Las "señoritas" de Aviñón

Las diferencias entre hombres y mujeres también existen en el mundo de la cultura, en el teatro, en el Festival de Aviñón. La desigualdad de género puede observarse al menos en dos aspectos : la desproporción entre hombres y mujeres en las compañías y la abundancia de obras que ofrecen representaciones estereotipadas de «lo femenino».

02/08/14 · 20:55
Las Señoritas de Aviñón de Picasso

1. El teatro es (sobre todo) cosa de hombres

El público del Festival Off está compuesto mayoritariamente por mujeres (en 2013 adquirieron 2/3 de los abonos del festival) ya que, según un responsable del servicio de prensa del Off, « en Francia son mayoritariamente las mujeres las que llevan a los hombres al teatro ». Además, el 64% de los abonados tienen más de cincuenta años, lo que coincida con la percepción general de que las mujeres mayores son el colectivo más presente en las calles y teatros de Aviñón.

Este predominio femenino se invierte cuando observamos las compañías que actúan en el Off. Como en todos los ámbitos sociales, el desequilibro numérico de género es muy pronunciado en los puestos directivos. Aunque no existen estudios precisos en esta materia, basta observar el programa del festival para confirmar que la gran mayoría de las obars están dirigidas por hombres. De las 48 obras representadas en cuatro de los teatros con más renombre de Aviñón (la Chapelle du Verbe Incarné, le Chene Noir, la Manufacture y les Halles) solo 14 están dirigidas por mujeres ; y esta diferencia se acentúa si observamos el cartel de dos teatros comerciales -el Laurette y el Paris-, en los que solo tres de los 41 espectáculos están dirigidos por mujeres.

Este desequilibrio se mantiene entre los técnicos, según el servicio de prensa del festival. La cosa es más complicada en los actores : después de haber visto alrededor de treinta obras, uno llega a la coclusión que más hombres que mujeres en escena, sobre todo en los papeles protagonistas. Sin duda una de las razones es el tradicional machismo de los dramaturgos de todas las épocas y orígenes, que hace que las mujeres apenas estén presentes en las obras anteriores al siglo XX y casi siempre ocupando roles subordinados. Sin embargo, no toda la culpa es de Molière y compañía : el predominio masculino también se da en las nuevas creaciones. Basta echar un vistazo al voluminoso programa del Off para comprobar la escasez de rostros femeninos en los carteles de las obras, y cuando están presentes cumplen a menudo una función de reclamo sexual.

2. Una imagen estereotipada de las mujeres

El mayor número de actores que de actrices lleva a muchas compañías a asignar personajes femeninos a hombres. Representar varios personajes en una obra es siempre un reto ; algunos de los trucos para conseguirlo son identificar a cada personaje con una prenda determinada, que el actor se quita y se pone para cambiar de rol, o adoptar estilos de actuación muy diferentes, sobre todo modificando la voz y los tipos de movimientos. Cuando un hombre hace un personaje femenino, la elección es casi siempre la misma : voz chillona, ademanes exagerados y ridículos, y un texto que se corresponde con el estereotipo de mujer coqueta, superficial y corta de luces. Esto no sucede solo en montajes facilones en los que el histrionismo es la norma, como Teatro comico, sino también en obras representadas por actores excepcionales que serían perfectamente capaces de hacer varios personajes sin recurrir a imágenes denigrantes de las mujeres, como François De Brauer en La Réforme Goutard o Élie Triffaut en Faust. De hecho, hay afortunadas excepciones, como la interpretación que Nelson-Rafaell Madel hace de Andrómaca en la valiente versión de la obra de Racine montada por Néry. El actor utiliza el recurso de cambiarse de vestuario al cambiar de personaje y cuando recita el desgarrador monólogo de Andrómaca, el público queda tan sobrecogido como si fuese una actriz.

Son muchos más raros los casos en los que mujeres hacen de hombres ; parece que los directores no confían en que una actriz pueda hacer un papel masculino, lo que les lleva en ocasiones a soluciones tan lamentables como la de Jean-Pierre Armand en Camille Claudel, l'interdite. Se trata de una obra sobre la vida de Claudel, escultora discípula de Rodin que fue recluida durante treinta años en un psiquiátrico como castigo por su carácter de artista independiente y soltera, con el agravante de poder hacer sombre a su maestro. Ante la necesidad del personaje de Paul -hermano de Camille- el director ha optado por proyectar su imagen y grabar una voz masculina, de modo que Dominique Bru -la actriz que representa a la escultora- se ve obligada a desperdiciar su talento hablándole a una pared.

Por suerte, también hay algún ejemplo de mujeres que interpretan a personajes masculinos (Pourquoi ont-ils tué Jaurès?), pero aquí se considera suficiente que las actrices se caractericen mediante el vestuario y accesorios como bigotes, sin recurrir a una interpretación encerrada en el estereotipo de masculinidad. El teatro es el arte de jugar a ser otro y nunca es problemático cambiar de época, de edad, de posición social o de origen geográfico. Sin embargo, cuando se trata del género, muchos directores olvidan el poder de la convención teatral, que permite a actrices y actores cambiar de identidad sin necesidad de recurrir a una interpretación basada en estereotipos de género trasnochados.

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