Cordada

Nos conocimos en Chamonix. Dos días antes. Mi compañero de viaje había tenido que regresar a casa y yo andaba por la rue du Paccard mirando postales. La météo era perfecta para los siguientes días, pero no me atrevía a moverme solo entre aquellas grietas glaciares. Necesitaba alguien que se atara al otro lado de la cuerda. Y apareció Carolina. Venía del Everest de dar apoyo a una expedición colombiana y me pareció la compañía ideal.

, Madrid
01/07/14 · 8:00
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Nos conocimos en Chamonix. Dos días antes. Mi compañero de viaje había tenido que regresar a casa y yo andaba por la rue du Paccard mirando postales. La météo era perfecta para los siguientes días, pero no me atrevía a moverme solo entre aquellas grietas glaciares. Necesitaba alguien que se atara al otro lado de la cuerda. Y apareció Carolina. Venía del Everest de dar apoyo a una expedición colombiana y me pareció la compañía ideal. Yo conocía aquella parte del macizo y entre los dos preparamos una ruta de dos días. Nunca me había metido en alta montaña con un desconocido. Nos íbamos a enamorar.

Cruzamos el glaciar de Argentière a golpe de brújula, entre una niebla intensa que nos hacía dudar a cada paso y sorteando grandes grietas. Cuando empezábamos a impacientarnos apareció el refugio tras la niebla y nos abrazamos emocionados. Fotografiamos el atardecer, escuchamos asustados algunas avalanchas que venían de Les Droites, preparamos té y compartimos las sucias mantas que allí había. No pegué ojo aquella noche. Su respiración me despertaba a cada momento y me hacía imaginar las cumbres que alcanzaríamos durante los próximos años unidos por una cuerda.

Nos pusimos los crampones a las 3h y salimos en dirección a la impresionante pared noreste de Les Courtes. No había dormido nada y le propuse cruzar por el más asequible Col des Cristaux. Allí nos abrazamos a las 8h y me quedé con ganas de decirle que la amaba. El descenso resultó complicado y expuesto, y llegamos seis horas más tarde al refugio de Couvercle. Agotados, deshidratados y quemados por el sol. Allí Carolina se fundió en un abrazo con el guarda. Me dijo que habían sido dos días maravillosos y que nos volveríamos a encontrar. Y desapareció dentro del refugio. En una mano su chico y en la otra todavía el piolet.

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