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Sexo y violencia para destruir el sistema

‘Fóllame’ es un clásico de culto del feminismo contemporáneo, firmado por Virginie Despentes y Coralie Trinh Thi.

17/02/14 · 8:00
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Antes del cambio de siglo, ese abismo simbólico que se encargó de subrayar el 11S, existió la promesa del cambio, de una realidad distinta, revolucionaria y violenta. Radical desde la esencia misma, no sólo de género –Criaturas celestiales (Peter Jackson, 1994), Lazos ardientes (Hermanos Wachowski, 1996)– o de clase –El club de la lucha (David Fincher, 1999)–, sino desde un punto de vista todavía más emocionante: la propia realidad, como pudo verse en propuestas tales como Días extraños (Kathryn Bigelow, 1995) o la visionaria Matrix (Hermanos Wachowski,1998).

Fóllame (Baise-moi, 2000), película dirigida por Virginie Despentes y Coralie Trinh Thi, se abre paso como artefacto suicida, concebido para rasgar esa colección de estereotipos y lugares comunes que llamamos “realidad consensuada”. Adaptación cinematográfica del libro del mismo nombre, publicado en Francia en 1993 y escrito por la propia Despentes, Fóllame podría definirse como una película de acción, donde las víctimas de un orden sistémico, violento y patriarcal, eluden la programación, es decir, obvian el marco simbólico de la “buena mujer”, y empuñan pistola y actitud destroyer, convirtiéndose en dos asesinas en serie, dos condenadas, para así ajustar cuentas con la realidad y, de paso, divertirse.

Porno-brujas

“Decididamente, a las mujeres las queremos, sobre todo, cuando están en peligro. Marcadas, el colectivo se preocupa de que paguen el precio más alto por haberse apartado del camino recto y por haberlo hecho públicamente”. Lo escribe Despentes en su ensayo Teoría King Kong (Melusina, 2007) a propósito de cómo el sistema necesita de una percepción condicionada, de un discurso victimista por parte de aquellas que se atreven a salirse del marco. No hablamos sólo del contenido de Fóllame, donde sus dos protagonistas adoptan un rol que para nada suele llamar la atención si quienes lo visten son señores. Fuera del relato fílmico, en el periodo de promoción de la película, la codirectora y exactriz porno Coralie Trinh Thi resultó sistemáticamente ninguneada por la prensa, pues “había que cerrarle la boca, interrumpirla, impedir que hablara, para proteger la libido de los hombres, a quienes les gusta que el objeto de su deseo se quede donde y como debe estar, es decir, desencarnado, y, sobre todo, mudo”, relata Despentes en su ensayo.

Prohibida en Irlanda y Ontario (Canadá) por “pornográfica”; censurada en Reino Unido y estrenada sin calificar en países como Estados Unidos, Alemania o Japón, Fóllame es interesante no tanto por su calidad como producto cinematográfico, sino por su potencial como herramienta reveladora. No es casual que sus dos protagonistas sean una prostituta (Karen Lancaume) y una actriz porno (Raffaëla Anderson), y que ambas, de baja extracción social, decidan acabar con todo aquello que las atenaza en una huida hacia adelante donde los hombres aparecen como instituciones familiares a las que liquidar, potenciales polvos o cadáveres que ir dejando atrás en esta road movie desesperada. Esta inversión del código –el hombre es el objeto– pone en cuestión toda una estrategia política, de control: sobre lo que puede o no ser representado; sobre quién puede representarlo y quién puede consumirlo; sobre la legitimidad de instituciones como la familia y su relación con el orden establecido; sobre los miedos de un establishment que ve en lo performativo un potencial para destruir el sistema.

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