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Competir hasta la muerte

Battle Royale es una respuesta violenta y oscuramente humorística a los discursos antisociales de un Japón en crisis económica.

29/07/14 · 8:00
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42 estudiantes son llevados a una isla desierta por el ejército: allí deberán asesinarse entre ellos, porque sólo uno podrá sobrevivir y retomar su vida. Ésta es la premisa de Battle Royale (2000), una historia de ultraviolencia juvenil con dosis de comedia negra, ahora recuperada en formato Blu-ray. En buena medida, la película ha vuelto a la actualidad a causa de su crítica al dogma de la competitividad y al éxito de la serie literaria y cinematográfica Los juegos del hambre (con la que mantiene puntos en común). Adaptación de una novela de Takami Koushun, se sitúa en un futuro cercano en el que Japón tiene problemas de desempleo (nota para la Europa mediterránea: diferencias de contabilidad al margen, los autores consideran apocalíptico un 15% de paro), improductividad juvenil y coste del sistema educativo. La delirante respuesta a todos esos problemas es organizar un espectáculo de competencia hasta el exterminio.

Hay una evidente vocación de ridiculizar determinados discursos antisociales, muy dominantes en el mundo real, reduciéndolos al absurdo

A pesar de dirigirse a un público joven, el filme es obra del veterano Fukasaku Kinji, renovador del cine de género en los años 70 mediante thrillers de una intensidad que rozaba la histeria como Cops vs Thugs. Fukasaku recupera ese gusto por las interpretaciones extremas y los momentos guiñolescos, usando apacible musica clásica como contrapunto.

Los juramentos de amistad eterna, los amores púdicamente ocultados hasta el momento de la catástrofe, también friccionan con las escenas de mayor brutalidad. Se suceden las muertes, degüellos y explosiones craneales, en una versión agitada y sangrienta de los Diez negritos de Agatha Chris­tie. Pero no falta un elogio implícito de la solidaridad y de la confianza, contrapuesto al individualismo extremo que se exige a los participantes: subsisten algunos de los chicos más generosos porque la colaboración, aun tardía, hace la fuerza.
Fukasaku difumina los componentes más futuristas del libro, quizá buscando una mayor proximidad del espectador con los acontecimientos. Porque hay una evidente vocación de ridiculizar determinados discursos antisociales, muy dominantes en el mundo real, reduciéndolos al absurdo. El resultado incluye temas y situaciones que recuerdan a distopías nacidas durante las revoluciones neoliberales estadounidense e inglesa. Aparecen mezclados con elementos propios, como una crisis económica que socavaba algunos de los contrapesos nipones a la economía de mercado más desregulada (como la enorme estabilidad de su mercado laboral masculino). Un personaje del filme, con un familiar de pasado revolucionario, prepara una bom­ba para boicotear el juego.

El detalle no es menor: en el making of incluido en la edición videográfica, Fukasa­ku recuerda sus años de protestas estudiantiles y lamenta que su generación no usase armas contra las autoridades como sí se hizo en la década de los 70. Sería la epoca en que dos jóvenes cineastas, Wakamatsu Koji y Adachi Masao (que acabaría viviendo en la clandestinidad más de 20 años), filmarían el documental Red Army / PFLP: Decla­ration of World War en campos de entrenamiento en Líbano. Fuka­saku recoge algo de esta rebeldía extrema, incomparable con los malestares adolescentes de Comporta­mien­to perturbado o The Fa­culty, sin explicitarla con total claridad. Sería en Battle Royale II donde se desbordaría cualquier referente del Holly­wood mainstream, a través de un enfoque decididamente partidario de la lucha armada, aderezado con críticas a la política exterior estadounidense y al sufrimiento que ésta ha causado. Toda una provocación en un mundo que acababa de contemplar por televisión el derrumbe del World Trade Center de Nueva York. 

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