El Diablo a todas horas | Donald Ray Pollock
El calor agobiante de los sermones

Ha terminado la Segunda Guerra Mundial. Los restos de una generación de soldados regresa en autobús de la guerra del Pacífico. Pasan por pueblos de Ohio que tienen fábricas de papel que huelen a huevo podrido. Beben y vomitan. Entre ellos se encuentra Willard Russell, posiblemente el soldado más traumatizado desde que vio lo que quedaba del sargento de artillería Miller Jones, “desollado vivo por los japoneses”, un cuerpo “descarnado y ensangrentado cubierto de moscas negras”. Es Willard Russell quien pone la semilla de una historia triste y perturbadora.

26/03/14 · 8:00
Edición impresa

Ha terminado la Segunda Guerra Mundial. Los restos de una generación de soldados regresa en autobús de la guerra del Pacífico. Pasan por pueblos de Ohio que tienen fábricas de papel que huelen a huevo podrido. Beben y vomitan. Entre ellos se encuentra Willard Russell, posiblemente el soldado más traumatizado desde que vio lo que quedaba del sargento de artillería Miller Jones, “desollado vivo por los japoneses”, un cuerpo “descarnado y ensangrentado cubierto de moscas negras”. Es Willard Russell quien pone la semilla de una historia triste y perturbadora. Es él quien enseñará a su hijo cómo se da una paliza, como se deja a un hombre en estado vegetal para toda su vida. El diablo a todas horas no ofrece ningún tipo de concesión. Por sus páginas se respira una sequedad entrecortada. Leerlo da respeto. A veces miedo. Hace del silencio de los libros un silencio insoportable. Los personajes aparecen y desaparecen en sus páginas como una lenta nube negra: un maniático predicador pederasta; una pareja que se dedica a fotografiar autoestopistas agonizantes; un sheriff con el hígado petado muy orgulloso de sí mismo; y Arvin, el hijo de Willard Russell, intentando entender todo este mundo, todo este microcosmos de imágenes sanguinolentas y de desechos sociales andantes, personajes condenados por sus instintos y por un imaginario religioso de dimensiones bíblicas. Responderse a sí mismo y a su infancia: eso es lo que hará Arvin. Vivir en un lugar donde el asesinato es una forma de vida, donde la indigencia es un antídoto contra la exclusión, donde la asfixia y el calor de los sermones religiosos dan sentido a la existencia de los supervivientes del lugar de cambios Dios y por el Diablo.

Un mundo que Donald Ray Pollock ya desplegó en aquella compilación de cuentos llamado Knockemstiff, que recuerda a la dramática historia que Daniel Woodrell contó en Winter's Bones, una novela maldecida por la droga, la alienación y la muerte, y notablemente llevada al cine por Debra Granik. La escritura de Pollock recuerda a los puñetazos narrativos de Jim Thompson [PDF], el verdadero artífice de toda esta literatura, y sus historias hacen pensar en las acontecidas en otro Ohio evocado por Mark Kozelek en el último disco de Sun Kil Moon, donde madres magníficas mueren por la explosión de un aerosol, o donde asesinos en serie como Richard Ramírez abandonan el mundo al fin por causas naturales. Son personas bien muertas en la tristeza y casi en el anonimato, y que sólo gracias a la voz del autor pueden recuperar su nombre. Todo esto sólo se puede contar en una canción, o en un funeral abrasado por un cielo púrpura mientras una mantis sermonea escondida bajo una piedra. El diablo a todas horas está en peligro de extinción. El año pasado murió Gonzalo Canedo, el editor en castellano de estas historias, que ahora están más huérfanas que nunca a la espera de una necesaria recuperación. Nos dejó Libros del Silencio. Quien recoja el testigo recogerá también la maldición.

Tags relacionados: número 219
+A Agrandar texto
+A Disminuir texto
Licencia

comentarios

0

separador

Tienda El Salto