La gitanería arrasada de Triana

En 1983, la “gitanería” de Triana se reencontró. El documental Triana pura y pura lo recuerda.

, Redacción Andalucía
23/02/14 · 16:00
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Desde el siglo XV, las tribus gitanas se asentaron en Triana, entonces un arrabal separado por el río de la ciudad amurallada. Con ellos trajeron el oficio de la fragua. Los clanes herreros eran la “aristocracia” del pueblo gitano, junto a los tratantes de ganado, que dominaban la oratoria, y ambos oficios pervivieron hasta que la fundición y la mecanización del campo, en el siglo XIX, les llevó a reciclarse como artistas flamencos profesionalizados o toreros. También existían muchos matarifes, carniceros o venteros, además de trabajadores en la lonja de pescado, cruzando el puente de Triana, o en los muelles. Éste es el caso de Manuel el Titi, presente en el documental Triana pura y pura (2013), dirigido por Ricardo Pachón. El Titi “por la mañana estaba en el muelle descargando sacos y por las noches iba a la parrilla del Hotel Cristina, el primer tablao que hubo en Sevilla”, relata Pachón.

Dentro de Triana, vivían en la Cava de los gitanos, formada por la calle Pagés del Corro (hasta San Jacinto) y numerosas vías colindantes. El patio de los corrales de vecinos, donde estaba “el común” (servicios, lavaderos y cocina) era su lugar de encuentro. Así los conoció Ricardo Pachón cuando en la década de los 50 su familia se mudó a los primeros pisos que se construyeron en Los Remedios, justo donde empezaba la Cava: “Los veía por la ventana de la cocina y un día me fui solito y enseguida hice amigos, y como me gustaba mucho tocar la guitarra, me invitaban a las fiestas… yo iba de un patio de vecinos a otro, asistiendo a esa maravilla”.

Esta comunidad gitana de Triana, ese “río milenario, singular y único”, fruto de una “labor creativa, ininterrumpida, de siglos”, en palabras de Pedro Peña, hijo de María la Perrata y autor del libro Los gitanos flamencos, sobrevivió durante siglos a más de 280 órdenes, leyes, fueros y pragmáticas dictadas en su contra, incluso a la redada general de gitanos de 1749. Hasta que el urbanismo especulativo del siglo XX acabó con ella.

De la Cava a las cocheras

Política urbanística y especulación siempre fueron de la mano en Sevilla, desde que la ciudad intramuros empieza a desbordarse a mediados del XIX. Las viviendas públicas, insuficientes, se construían lejos del centro y de las acometidas de agua, luz y alcantarillado. Según los datos censales de 1950, sólo el 41% de viviendas tenía agua corriente y el 53% carecía de retrete. Los terrenos intermedios se entregaban a manos privadas, que se ahorraban estos gastos de infraestructura y construían viviendas destinadas a clases sociales medias y altas. En palabras del historiador Fernández Salinas, “se construyen viviendas, pero no se hace ciudad”.

Al mismo tiempo, las sucesivas normas de alquiler (desde 1842) no sólo liberalizaron el precio de los alquileres, sino que permitían el desalojo de los edificios si se declaraban en ruina. Este sistema fue masivamente utilizado por la propiedad, en connivencia con el Ayunta­miento, responsable de certificar la declaración de ruina, para obligar a los inquilinos a abandonar las viviendas y vender el solar.

Esto fue lo que ocurrió con la gitanería de Triana, entre finales de los 50 y principios de los 60. Ricardo Pachón destaca el especial empeño del “padrino de toda esta operación, un gobernador civil con nombre y apellido: Hermenegildo Altozano Moraleda, y con afiliación, uno de los miembros importantes del Opus Dei”. El decreto “de los gobernadores”, de 1958, les otorgaba amplias potestades, en el contexto del ascenso de los tecnócratas en el régimen franquista. Altozano apenas estuvo cuatro años en su cargo, aquellos en los que se arrasó la Cava de los gitanos.

“La Policía, la Guardia Civil, fueron casa por casa diciéndoles a los vecinos que tenían que irse zumbando, y en cuanto salían derrumbaban las casas”, cuenta Ricardo Pachón. Muy pocos pudieron quedarse en Triana o en el cercano barrio de El Tardón. En el primer momento, “los llevaron a unas cocheras enormes de tranvías que había en la Puerta Osario, y allí, separadas por mantas colgadas del techo, se instalaron las familias”. También fueron a parar al campo de trabajos forzados de Los Merinales, en la carretera de Dos Hermanas, recuerda José Lérida en el documental. La mayoría acabó dispersa en la periferia sevillana en construcción o en localidades aledañas. Nunca volvieron a recuperar el ágora que era el patio de los corrales.

Gitanos, flamencos y andaluces

En esa Sevilla entregada a la especulación “echaron a mucha gente con la misma connotación social de injusticia”, señala Pachón, “pero en el caso de Triana, aparte de un núcleo humano perfectamente integrado, existía un centro de arte universal del flamenco”. En la Cava de Triana vivían “gitanos flamencos”, como define Pedro Peña a los gitanos asentados en localidades de Sevilla y Cádiz de la Baja Andalucía, en una de las márgenes del Guadalquivir. Allí “nacen todos los estilos fundamentales del flamenco y todos los cantaores importantes, que son, sin excepción, de raza gitana”, afirma Ricardo Pachón, para resaltar lo que supuso la pérdida de la gitanería de Triana. “Es triste”, añade, “pero también es desprecio hacia el flamenco”.

Un desprecio vigente hoy en día, tal y como denuncia Pedro Peña cuando habla de ese “flamenco unitario que venden como si fuera fruto identitario del pueblo andaluz” o señala la nula presencia de la comunidad gitana en los foros institucionales. Ricardo Pachón pone como ejemplo los congresos de flamenco de la Consejería andaluza de Cultura: “81 expertos en flamenco, de ellos, cinco o seis extranjeros, y ningún gitano”.

Triana pura y pura muestra el flamenco de la Cava, donde cada uno tenía su “pataíta”, su sello personal, como El Herejía cuando baila por tangos. Donde existía el “erotismo salvaje” de los viejos de Triana, como el de Carmen la del Titi, rememorando las zarabandas prohibidas siglos atrás “so pena de destierro”.

En 1983, cuando la gitanería desterrada se reencontró en  el teatro Lope de Vega, también estuvo presente Tragapanes, el último de los Caganchos, que “hubiera dado cuatro dedos de la mano” por regresar a Triana. En el Lope de Vega, Tragapanes puso el contrapunto en la fiesta alegre de bulerías y tangos, con martinetes nacidos al compás del trabajo en las fraguas. “Voy a recordar lo que era Triana, Triana pura y pura. Lo poquito que voy a cantar me lo enseñó mi padre. Va por ustedes”.

Un musical premiado

Triana pura y pura, dirigido por Ricardo Pachón y producido por La Zanfoña Producciones, obtuvo a principios de noviembre de 2013 el premio al Mejor Documental Musical en la séptima edición del Festival InEdit de Barcelona. A mediados de ese mismo mes, recibió el premio Imagenera 2013, otorgado por el Centro de Estudios Andaluces. La entrega, en el marco del Festival de Cine de Sevilla, tuvo lugar en el teatro Lope de Vega, allí donde en 1983 se había reencontrado la gitanería de Triana después de su expulsión.

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