganarse el jornal con el trabajo de la tierra y ahora ve agotado su medio de subsistencia, parte a una pequeña ciudad para intentar labrarse un futuro en la minería. El resultado es el descenso a los infiernos, a un sistema desigual y de explotación que solo permite al trabajador, sea cual sea su oficio, habitar una miseria que pervive y que no cede. En nuestros días, al igual que la familia de Joaquín entonces, emigramos –nos exiliamos– a otros países de Europa en busca de cualquier trabajo que nos ayude a mantenernos en pie. Esos que cogimos nuestras pocas pertenencias para encaminarnos hacia la mina somos los mismos que ahora recogemos las migajas del trabajo que sobra a una Europa cuyo modelo económico también se desmorona.

Mirar a la muerte de López Salinas es reflexionar también sobre qué es y qué debe ser la literatura. Pese ser finalista en el premio Nadal en 1959 por La mina, su obra quedó relegada del canon literario de la narrativa en español. Aunque la editorial Akal reeditó el año pasado esta novela, el camino para encontrar los libros de López Salinas se convierte en un periplo de vacío y de burocracia. Sus novelas son un cristalino ejemplo de la inyección anestésica que la Cultura de la Transición (CT) introdujo al aparato de la crítica literaria, que admitía exclusivamente aquellas ficciones que servían a un modelo democrático de consenso obligado y de aniquilación de la memoria. Por eso, con la muerte del autor, nos quedamos también un poco huérfanos aquellos que no estamos dispuestos a que nuestra literatura la hagan otros, aquellos que leemos y queremos seguir leyendo las palabras y los enunciados que sí nos representan. Pues leer a López Salinas es leernos a nosotros mismos. Es (re)pensar nuestra vida conjugando pensamientos y acciones en primera persona del plural. A través de la calle, que con tanta convicción defendió el autor, a través de ese abrazo colectivo de una multitud que escupe al unísono. Porque la literatura de López Salinas es aquella que no nos abandona, aquella que nos visibiliza y nos reivindica. Aquella que no permite que el silencio y el olvido lo arrasen todo.

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