El arte de la crisis
Pista de circo con aguafiestas

En El lobo de Wall Street, Martin Scorsese convierte una trama de estafa en una especie de anfetamínica comedia universitaria.

07/03/14 · 8:00
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Los cracks hipotecario y crediticio, junto con los dramas humanos que comportaron, nunca se convirtieron en un tema central del audiovisual hollywoodiense como los atentados del 11-S y sus derivaciones. Pero películas como Margin call o Malas noticias, aun con sus tendencias apologéticas, mostraban un cierto abatimiento ante la situación creada. Por mucho que dos pesos pesados como Martin Scor­se­se y Leonardo DiCaprio puedan gozar de una cierta autonomía creativa, que una ­superproducción vuelva a bromear sobre el mundo de las finanzas sugiere que la industria comienza a dar por terminada la crisis estadounidense.
 

El procedi­miento ­recuerda al call center de Glen­garry Glen Ross, sustituyendo los inmuebles por valores bursátiles y la competencia salvaje por un ambiente de fraternidad universitaria desquiciada

Vuelve la fiesta, pues, y Scorsese nos presenta a un campeón real de la estafa a gran escala en activo durante los 90. Jordan Belfort (Leonardo DiCa­prio) es un broker que, tras el cierre de una gran firma, se dedica a la venta telefóni­ca, agresiva y fraudulenta, de accio­nes basura. El procedi­miento ­recuerda al call center de Glen­garry Glen Ross, sustituyendo los inmuebles por valores bursátiles y la competencia salvaje por un ambiente de fraternidad universitaria desquiciada. Sí hay competitividad, pero sin la angustia que preside la obra teatral de David Mamet: El lobo de Wall Street visualiza el triunfo de un joven convertido en multimillonario timador reaganista, vendedor de “acciones basura a personas basura”.

Wall Street, Babilonia

Siguiendo en buena medida el molde narrativo aplicado a sus gángsteres de celuloide, pero potenciando el componente cómico, Martin Scorsese otorga a DiCaprio el protagonismo absoluto en esta bacanal de tres horas de sexo, drogas y despilfarro. Los responsables sostienen meritoriamente el ritmo, y usan las percepciones alteradas por las drogas como material cómico-patético. Para bien o para mal, no se da respiro a un espectador que termina igualmente hiperestimulado: si desaparecen la música, los movimientos de cámara o los recursos de montaje, son los mismos personajes, winners adrenalínicos, los que dinamizan la escena.
 

Si hay una intención reprobatoria en El lobo de Wall Street, ésta parece dirigirse más bien al hedonismo desenfrenado del personaje, que podría extenderse o no al sector financiero en general

Sumida en ese movimiento perpetuo, la obra no pretende explicar los entresijos de la farsa bursátil. En un momento dado, Belfort dice a la cámara, al espectador, que nadie va a entender sus técnicas, y ciertamente no se explican con demasiado detalle. Quizá se hace más hincapié en las prácticas notoriamente ilegales (como el fraude fiscal) que en aquellas ubicables en las zonas grises de la (des)re­gulación financiera. En este aspecto, adquiere un potencial crítico superior la modesta Entre pillos anda el juego, que retrataba el potencial destructivo de operaciones como la denominada “venta al descubierto” (la venta especulativa de activos que no se poseen, a la espera de que estos pierdan valor). Pero el ­desenlace de la película de John Landis desvirtuaba la sátira: el mismo procedimiento posibilitaba que los héroes se impusiesen a los millonarios que habían jugado con sus vidas.

Si hay una intención reprobatoria en El lobo de Wall Street, ésta parece dirigirse más bien al hedonismo desenfrenado del personaje, que podría extenderse o no al sector financiero en general. Y por ello ha despertado las iras de sectores conservadores, preocupados por la representación de transgresiones estrictamente personales, como el sexo de pago o el uso de drogas. Cada espectador valorará si el dibujo es más o menos glorificador. Pero este retablo sí puede tener algo del Satyricon de Fellini, como apuntó el crítico Ángel Quintana, es una mirada a una sociedad decadente.

Con todo, el planteamiento posibilita que el protagonista y su ritmo de vida despierten admiración y envidia. El delincuente se explica a sí mismo y, sin las muertes que salpican obras como Uno de los nuestros, resulta más fácil simpatizar con él. Sobre todo porque Scorsese esconde las consecuencias de esta trama criminal en otras personas.. La evasión de capitales se convierte en un juego embrollado cuya víctima (la hacienda pública) no tiene rostro concreto. Y tampoco vemos a los inversores estafados y su dolor. Esta ausencia de las víctimas podría resultar comprensible en una farsa sin espacio para dramatismos, pero resulta más discutible en una larga crónica que incluye contrapuntos de sufrimiento... del protagonista. La narración, en este aspecto, es tan egocéntrica como su narrador.

Pista de circo con aguafiestas

Una de las primeras imágenes de la película es la de los empleados de Stratton Oakmont disparando a un enano con un cañón. En ese reino del robo, el mundo no es un teatro sino una pista de circo. Ocasionalmente, unos agentes del FBI obstaculizan el goce de los juerguistas, como caseros antipáticos que obligan a sus inquilinos a bajar el volumen de la música. Podría considerarse esta obra un nuevo ejemplo de la dificultad de Hollywood para dotar a los negocios de dimensión ética. Y también es una muestra de su aversión a representar positivamente a quienes persiguen delitos de cuello blanco. Como en La gran estafa americana, se empatiza más con los embaucadores que con los agentes federales. Teniendo en cuenta la abundancia de retratos glorificadores de otras labores policiales, esta aversión parece diferenciarse del habitual individualismo para sugerir un doble rasero en la relación con las instituciones. El dogma de la mínima intervención estatal, cuando se trata de finanzas, parece llegar al extremo de la permisividad ante el delito.

Aunque quizá sea innecesario subrayar las consecuencias sociales de las acciones de Belfort, el enfoque de la narración puede parecer irritante en un presente de miseria provocada por el casino económico. Aún así, sus minutos finales tienen potencial revulsivo. En ellos, el protagonista recupera la libertad tras una estancia en prisión, prosiguiendo su trayectoria como conferenciante. Y Scorsese nos muestra a centenares de personas deseosas de que el exconvicto les explique sus métodos. Este cierre puede verse como la colocación de un espejo que devuelve una imágen incómoda. Anula las distancias entre los asistentes a la proyección de la película y a las charlas de Belfort: ambos grupos le han escuchado y, quizá, le han admirado. Si esta era la intención, la ausencia de advertencias moralistas previas potencia el efecto. No obstante, aludir al negocio actual del estafador también tiene algo de spot publicitario de difusión masiva.

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