Hemingway, nunca Hemingway

La segunda versión cinematográfica de Adiós a las armas desprende aires de gran espectáculo orientado a lo romántico.

08/04/14 · 17:26
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Adios a las armas

En pleno centenario del estallido de la I Guerra Mundial, se recupera en formato Blu-ray Adiós a las armas (1957). Esta segunda adaptación fílmica de la obra escrita por Ernest He­mingway, dirigida por Char­les Vidor (Gilda), nació en un contexto muy diferente al de la primera versión. Entonces, el aislacionismo dominante en los Estados Unidos de entreguerras generó un pequeño oasis de cine antibelicista. Pero la intervención en la II Guerra Mun­dial, y la posterior Guerra Fría, normalizaron un militarismo que encontraría sus límites de aceptación ciudadana con Vietnam. Heming­way se había inspirado en experiencias propias para nutrir su novela. El protagonista, Frederick Henry, tiene algo de álter ego: conductor de ambulancias en el frente italiano, seduce a una enfermera voluntaria.

Desaparecen los personajes socialistas o anarquistas, los comentarios anticlericales y un aspecto esencial: los discursos más desencantados con la guerra
El productor David O. Selz­nick vistió la historia con ropajes de gran espectáculo. La duración de la película también refleja sus ambiciones: 152 minutos que son suficientes para acercarse a la letra de la novela. Respecto a ésta, el espectador atento encontrará incluso diálogos idénticos, pero también omisiones muy relevantes. Desaparecen los personajes socialistas o anarquistas, los comentarios anticlericales y un aspecto esencial: los discursos más desencantados con la guerra.

Los responsables del filme optaron por un dispositivo melodramático que realzase la historia romántica, tomándose libertades para conseguir escenas más lacrimógenas que en un original donde también se incluían abruptas rupturas con lo sentimental. La puesta en escena es más convencional que en el filme de Borzage, pero no neutra, puesto que su estética es embellecedora. Las imágenes de postal en Technicolor y el protagonismo de Rock Hudson remiten a los dramas de Douglas Sirk. Más de un cinéfilo  preferirá la película sobre la I Guerra Mundial que el mismo Sirk estrenó seis meses después, Tiempo de amar, tiempo de morir. Porque Adiós a las armas incluye diálogos apasionados pero difícilmente transmite pasión, ni mucho desasosiego salvo en su tramo final.

Censura y culpabilización

Si las convenciones del denominado Hollywood clásico se empezaban a agrietar en obras como Mientras Nueva York duerme, la propuesta de Selz­nick parece ajena a este fenómeno. Se diría que el productor buscaba repetir Lo que el viento se llevó en un mundo que había cambiado. Por el camino, traicionó uno de los elementos más interesantes de la novela: que el amor nazca de un juego seductor con componentes de engaño. Resultaba difícil de con­cebir en un star system, tanto en los años 30 como en los 50, que el protagonista de un drama romántico embaucase a una mujer transtornada por la muerte de su prometido. Pero, aceptando los peajes inherentes a una gran producción comercial, el tratamiento del desenlace llega a chocar. Si el filme de Borzage intentó convertir en aceptable la relación extramatrimonial de la pareja mediante añadidos narrativos, Vidor y compañía optaron por la culpabilización, por incluir coros angelicales que parecen sugerir un castigo divino a los amantes.

Uno de los motivos del establecimiento de una autocensura institucionalizada en Holly­wood fue evitar que el cine se empapase de las nuevas literaturas estadounidenses de Drei­ser, Hemingway o Steinbeck. Los autoproclamados reformistas querían proteger a una audiencia popular de algo que consideraban demasiado adulto, demasiado real. Las vidas cinematográficas de Adiós a las armas evidencian que ese objetivo se consiguió en buena medida. La primera versión fue una muestra parcial de la fuerza que llegarían a conseguir los censores; el segundo intento, filmado en los finales del macarthismo y con el restrictivo Có­digo Hays todavía activo, se alejó aún más de la visión creativa del escritor.

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