De una democracia que no pudimos conocer

La memoria de quienes imaginaron otra Transición sirve para no empezar ahora de cero.

Texto de Germán Labrador

27/07/14 · 12:25
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En la redacción de 'Ajoblanco'. / Pep Domenech

Un mundo nace mientras otro se resiste a morir. Multitudes. Asambleas. Proclamas por una verdadera democracia. Nadie tiene trabajo ni dinero, pero sí tiempo y ganas de hacer cosas. Una foto anuncia: “Llevamos un mundo nuevo en nuestros corazones”. Represión policial. Grafitis y murales y centros ocupados. Huertos urbanos. Barrios en lucha por escuelas y hospitales. Protestas y autogestión en Gamonal. Un cartel sobre uno de los leones del Congreso pide “Libertad detenidos”. No estamos en 2014. Cuento lo que se ve en las páginas de Ajoblanco, cuando todavía podía pasar cualquier cosa, año 77, 78, en el corazón de la Transición a la
democracia, aunque se trate de una democracia que no conocimos y de una Transición que nos han contado muy poco.

A base de escuchar que todo era genial, justo hasta que llegamos, y que allí no sucedió nada, nos hemos dejado arrebatar nuestra Transición, la de quienes creían que la democracia tenía más que ver con personas, colectivos y autonomías que con votos, siglas y aparatos de Estado. Aunque tengan su razón quienes lo dicen, ¿de qué sirve saber que todo estaba atado y bien atado y que dentro y fuera del Estado español había demasiados intereses en una democracia de perfil bajo? Hacen falta las razones de lxs que no se conformaron porque pensaban que la política tenía poco que ver con votar cada cuatro años.

La Transición, tal y como brilla desde las páginas de Ajoblanco, son las luchas por la amnistía de lxs presxs políticxs tanto como las huelgas de lxs comunes que incendiaron las cárceles. Son los derechos de reunión y de expresión y la lucha contra la Ley de Peligrosidad Social, que permitía encarcelar a cualquiera, acusándolo de rarx, drogota, pasota o quinqui. La democracia por venir era la transformación colectiva de la vida cotidiana, porque la vida que existía era inaceptable, como la explotación laboral, el consumo, las letras del banco, la sociedad del espectáculo y el nacionalcatolicismo. La del activismo vecinal, la huelga salvaje contra el capital, la huelga de hambre contra las torturas, la cultura alternativa y los cineclubs, los muchos mayos del 68 y las memorias de las luchas sociales de los años treinta. La de abortistas, objetores, insumisxs, iconoclastas, nudistas, maestrxs antiautoritarixs, saboteadores, periodistas independientes, comunerxs, cooperativistas, activistas de género y documentalistas. Claro que los setenta fueron años de lucha y de conquista de derechos, pero derechos hay de muchos tipos y en Ajoblanco se habla del derecho a la ciudad, al gobierno de nuestros cuerpos, a la belleza, a la felicidad y a la autorrealización, a la memoria y a la utopía. Todas esas formas de juntar vida y política expresaban, a nivel de la calle, la complejidad incesante de un país que, de pronto, se había vuelto ingobernable porque se quería gobernar solo. Lo llamaban la hidra democrática.
El 'Ajo' expresaba un país que, de pronto, se había vuelto ingobernable porque se quería gobernar solo
El problema de renunciar a la memoria no es el riesgo de repetir el pasado, sino la condena a empezar siempre de cero. Así será muy difícil hacer cosas que duren. Nuestros esfuerzos, como las páginas del Ajo, son efímeros. La memoria es saber cómo duran las cosas, cuánto tardan, a dónde se va aquello que se pierde. Para saber de eso se requieren lugares donde algo de las cosas permanezca cuando éstas no estén. Es decir, se necesitan archivos. Esa democracia en construcción de hace treinta años generó el suyo, cuyos fragmentos pueblan librerías de viejo y blogs de internet.

Ajoblanco fue durante casi una década el órgano de expresión de una juventud transformadora. Como una tabla de surf sobre la cresta de una ola, llevaba en su lomo palabras libertarias que acabarían dispersas en las playas de los años 80, entre chutas y muertos, clandestinidad, viejos libros, vidas privadas, hedonismo e idolillos felipistas. La democracia que allí se estaba tejiendo es invisible desde los parlamentos o desde la óptica de lxs historiadores al servicio del Estado y la corona. Pero nos basta con contemplar cómo brilla desde las páginas de aquella revista prodigiosa para saber cómo iba a ser aquella democracia que nunca conocimos, y acaso, como en la imagen extraña de un familiar que murió sin conocernos, podremos alcanzar a reconocer en su nariz un trazo de la nuestra.

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