Música
Mursego: Música popular de aquí y ahora [“aquí” es ya todas partes]

Lo micro puede ser universal, nos dice Maite Arroitajauregui, sobre: ‘Hiru’, un viaje de la cumbia al rock pasando por el tango.

21/03/14 · 8:00
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Mursego en el festival ERTZ#10 en el gaztetxe Kaxerna, en Vera (Nafarroa) / ERTZETIK

A cada escucha, Hiru (Tres) incorpora nuevas piezas a un puzle que, de primeras, parece diseñado al azar. Si esa apreciación superficial tuviera algo de verdad, se vendría abajo porque las canciones que forman parte del rompecabezas se hacen gigantes en su sencillez. De la aceptación del antitrópico eibarrés a descubrir que el verdadero tesoro es una casa en África, de las olas del mar al descanso final en la retaguardia como perfecta metáfora, para Mur­sego parece existir un truco que estuviese dispuesta a no ocultar y enseñarnos con la condición de un ratito de nuestra atención para ver cómo una suma no tiene por qué tomar ninguna altura y si expandirse a cada uno de sus lados.

Hiru vuelve a no casarse con ningún estilo. En esta diversidad existe un reto a la hora de ensamblar y que el todo no sea sólo una suma de partes.

Sí, tenía miedo de que el disco fuera algo así como un cajón de sastre de diferentes estilos. Ése fue uno de los retos, que hubiera cierta cohesión entre las canciones. Supongo que la forma de componerlas, el violonchelo, el método (loop station) y grabarlas intentando mantener el espíritu del directo les da esa coherencia. Aparte, creo que la secuenciación de las canciones hace que la escucha quede bastante natural, hasta un punto narrativa. La variedad de estilos es un reflejo de la música que escucho, es una constante en mi día a día pasar de cumbia a hip-hop o a música barroca. Y toda esa diversidad a la vez hace que cuando me siento a componer intente no repetirme, buscar algo que no haya hecho antes.

Hay una riqueza de arreglos y capas, pero has conseguido evitar, con la dosis justa, que esté sobrecargado. ¿Es una dinámica interna o sólo una apreciación a posteriori?

Eso también es algo muy meditado. Aunque yo soy de la idea de “menos es más”, lo cierto es que por mi forma de componer y estructurar mentalmente las can­ciones con la loop station es fácil caer en la saturación, no existe la posibilidad de meter un arreglo puntual aquí y otro allá sino que las capas van en bloque. Por eso, hemos aprovechado las posibilidades que nos ha dado el estudio y, sobre todo, el curro alucinante que han hecho Ander (técnico) e Ibonrg (productor) a la hora de editarlas sin perder la perspectiva de que luego había que defenderlas en directo.

Sigues usando la voz como un instrumento sin que signifique un tópico. ¿Cómo consideras la evolución respecto a Bat y Bi?

El Bat fue un experimento muy inmediato e instintivo. Con el Bi ya tenía un bagaje a la hora de jugar con el método de composición y cierto control para acercarme a un formato más convencional de canción, a las melodías… En el Hiru hay una evolución personal y musical muy potente, cada vez me siento menos cellista y más música. Antes de grabarlo he trabajado en cine, danza o teatro, y creo que toda esa experiencia se ha volcado en el disco. Por ejemplo, hay un par de canciones recitadas que sin haber hecho Phantasma, un espectáculo junto a Rafa Berrio que combina música y poesía, no habrían quedado igual. También ha sido la primera vez que he trabajado con un productor, con mi amigo Ibonrg. En el Bi hubo momentos en que me sentí sola a la hora de tomar decisiones en el estudio, ahora ha sido todo lo contrario. Ibon tiene una tercera oreja, ha sido muy importante tenerle cerca en la grabación.

En realidad, tango, cumbia, afrobeat o incluso la industrial Retaguardia no se hacen ajenos a lo que pudiera esperar quien ya estuviera sobre tu pista.

