Culturas e infancia
De qué niños hablamos cuando hablamos de los niños

Una constelación donde podríamos existir.

12/04/14 · 8:00
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Enfermos de infancia y juventud, como en el cuento de Kafka "Josefina la cantante"; en el pueblo de los ratones efectivamente existirían hoy niños, pero sin rasgos infantiles, al igual que existirían adultos, pero no madurez. Este doble movimiento no puede dejar de inquietarnos. Según la Ilustración, la emancipación de la humanidad estaba condicionada al abandono de la minoría culpable de edad. También Lenin advirtió de los peligros de la enfermedad infantil en el comunismo. Hoy, la mayoría soñada no parece haber encontrado maneras ni de detener el desastre, ni de hacerse con las ruinas de su propio proyecto, y se acusa a lo que de infantil o juvenil pueda contener el mundo. Amadas y sobreprotegidas o detestadas y culpabilizadas, nos hemos acostumbrado a señalarlas como un mal mayor.

Con Benjamin podríamos comprender la infancia ya no como el vehículo de la catástrofe del siglo, ni la juventud como contenido universal de las fantasmagorías, sino como la condición menor que resulta del desastre del progreso, esa “nueva miseria” que nos dejó enmudecidos, con nuestros “diminutos y frágiles cuerpos humanos, en los sucios pañales de la época”. Perdimos la herencia de la humanidad, que canjeamos por lo actual y un poco de confort y ya no harían falta catástrofes para declarar la ruina del presente y las presencias. Experiencia común expropiada, pero en situación de poder hacer una experiencia de esta pobreza por la infancia y la juventud. Resto, pequeña rendija, puerta estrecha por la cual se efectúa el tránsito de la destrucción a la utopía.

Inspirados en las aventuras incompletas de Debord, Tiqqun-Comité Invisible conformó sus sueños en torno a la figura del niño perdido que busca sustraerse del sueño prescrito por el capitalismo, encarnado en la figura también joven e infantil de La jovencita (Acuarela, 2012). “El que actúa hoy, lo hace como niño perdido”, pero esta figura (niño encapuchado, niño riot escondido en la comuna del bosque que tanto se parece a la barbarie en el buen sentido imaginada por Benjamin: empezar de cero, arreglárselas con poco, mirando siempre adelante), tratando de sustraernos del sueño prescrito nos ha hecho entrar en otro misterio además de en la pesadilla policial. Su huida y guerra permanentemente resulta agotadora para muchas personas. Buscando sacudirnos el misterioso encanto de estos niños nos hemos topado con la masa, esa otra agregación infantiloide, de gente tan ignorante y torpe, tan aborregada como incivilizada por la que no se oculta un menosprecio (a menudo también en la izquierda) revelado igualmente en el trato infantil. Masa a la que podemos, según Benjamin, “ceder un poco de humanidad porque, un día, nos la devolverá con intereses”.

Quizá sólo cierta sensibilidad infantil esté dotada de un conjunto de potencias que puedan ponerse al servicio de otro sueño, pero el negocio se hizo con estas fuerzas. Capacidad de traer una nueva posibilidad del deshecho y la ruina. De imaginar una relación con los objetos distinta a las que indica el capital y su fantasmagoría. Capacidad de ruptura y experiencia que, a la contra de cualquier emancipación por la ignorancia, imagina preguntas y trabaja por crecer en saberes. Apenas recordamos ese modo de percibir el mundo que nos habilitaba para recrearlo, recombinarlo, imaginando maneras de insertarnos en él, poniendo las cosas seriamente en juego (en ocasiones de un modo más luddita que lúdico). Y es que la torpeza, la ingenuidad, es el nombre que en la actualidad adquiere muchas veces esa relación comprometida entre percepción y acción que amista al niño con el artista y las personas revolucionarias, que hacen de su percepción un sueño y una acción. No es fácil explicar por qué no crecimos de todo esto. Por qué no nos hacemos mayores en estas artes. No queremos volver a ser niños, sino salvaguardar cierta infancia “como constelación donde nosotros existimos”, decimos con Claire Fontaine.

Bajo la nueva-vieja guerra de la mercancía y el desahucio, la ilusión, la capacidad, parecen ser un bien escaso y cuántas veces nos rendimos. Quizá la idea de que otro mundo es posible sólo pueda sostenerse con un poco de infancia y juventud (los yayoflautas bien lo saben) porque resulta que al desahucio de nuestras vidas por el capitalismo, tan parecido al Garfio descrito por Cuenca, la gente responde organizándose, y descubre que la vulnerabilidad y la fragilidad es común, como la tarea de inventarnos otro estado de las cosas. Es por eso que no tiene sentido preguntarnos a los intelectuales qué hacer: son las luchas en marcha, la gente que actúa, las que nos lo advierten y señalan continuamente. Quizá vivamos ya no sólo en el tiempo del capitalismo de la juventud, sino también en el tiempo en el cual un conjunto de potencias menores puedan aparecer entre nosotros, de un modo mayor.

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