Literatura
Supervivientes del Edén

Reflejos del Edén es el ensayo en que Biruté Galdikas volcó sus experiencias con los orangutanes de Borneo y Sumatra.

16/02/14 · 8:00
Birute Galdikas con una cría de orangután en una reserva de Borneo. / Maritime Aquarium at Norwalk

Los orangutanes son los Greta Garbo de los grandes primates: fascinantes y atractivos por su pelambrera naranja, pero solitarios, esquivos, huidizos, alérgicos a la celebridad. Encima, viven escondidos en un lugar remoto del planeta como es Indonesia, subidos a los exuberantes árboles de los bosques tropicales de Borneo y Sumatra. Sólo ha habido una persona que ha mantenido un contacto prolongado con ellos durante décadas: la investigadora Biruté Galdikas. Durante los años sesenta del pasado siglo, cuando la movida contracultural invitaba a plantearse la existencia de una forma alternativa, se instaló allí, en aquel rincón perdido de la tierra, en un humilde refugio pobremente acondicionado, que bautizó campamento Leakey en homenaje a su mentor, el ilustre paleontólogo. Le costó cientos de picaduras de garrapatas e insectos y toda clase de molestas torceduras, vómitos y diarreas, pero aquella brillante y guapa estudiante canadiense, se adaptó a un hábitat hostil para el que no había nacido, calor y humedad asfixiantes, lluvias torrenciales, y, a fuerza de arrojo y constancia, logró ganarse la confianza de los desconfiados orangutanes con el fin de estudiarlos como nunca antes se había hecho, poniéndoles simpáticos nombres identificativos, siguiéndoles el rastro en jornadas agotadoras por terrenos fangosos y movedizos, estirando el cuello como una jirafa para buscarlos entre la hojarasca donde se camuflaban.

Desbordados por la sociabilidad de los chimpancés, no parecía que los orangutanes pudieran aportar nuevos conocimientos al origen animal de nuestra especie. Estábamos equivocados. Biruté encontró en ellos el eslabón perdido de la evolución humana. El paso que nos faltaba, el paso que enlazaba el primitivismo con una sociedad refinada como la nuestra, basada en la argucia y la diplomacia. Llegó a la conclusión de que los orangutanes se encuentran en un estadio intermedio: ni salvajes ni civilizados. Se están alejando de la fuerza bruta, se están acercando a la hipocresía. Esto, su franqueza en el trato, su ausencia de falsedad en el sentido en que se le acusa a la sociedad burguesa, les hace especialmente interesantes. En su detallado trabajo de campo, Biruté comenzó a rastrear unos rasgos de sociabilidad peculiares, de una especie hermana, con la que compartimos el 98% de material genético, que ha convertido la soledad, como muchos de nosotros, en un mecanismo de aprendizaje interior. Un orangután no reclama un contacto diario para entablar relaciones duraderas. Su aislamiento nace fruto de una necesidad de supervivencia. Entre sus distintos miembros deben repartirse extensas zonas de superficie silvestre para asegurarse la ingesta de la suficiente cantidad de frutos y plantas que les exige su pesada morfología. Se trata de unos primates bastante más inteligentes de lo que su aspecto abúlico da a entender. Su conocimiento de la botánica es enciclopédico; su cuidado de sus crías resulta similar al nuestro, largo y meticuloso; su flirteo para el amor está lleno de una sutileza digna de un canto de Petrarca.

Cuanto más conoció a los orangutanes, más le fascinaron a Biruté hasta el extremo de quedarse de por vida en Borneo a vivir con ellos. Nos lo relata en sus memorias, tituladas Reflejos del Edén, que la editorial Pepitas de calabaza ha traducido por primera vez al castellano. Se trata de un texto muy bello, muy recomendable para todo el mundo, pero sobre todo para los xenófobos de la Liga Norte italiana, capaces de considerar el término orangután como un insulto y no como un elogio. Sincrético de influencias, el libro a veces desprende el lirismo exótico de una novela de Conrad, a veces el apunte científico de un estudio de Lorenz, a veces la perseverancia femenina de un diario de Woolf. Está escrito con una gozosa pasión. Biruté se topó con el típico problema de los naturalistas mediáticos, convencidos de que su misión tiene que superar las estrechuras y las limitaciones del estudio. Sufrió la misma disyuntiva que Jane Goodall, con sus chimpancés, y Diane Fossey, con sus gorilas, los otros dos ángeles de Leakey. Si quería seguir estudiando a los orangutanes, si quería que no desaparecieran, ella, el tercer ángel, debía luchar también por salvar los bosques donde vivían. Su tarea conservacionista le llevó a sintonizar con el singular carácter de los indonesios, a conectar con su peculiar forma de entender la jerarquía y el poder burocrático, basada en evitar el conflicto como sea, en buscar el consenso a través un diálogo extenuante, de cuyos rostros nunca decae una eterna sonrisa. Los llegó a tratar tanto que hasta se casó con uno de ellos, después de que su primer marido le abandonara por una indonesia, en un curioso mestizaje de ida y vuelta.

Biruté consiguió su propósito de crear una reserva natural donde vivieran los orangutanes a salvo de las agresiones humanas. Los indonesios, tan creyentes en una continuidad entre lo natural y lo sobrenatural, la respetaron porque vieron en ella el aura de un iluminado, de un ánima del bosque que se había materializado en una tozuda mujer. Por suerte, no tuvo que morir como Fossey en el intento. A fuerza de no parar de hablar hasta convencer al contrario, logró detener el generalizado tráfico ilegal de orangutanes del país y montar un centro específico para rehabilitación de los excautivos. Entre sus hijos naturales y los adoptados de orangutanes, Biruté formó una gran familia, tan simpática y extravagante como la de Gerald Durrell, saltándose de paso otra barrera científica, la de no identificarse con su objeto de estudio. Claro que, intimando como intimó con estos grandes simios anaranjados, era imposible no quererlos tanto como a Platero. Se encariñó con las trastadas de Sugito, con la nobleza de Gran Papada, con la maternidad de Princesa. Les dedicó los capítulos más hermosos de sus memorias. Casi todos estos orangutanes rezuman benevolencia. Y, menos por las esporádicas peleas por las hembras entre los grandes machos, pasan el rato de una forma bastante pacífica. Son nuestros supervivientes del Edén y, saben, no parece mala esa vida.

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