Cuando salía de estudiar el cello me ponía Anestesia o Dut en el discman. Ya entonces tenía una tendencia hacia los contrastes. Luego he tenido la suerte de tocar en montón de bandas diferentes: Lisabö, Anari, Xabier Montoia… y eso ha ido yendo a la mochila. Respecto a la música popular, sea la cumbia o la africana, me interesa por lo que tiene de genuino, de reflejo de una realidad. También era una forma de reivindicar estilos que escuchamos con ciertos prejuicios.

Es un disco con canciones de vocación micro. De pequeños guiños pero a la vez universal.

Al final lo micro puede ser universal, suele serlo de hecho. Es lo que tiene de mágico –en el sentido de inexplicable– el lenguaje de la música. Mi amigo el escritor Iban Zaldua escribió un texto precioso sobre el disco que dice que aunque beba de la vanguardia, el folk, la clásica o el rock, no deja de ser música popular de aquí y de ahora, porque “aquí” es ya todas partes. En otra vida me gustaría ser etnomusicóloga.

Hay muchos nombres propios. De Kaurismaki a Battiato pasando por Nietzsche, José Afonso o Cravan, parecen anclajes básicos que se esperan compartidos con el oyente.

Éste es parte del imaginario que comparto con Víctor Iriarte, que ha escrito algunas letras. Todos ellos nos han influido. Buscaba un audio en portugués e Ibon me propuso la entrevista de José Afonso, porque era músico y por afinidad ideológica. Cravan, boxeador y poeta, qué más se puede pedir. Aparte Víctor participó en el rodaje de Cravan vs Cra­van, de Isaki Lacuesta, con quien yo también he colaborado en otros proyectos,  me encanta su trabajo. Kaurismaki es  una referencia central en mi universo: en Bi ya había una canción que hacía referencia a Un hombre sin pasado y en Hiru hay otra titulada como su actor principal (Gora Mar­kku Peltola!).

La canción eusnob, en la que tocas un tema hasta ahora casi nada explorado en cierto sector de la sociedad (no sólo vasca), ha generado algo de debate. Tiene un montón de referencias concretas y supongo que empezó como una parodia tomando de partida un texto de Beñat Sa­rasola y la Cumbiera intelectual de Kevin Johansen...

Utilizar referencias concretas es una forma de que el oyente se sienta interpelado. Podría haber infinidad de referencias más, de hecho en los conciertos suelo incorporar siempre nuevas. Mi intención cuando la compuse era hacer una autoparodia,  reírme de mi misma (creo que en Eus­kadi nos reímos muy poco de nosotros y habría que perder ese miedo) y, de paso, homenajear a amigos y conocidos. Claro que me gusta el cine de autor y comentar la jugada, pero me lo paso igual de bien hablando de temas escatológicos con mi amiga Aida de Júpiter Jon.

Uno acaba por perder la cuenta de toda la gente que ha participado. Mursego, como todo proceso interesante, también parece ser algo colectivo.

Sí, Mursego es un colectivo, una pequeña tribu. Cuando grabé el disco estaba embarazada de siete meses y andaba un poco turuleta tanto física como anímicamente, así que todo el sostén humano, emocional y artístico hizo posible que todo saliera adelante. Desde mis padres y mi familia hasta Ibonrg, al que le propuse que me ayudara con la producción y se implicó al 100%. Por supuesto, Víctor Iriarte escribiendo unas letras tan bonitas o Xabier Mon­toia, Harkaitz Ca­no, Beñat Sarasola, Iban Zaldua, Ramón M con el diseño… Fue un subidón ver como toda la gente a la que le pedía colaboración respondía con ilusión y compromiso. También Bidehuts y Lisabö, sin los que no hubiera podido editar el disco en vinilo. Cada vez tengo más claro que la autogestión y la buena gente son la única manera para hacer que  las cosas valgan la pena. //

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